Definiendo lo demoníaco

Definiendo lo demoníaco

 
Astaroth, de la edición de 1863 del  Dictionnaire infernal  de Collin de Plancy.

Astaroth, de la edición de 1863 del Dictionnaire infernal de Collin de Plancy.

 

Entre las referencias a un teólogo anglicano del siglo XVII llamado Assheton y a la diosa levantina Astarté, se encuentra el demonio Astaroth. Según lo representa el artista francés Louis le Breton en el Dictionnaire infernal, escrito por su compatriota Jacques-Albin-Simon Collin de Plancy, Astaroth es un hombre flaco con largas garras de reptil en sus manos y sus pies, apoyado sobre un demonio lupino con grandes alas de murciélago y cola de serpiente. Su rostro—descrito por Collin de Plancy como “el de un ángel muy feo”—le Breton lo visualiza como lánguido y delgado, casi equino, de ojos desdeñosos e indiferentes, el suave desprecio de una fría autoridad. Si ignoramos las garras de Astaroth y su montura demoníaca, la mirada de calculada inteligencia podría ser fácilmente la de algún intelectual de escritorio que frecuentaba con los philosophes del París de la Ilustración, época de la juventud de Collin de Plancy.

No sería inapropiada esta asociación para alguien como el inquisidor dominico Sébastien Michaëlis, quien clasificó los demonios que se encontró oficiando de exorcista en el infame monasterio de Loudun en el siglo XVII, en los mismos años que las nuevas filosofías racionalistas nacían en Francia. El Astaroth de Michaëlis era una especie de René Descartes infernal que arrastraba a las monjas y curas de Loudun por el mal camino a través de funestas ofertas epicureístas e invitaciones a “hacer lo que queráis”. Quizás para Collin de Plancy, nacido casi dos siglos después en medio de convulsos tiempos revolucionarios, el demonio reptiliano de expresión aristocrática todavía representaba los peligros de estas nuevas doctrinas, pues Astaroth “responde de buena gana lo que se le pregunte sobre las cosas más secretas y… es fácil hacerlo hablar sobre la creación”.

Astaroth es un buen símbolo para ejemplificar la rareza del Dictionnaire de Collin de Plancy, pues el demonio encarna una confusión de fuerza culturales contrapuestas: racionalismo y superstición, conocimiento sistemático y ocultismo, Ilustración y Romanticismo. Cuando el Dictionnaire se publica por primera vez en 1818, Collin de Plancy era un diligente adepto del nuevo racionalismo, proponiéndose la catalogación de lo que el mismo llamaba “aberraciones y orígenes o causas de varios errores”. Sin embargo, a medida que avanzaban las reediciones del libro, el folclorista secular se vio atraído cada vez más por el encanto de la demonología, pasión que eventualmente lo llevará, en la década de 1830, a adoptar de manera entusiasta el catolicismo. En la última edición del Dictionnaire del año 1863, los editores aseguran al lector que los “errores” previamente publicados han sido eliminados, y que el catálogo actual es totalmente consistente con la teología católica. El prefacio señalaba con toda autoridad que Collin de Plancy ha “redirigido su labor, reconociendo que todas las supersticiones, creencias absurdas, sectas y prácticas ocultas… han sido solamente originadas por desertores de la fe”.

A lo largo de casi seiscientas páginas, las entradas del libro de Collin de Plancy incluyen sesentaicinco demonios, incluyendo a los más destacados de las páginas de Dante y Milton, entre otros autores: se encuentran Asmodeo, Azazel, Bael, Behemoth, Belphégor, Belzebuth, Mammon y Moloch. La más interesante de las ediciones de este texto es la de 1863, ilustrada con macabra exactitud por le Breton, cuyas brillantes estampas a lo Doré elevan a esta obra más allá de la relativa gravedad que ostentaba en sus versiones anteriores.

Adramelech, de la edición de 1863 del  Dictionnaire infernal  de Collin de Plancy.

Adramelech, de la edición de 1863 del Dictionnaire infernal de Collin de Plancy.

Es igualmente edificante y aterrador considerar lo magnífico de algunas de estas imágenes. Entre los demonios de más baja jerarquía encontramos, por ejemplo, a “Adramelech, gran canciller del inframundo, mayordomo del guardarropa del soberano de los demonios, presidente del alto concejo de los malignos”, que “se revela a sí mismo en la forma de una mula, y a veces incluso como un pavo real”. La ilustración de le Breton lo retrata en toda su pomposa gloria una versión cabeza-de-burro de Melek Taus, el ángel pavo real del yazidismo. Otro es Amduscias, en “la forma de unicornio”, ante cuya voz “los árboles se inclinan”, y que “comanda veintinueve legiones”.

Amduscias, de la edición de 1863 del  Dictionnaire infernal  de Collin de Plancy

Amduscias, de la edición de 1863 del Dictionnaire infernal de Collin de Plancy

Unas páginas después se encuentra Amón, la horrible bestia infernal de ojos negros como la pez, un “poderoso y gran marqués del imperio infernal”, que se muestra como un “lobo, con cola de serpiente… [cuya] cabeza semeja la de un búho, con su pico exhibiendo afilados dientes caninos”. Como si la ejecución de le Breton no fuera lo suficientemente aterradora, Collin de Plancy nos recuerda que esta criatura de pesadilla “conoce el pasado y el futuro”.

Amón, de la edición de 1863 del  Dictionnaire infernal  de Collin de Planc

Amón, de la edición de 1863 del Dictionnaire infernal de Collin de Planc

Más adelante encontramos a Ephialtes—un pequeño gremlin de ojos salvajes con cara de pug y alas de pájaro posado sobre el pecho de un hombre, como en La pesadilla de Fuseli—, al que Collin de Plancy describe en una sola frase, explicando que su nombre deriva de “la palabra griega de pesadilla… una especie de íncubo que sofoca el sueño”.

Ephialtes,  de la edición de 1863 del  Dictionnaire infernal  de Collin de Plancy.

Ephialtes,

de la edición de 1863 del Dictionnaire infernal de Collin de Plancy.

Este es Eurynome, que tiene “dientes largos, un espantoso cuerpo cubierto de heridas y que viste con una piel de zorro”. Le Breton representa a Eurynome como una criatura caprina con una dentadura aserrada, apoyado sobre una rodilla como si acechara a una víctima fuera de cuadro, “asomando sus grandes dientes como un lobo hambriento”.

Eurynome, de la edición de 1863 del  Dictionnaire infernal  de Collin de Plancy

Eurynome, de la edición de 1863 del Dictionnaire infernal de Collin de Plancy

Y este de aquí es mi favorito, Belphégor, asociado al pecado capital de la pereza, al que vemos con su frente arrugada encorvándose con gran esfuerzo sobre un retrete, intentando cagar mientras coge su cola con una mano para no ensuciarse.

Belphégor, de la edición de 1863 del  Dictionnaire infernal  de Collin de Plancy.

Belphégor, de la edición de 1863 del Dictionnaire infernal de Collin de Plancy.

Por supuesto que el interés de Collin de Plancy en su Dictionnaire infernal no se limitaba a la defecación de demonios menores: también se proponía exponer de manera instructiva la historia y las funciones que cumplían los más eminentes esbirros de Satán. Aquí está Asmodeo, de quien el Talmud afirma que nació de un súcubo que durmió con el rey David, si bien Collin de Plancy sostiene que se trata de “la antigua serpiente que sedujo a Eva”. Asociado con la lujuria, Asmodeo es presentado como una temible monstruosidad tricéfala, aunque no logró imponerse al rey Salomón (la tradición ocultista le atribuye una habilidad especial para controlar demonios), quien “lo cargó de cadenas y lo obligó a ayudar en la reconstrucción del templo de Jerusalén”.

Asmodeo, de la edición de 1863 del  Dictionnaire infernal  de Collin de Plancy.

Asmodeo, de la edición de 1863 del Dictionnaire infernal de Collin de Plancy.

También reflexiona sobre ese “enorme y estúpido demonio”, Behemoth. Recordando su apariencia descrita en el libro de Job, Collin de Plancy escribe que algunos “comentaristas sostienen que es la de una ballena, y otros la de un elefante”. Le Breton se decide por una versión bípeda de esta última, que agarra su peludo y gordo vientre como una especie de Ganesh malévolo.

Behemoth, de la edición de 1863 del  Dictionnaire infernal  de Collin de Plancy.

Behemoth, de la edición de 1863 del Dictionnaire infernal de Collin de Plancy.

Y aquí está Bael, “el primer rey del infierno”, con “tres cabezas, una de las cuales tiene la forma de un sapo, la otra la de un hombre y la tercera la de un gato”, a las que le Breton añade delicadamente unas peludas patas de arácnido.

Bael, de la edición de 1863 del  Dictionnaire infernal  de Collin de Plancy.

Bael, de la edición de 1863 del Dictionnaire infernal de Collin de Plancy.

Al dios fenicio Ba’al, de donde proviene el nombre del Bael de Collin de Plancy, se le asociaba con toda clase de idolatrías y blasfemias, y es inspiración de otro lugarteniente del inferno: Belzebuth (o Beelzebub), consejero de confianza de Lucifer y que aparece mencionado en archivos de exorcistas desde Loudun hasta Salem. Como Belzebuth significa literalmente “Señor de las moscas”, le Breton decidió representar acuciosamente a este demonio en toda su biología de insecto, con sus pinchudas mandíbulas, con ojos extrañamente humanos, y unos huesos y calaveras estampados en sus delgadas alas. La extraña verosimilitud de esta criatura semejante a un insecto vuelve la imagen de le Breton más terrorífica aún. Su tórax segmentado, sus largas y delgadas patas, recuerdan a la pulga aumentada que dos siglos antes hizo Robert Hooke: la ilustrada monstruosidad del polímata inglés demostraba que las pesadillas de la razón y de la superstición no divergían tanto como podríamos suponer.

Belzebuth, de la edición de 1863 del  Dictionnaire infernal  de Collin de Plancy.

Belzebuth, de la edición de 1863 del Dictionnaire infernal de Collin de Plancy.

La pulga de Hooke

La pulga de Hooke

Como su tío, Collin de Plancy fue primero un partidario de la libertad, la igualdad y la fraternidad, entusiasta lector de Voltaire, celoso racionalista y escéptico. Al igual que su tío, se reconciliaría finalmente con la Iglesia que había rechazado, solo que a través de un rodeo por las oscuras calles de la demonología. Como muchas de las quimeras demoníacas que pueblan su diccionario, Collin de Plancy era un mélange de partes dispares. Combinó su lógica rectilínea a lo Voltaire y Diderot con las visiones telúricas de los poetas simbolistas y decadentes de la generación posterior—Rimbaud, Baudelaire, Verlaine, que pisoteaban ebrios las lluviosas calles de París acarreando sus fleurs du mal. Collin de Plancy no se convenció solamente de la realidad de los demonios, pues además desarrolló un deseo de controlarlos a través del lenguaje, un deseo tan fervoroso como el de sus precursores ilustrados que categorizaban y definían palabras e ideas en enciclopedias y diccionarios.  El demonólogo era un hombre atrapado entre la lógica y la fe, el salón y el club infernal, que escuchaba los aullidos de monstruos horrendos mientras escribían con el sobrio lápiz de un naturalista.

Frontispicio de la edición de 1863 del  Dictionnaire infernal  de Collin de Plancy, titulado  Le diable peint par lui-même: ou, Galerie de petits romans, de contes bizarres, d’anecdotes prodigieuses,  donde aparece el "autor" (Collin de Plancy) en una conversación con el diablo durante la noche.

Frontispicio de la edición de 1863 del Dictionnaire infernal de Collin de Plancy, titulado Le diable peint par lui-même: ou, Galerie de petits romans, de contes bizarres, d’anecdotes prodigieuses, donde aparece el "autor" (Collin de Plancy) en una conversación con el diablo durante la noche.

Como su autor, el Dictionnaire abarca las inquietudes de dos épocas. Nos recuerda, por un lado, los grimorios (manuales prácticos de magia) como el Pseudomonarchia Daemonum del siglo XVI Johann Weyer o La llave menor de Salomón (anónimo del siglo XVII); por el otro, los compendios de conocimiento sistematizado de la Ilustración—siendo la Enciclopedia de Denis Diderot la más conocida. Existe una ambigüedad en el proyecto mismo de este libro: ¿qué podría ser más moderno que el género del diccionario y más antiguo que el conocimiento que recoge este diccionario particular?

A pesar de algunos precedentes antiguos y medievales presentes en distintas culturas (por ejemplo, las Lexeis, “Lecturas”, de Aristófanes de Bizancio, una especie de diccionario del II a.C.), el diccionario, la enciclopedia en particular, es producto de los siglos XVIII y XIX. Sea el Dictionary of the English Language del Doctor Johnson, o ese testamento para la humanidad que es el Oxford English Dictionary elaborado por James Murray en la Biblioteca Bodeleiana, en ambos prevalece un conocimiento positivista en tanto proceso de recolección y medición. El diccionario era algo sobrio, racional, práctico. La etimología era como una disección, una innovación ilustrada por lo demás, y el diccionario una especie de teatro anatómico. Para Johnson, el diccionario era una reacción al “discurso copioso y desordenado, enérgico y sin medida”: estaba al servicio de domesticar el vocabulario, y su aproximación al lenguaje era una que lo “reducía al método”.

¿Qué hay entonces de la versión infernal de Collin de Plancy? ¿Es un diccionario solo en el nombre, o podrían existir afinidades más profundas? En Grimorios: Historia de los libros de magia, el historiador Owen Davies señala que los grimorios están marcados por un “deseo de conocimiento y a la vez un impulso de someterlo y controlarlo”, una descripción que bien se podría aplicar a las empresas de Johnson y Murray. “Los grimorios existen, continúa, porque el deseo de crear un archivo físico de conocimiento mágico, lo que refleja la preocupación por fijar la incontrolable y corruptible naturaleza de… la información sagrada”. Aunque es cierto que el gran experimento de la Ilustración suponía arrojar luces de racionalidad sobre las sombras de la superstición, el deseo de ensamblar toda la información posible en un solo cuerpo es algo que comparten el grimorio y el diccionario. Este anhelo de completitud que todo lo incluye no es solo un parecido superficial, pues en su obsesión por las palabras y el lenguaje, el grimorio y el diccionario comparten una sola fe—que las puras declaraciones verbales son capaces de reescribir la realidad misma. Ambos libros son partidarios de un platonismo que ve una especie de magia en las palabras, capaz de promulgar transformaciones en la vida real. Para el lexicógrafo racionalista, esto significaba que la retórica y la sintaxis pueden cambiar nuestras vidas a través de explicaciones y persuasiones; para el mago, esto quiere decir que ciertas palabras mágicas pueden alterar las cosas. En ambos casos, las palabras tienen el poder, si se las ordena adecuadamente, de cambiar el mundo para mejor o peor.

Detalle del frontispicio de la edición de 1863 del  Dictionnaire infernal  de Collin de Plancy

Detalle del frontispicio de la edición de 1863 del Dictionnaire infernal de Collin de Plancy

En el corazón de esta vocación compartida está el hecho que tanto la magia como la razón son motivadas por la creencia en la inherente explicabilidad de la realidad: que existe un orden en el mundo, y las mentes humanas pueden comprender y controlar ese orden. Si se trata de un orden sobrenatural o natural es algo incidental: lo importante es que existe un sistema estructurado. El diccionario de Collin de Plancy puede ser un grimorio, o su grimorio podría ser un diccionario, aunque en un nivel fundamental la distinción entre ambos es menos firme de lo que uno podría suponer.

Dice Ilan Stavans que “los diccionarios son como espejo: son un reflejo de quienes los produjeron y los leyeron”. De ser así, el Dictionnaire infernal no es solo un reflejo de Collin de Plancy, un hombre que incursionó entre las sombras con el propósito de iluminar, sino también un reflejo de nuestro mundo moderno. Con sus palabras listadas como demonios, su preocupación por el orden apropiado y la gramática (para que nuestros hechizos hagan efecto), los diccionarios pueden entenderse como grimorios modernos, seculares. El Dictionnaire infernal, lejos de ser un residuo arcaico, nos recuerda que, en último término, las definidas distinciones entre antigüedad y modernidad significan poco. El nuestro siempre ha sido, y siempre será, un mundo poblado por demonios. Si hay algo que los grimorios prueban, y que nos disculpe C.S. Lewis, no es que los demonios existen, sino que pueden ser domesticados. Si existe alguna consolación aquí, esa es que controlar nuestros demonios es posible si somos capaces de nombrarlos, sean sobrenaturales o en su versión racionalista—en cualquier caso, un diccionario es lo que precisamos.

Traducción de Domingo Martínez

Artículo publicado originalmente en The Public Domain Review bajo licencia Atribución-CompartirIgual 3.0 Unported (CC BY-SA 3.0) (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/deed.es).
 
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