Darwin y Wallace: sobre un neodarwinismo no querido

Darwin y Wallace: sobre un neodarwinismo no querido

 

Es sabido que la teoría de la selección natural es una de las ideas humanas más revolucionarias y esclarecedoras en la historia de la ciencia. Es difícil imaginarse un cambio más profundo de paradigma que la afirmación de que todos los seres vivos, humanos también, no son obra de un diseñador inteligente, sino de sucesivos “accidentes” a través del tiempo. Fue la muerte del geocentrismo lo que hizo que la humanidad vislumbrara su pequeñez en el cosmos, pero no fue hasta Charles Darwin que caímos en cuenta de la rotunda y absoluta insignificancia de nuestra especie en la jerarquía cosmológica. La inexistencia de un creador detrás de los procesos evolutivos implicaría que no fuimos “hechos a su imagen y semejanza”, derrumbándose en las ciencias la idea de una cualidad divina en nosotros que nos separa del resto de los animales.

La teoría de la evolución, para repasarla rápidamente, señala que el cambio evolutivo ocurre por un mecanismo selectivo, siendo los individuos más aptos para sobrevivir y reproducirse en una población dada los más exitosos en pasar sus caracteres a la generación siguiente. Con el paso del tiempo, estos caracteres aptos se harían predominantes en la población, produciendo especializaciones para nichos ecológicos específicos (microevolución) que eventualmente podrían llevar a la generación de una nueva especie o especiación (macroevolución).

Lo que no siempre se señala es que Darwin no fue el primero ni el único en desarrollar una teoría evolutiva. Antes que él estuvo el hoy muy denostado Jean Baptiste Lamarck, autor de una Philosophie Zoologique en 1809, donde proponía una teoría evolutiva basada en el uso y desuso de caracteres. No pretendo hablar sobre el “lamarckismo” aquí, pero basta por ahora señalar que existía una variedad de ideas previas a las formulaciones de Darwin que proponían la transmutación de las especies a lo largo del tiempo. Además de Lamarck, otros autores que desarrollaron ideas proto-evolucionistas fueron Erasmus Darwin (abuelo de Charles), Geoffroy Saint-Hilare y Robert Grant.

Entre ellos destaca Alfred Russell Wallace, un connotado naturalista británico contemporáneo de Charles Darwin, que desarrolló de forma independiente su propia versión de una teoría evolutiva basada en la selección natural. Alfred Russel Wallace era un joven académico de treinta y cinco años cuando desarrolla y expone su teoría en un artículo titulado “Sobre la Tendencia de las Variedades de Alejarse Indefinidamente del Tipo Original” (On The Tendency of Varieties to Depart Indefinitely from the Original Type), el cuál envía a Darwin en 1858 para que lo revise y lo comparta con Charles Lyell (también naturalista, geólogo y conocido de Darwin), a fin de que le señalen si se trata de algo digno de ser publicado. Lyell había instado a Darwin unos años antes a que se apresurara con su teoría de selección natural y que la publicara rápidamente, estableciendo así su autoría sobre la idea. La sugerencia de Lyell se debía a que un par de años antes, Wallace había publicado otro artículo en el cual Lyell veía similitudes con la teoría en la que Darwin estaba trabajando. Darwin desestimó la urgencia de Lyell y se tomó su tiempo para escribir su “Gran Libro de Selección Natural”.

La famosa rana voladora de Wallace, descrita e ilustrada en su libro  The Malay Archipelago

La famosa rana voladora de Wallace, descrita e ilustrada en su libro The Malay Archipelago

Los historiadores modernos de la ciencia coinciden, sin embargo, en que la teoría de Wallace no era idéntica a la aproximación de Darwin. El segundo presentaba una analogía entre selección natural y las presiones selectivas a las que son sometidas los organismos sujetos a la selección artificial; en tanto Wallace parecía enfocarse más en la competencia entre poblaciones de sub-especies (las que en esos tiempos llamaban “variedades”), antes que en la competencia entre individuos de una misma población. De todas maneras, la teoría era lo suficientemente similar cómo para asustar a Darwin.

Lyell, con mucho tacto diplomático, decidió que lo mejor era publicar una presentación conjunta que incluyera el artículo de Wallace acompañado de unos extractos de un ensayo y una carta de Darwin, escritos años antes, demostrando así que las ideas de Darwin precedían a las de Wallace en su formulación. La publicación tuvo el muy inclusivo título Sobre la Tendencia de las Especies a Formar Variedades; y sobre la Perpetuación de Variedades y Especies por Medios Naturales de Selección [On the Tendency of Species to Form Varieties; and on the Perpetuation of Varieties and Species by Natural Means of Selection].

Este evento fue el que hizo que Darwin se apresurara para publicar al año siguiente un extracto condensado de su “Gran Libro de Selección Natural”: Sobre el Origen de las Especies. Darwin, así, “le ganó” a Wallace, publicando su teoría antes que él y marcando un hito en la historia de la ciencia. Es su nombre el que resuena en la historia de la ciencia, tanto así que hoy en día se conoce como neodarwinismo al conjunto de ideas que sientan las bases, junto con la genética Mendeliana, para la formación de la teoría evolutiva que durante el siglo XX ha tenido más presencia dentro de la comunidad científica: la llamada Síntesis Moderna.

A pesar de esta competencia, Darwin y Wallace siempre se mostraron deferentes el uno con el otro, tratándose con gran respeto en la frecuente correspondencia que mantenían entre ellos. En ninguna carta de Wallace se ve el resentimiento que algunos podrían esperar ante tales circunstancias, y Darwin siempre dio crédito a Wallace por sus contribuciones, como los perfectos caballeros victorianos que eran.

Alfred Russel Wallace, fotografía del estudio Maull & Fox, c. 1880

Alfred Russel Wallace, fotografía del estudio Maull & Fox, c. 1880

Las apreciaciones que los dos caballeros tenían sobre la teoría que ambos habían desarrollado eran, no obstante, de una distancia considerable. Wallace defendía una visión absolutista de la selección natural, en la cual se veía cada rasgo o faceta de un organismo cómo un instrumento perfectamente adaptado por la selección natural. En una carta citada por Stephen Jay Gould en El pulgar del panda, Wallace dice que:

Ninguno de los hechos definitorios de la selección orgánica, ningún órgano especial, ninguna forma o marca característica, ninguna peculiaridad de instinto o hábito, ninguna relación entre especies, o grupos de especies, puede existir sin ser, o haber sido alguna vez, útil para los individuos o razas que los poseen

Wallace se refería a esta interpretación de la selección natural cómo “darwinismo”, y algunas malas lecturas de la época son las que han hecho de esta definición la más popular para referirse al pensamiento de Darwin. El novelista Samuel Butler, posteriormente, le agregó el prefijo “neo” para distinguirla de las ideas modeladas por el abuelo Erasmus Darwin. Desafortunadamente para Charles Darwin, es este el nombre que se ha mantenido hasta el día de hoy.

Incluso en su tiempo, Darwin pudo ver la mala interpretación a la que estaba siendo sometida su teoría. El hombre siempre se caracterizó por ser algo tímido en la defensa de sus ideas, dejando en general que sus textos hablaran por él y que otros hombres, como Thomas Huxley (apodado “el Bulldog de Darwin”), argumentaran públicamente en favor de su teoría. Su frustración por el creciente uso del término “darwinismo” para referirse a una versión ultra-seleccionista de su teoría lo llevó a añadir el siguiente fragmento en la última edición de El origen de las Especies:

Como mis conclusiones han sido últimamente mal representadas, y ha sido afirmado que atribuyo la modificación de las especies exclusivamente a la selección natural, creo que se me debe permitir remarcar que, en la primera edición y en subsecuentes ediciones, situé en la más conspicua de las posiciones—a saber, en el cierre de la introducción—las siguientes palabras: “Estoy convencido de que la selección natural ha sido el principal, pero no único, mecanismo de modificación”. Esto ha sido en vano. Grande es el poder de la mala interpretación

El pequeño lamento de este fragmento resalta en una obra que en general se destaca por un solapado optimismo. ¿Es posible que llamar a esta visión de la selección natural “darwinismo” fuera una sutil venganza de Wallace en contra de su contemporáneo? Los dos hombres frecuentemente discutían sobre sus visiones contrastantes en sus cartas, siempre con los cordiales manierismos victorianos. Darwin le escribe a Wallace en 1870:

Me llena de un gran pesar diferir contigo, y en realidad me llena de terror y me hace desconfiar de mí mismo constantemente. Temo que nunca llegaremos a un entendimiento

Este debate entre Wallace y Darwin alcanzó un punto crítico cuando se trató de los orígenes de la raza humana. Wallace era incapaz de justificar el intelecto humano desde un punto de vista seleccionista. Si el cerebro humano había evolucionado para cazar, recolectar y reproducirse ¿Cómo entonces tenía también la capacidad de escribir sinfonías, hacer ciencia y desarrollar complejos lenguajes formales y naturales? Estas capacidades parecen no tener relación alguna con los aparentemente más básicos propósitos que la selección natural habría impuesto en nuestro intelecto.

Al ser incapaz de explicar la inteligencia humana mediante su hiper-seleccionismo, Wallace recurre a la más grande de las heterodoxias cuando se habla de evolución. Afirma que, ya que nuestro intelecto y moralidad no se pueden explicar desde la selección natural, único mecanismo de cambio evolutivo a sus ojos, entonces la mente humana no puede ser producto de la evolución. Wallace desprende de esto que algún poder superior (Dios) tiene que haber intervenido en la construcción de nuestro cerebro.

Una escultura de Papúa, ilustrada por Wallace en  The Malay Archipelago

Una escultura de Papúa, ilustrada por Wallace en The Malay Archipelago

En una época en dónde el pensamiento científico estaba en pañales y hablar de transmutación de las especies era prácticamente blasfemo en una sociedad donde las jerarquías eclesiásticas conservaban importantes cuotas de poder, la referencia a un poder divino en el diseño de las especies era una confirmación de la primacía de la teología por sobre las ciencias y un severo golpe para la teoría de evolución.

Darwin, con cierto desasosiego, escribía a Wallace en 1869: “Aún tengo la esperanza de que no hayas completamente asesinado a nuestro hijo”. Tiempo después le dice: “Si tú no me hubieras contado, habría pensado que [tus declaraciones sobre el origen del intelecto humano] fueron agregadas por alguien más. Tal como esperabas, difiero gravemente contigo, y es algo que lamento mucho”. Gould, también en El pulgar del panda, señala que Wallace se vio muy afectado por la reprensión de Darwin. De ahí en adelante, con simultánea deferencia y rebeldía, empezó a referirse a su teoría sobre el intelecto humano cómo “mi herejía especial”.

Históricamente se ha mostrado a Wallace como alguien incapaz de dar el último paso y abandonar la idea cristiana de la “centralidad” de la raza humana en la naturaleza: incapaz de desprenderse del dogma religioso y, por ello, de un compromiso filosófico más débil con la evolución. Gould cuestiona esta interpretación. La fe de Wallace en el absolutismo de la selección natural fue tal que, ante algo que no podía explicar mediante ella, se negaba a darle crédito a otros mecanismos evolutivos, echando mano a lo más fácil, que en ese momento era el diseño inteligente de un creador.

Hoy en día también existe, en la teoría de Síntesis Moderna, un hiper-seleccionismo que, pienso, Darwin habría calificado de mala interpretación de su obra. Aunque se puede argumentar que no es relevante, en términos científicos, que una teoría moderna se alinee o no perfectamente con los pensamientos de su fundador de años atrás, es indudable que la teoría de selección natural hoy en día se encuentra con problemas muy similares a los que se enfrentaba en ese tiempo.

En las ciencias actuales encontramos a varios herederos de Wallace que ya no recurren a un poder divino para señalar los límites de la selección natural al momento de explicarse fenómenos evolutivos. Optan, en cambio, por una suerte de teología negativa, donde “el problema es nuestra falta de conocimientos, no la selección natural”, una hipótesis infalsable e insostenible donde las haya.

 
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