Reseña: “La lengua de los dioses. Nueve razones para amar el griego”, de Andrea Marcolongo

Reseña: “La lengua de los dioses. Nueve razones para amar el griego”, de Andrea Marcolongo

 
Mujer con una cítara.  Fresco de la Villa de Publio Fannio Sinistor en Boscoreale, c. 30-40 a. C.

Mujer con una cítara. Fresco de la Villa de Publio Fannio Sinistor en Boscoreale, c. 30-40 a. C.

A quien debió impresionar muchísimo el éxito del libro La lengua de los dioses. Nueve razones para amar el griego (2016) fue a su propia autora, la joven profesora Andrea Marcolongo. Después de todo, que un libro sobre el griego antiguo aparezca en los aparadores bajo el rótulo ‘best seller’ junto con las novelas de moda o los libros de auto-ayuda debería hacernos pensar en que el “consumidor” de libros también necesita libros interesantes para leer. Ahora bien, el libro fue un best-seller en Italia, un país con un alto índice de lectura y, lo que es más importante, un país en donde el griego clásico es asignatura obligada en un tipo de liceo público: el Liceo Classico. El Liceo Classico es una de las causas de por qué Italia sea, hasta hoy, uno de los principales exportadores—sino el principal—de clasicistas al mundo entero. Del Liceo Classico salen jóvenes marcados a fuego por las lenguas clásicas (algunos agradecidos, otros traumatizados), jóvenes que comparten una experiencia, un código común, una especie de camaradería militar para la República de las Letras. Esta experiencia particular se puede extender a todos los que hayan estudiado griego antiguo y se hayan quebrado la cabeza con los aoristos, los verbos contractos, los optativos, la infinidad de las partículas, pero que también hayan disfrutado intensamente leer pasajes claves de la literatura o la filosofía, saboreado la cantera de etimologías que hasta hoy nos proveen, o deleitado en sus sonidos y formas. Gozo y tedio son muchas veces las dos caras de la misma moneda al aprender una lengua ardua.

De las peripecias de una estudiante de griego en el Liceo Classico y de filología clásica en la universidad nos habla Andrea Marcolongo, intentando introducir al profano a “nueve razones para amar el griego clásico” Así, en nueve capítulos que abordan diferentes temas (desde el aspecto hasta los géneros, desde los casos al modo optativo), la autora intenta comunicarnos su amor por la lengua de Homero y explicarnos por qué el griego es una lengua que amplía los horizontes no sólo intelectuales, sino incluso éticos, de quien la aprende. Según Marcolongo, nuestro estado lingüístico actual sería banal e insincero; el retorno al griego clásico (o a la “gramática del alma griega”) nos ayudaría a recuperar la sinceridad de las palabras en las relaciones con nosotros mismos y los demás (¡!). Otra ventaja ética del griego clásico: la morfología griega no le daba tanta importancia al tiempo futuro, y por ende “la humanidad no vivía encarcelada en el tiempo, como hoy” (sic). La explicación de la concepción griega del tiempo a partir del contraste entre aspecto versus tiempo probablemente sea uno de los puntos más oscuros del libro. Lo que parece quedar claro es que la autora lamentablemente no pudo emular aquí la claridad y el orden de sus queridos filósofos griegos.

El libro está escrito con pasión. Los apartados de cultura griega general suelen ser amenos y una que otra broma puede sacar una sonrisa. Andrea Marcolongo debe de ser la profesora soñada de griego: ágil, hiperactiva, inquisitiva, curiosa. Sin embargo, el estilo ágil y apasionado de su libro viene aparejado por un convidado de piedra: el estilo auto-referencial. La aparición constante del yo, interfiriendo y coloreando el objeto que al lector realmente interesa (queremos saber por qué el griego es genial, no por qué Andrea es genial), trae más pérdidas que ganancias. La voz de Marcolongo se torna, a ratos, ruidosa e indiscreta. Pasa algo parecido con el libro de Nicola Gardini Viva el Latín (2016). Gardini sabe muchísimo, tiene arte, pero sus historietas del Liceo o sus licencias poético-biográficas interfieren demasiado. ¿Será que el lector actual está sediento de historias humanas y no le interesan tanto las cosas? En ese caso, nos encontraríamos ante un problema insalvable. El próximo libro de algún bizantinólogo podría llamarse Bizancio y yo, y debería recordarnos, cada tanto, las peripecias de un profesor que perdió el avión a Turquía, sus zozobras emocionales con los verbos contractos, etcétera. ¿Se pueden introducir anécdotas personales en libros de este estilo? Por supuesto que sí, pero μηδὲν ἄγαν! (¡Nada en exceso!). En este sentido, un libro mucho más elegante y de mejor factura es el de Wilfried Stroh (El latín ha muerto, viva el latín, 2008).

Portada del libro  The Philosophy of Beards,  de T. S. Gowing, 1875

Portada del libro The Philosophy of Beards, de T. S. Gowing, 1875

Un tratamiento aparte merece el concepto de auge y decadencia de la lengua griega que subyace a “la lengua de los dioses”. Marcolongo comparte con Virginia Woolf y con tantos otros una nostalgia incurable por la Grecia antigua, la que se torna más trágica cuando se asume que la lengua griega clásica se ha perdido irremisiblemente. Para Marcolongo vale la pena dedicar todo el esfuerzo del mundo a conocer y amar algo que a duras penas podemos entender. No entendemos la fonética griega, no entendemos su sistema de acentos gráficos, no entendemos su sistema de temas verbales, no entendemos casi nada de nada. Estamos frente a tablillas de escritura lineal A cretense; nos sentamos a leer textos como si tuviéramos que recomponer vasijas hechas trizas. Pero son demasiadas las dudas y los relatos simplificadores que tienen que asumirse para conceder abordaje a la cuestión de la “edad de oro” de la antigüedad perdida. Si ya en la época del griego koiné estaba todo menos que perdido, ¿por qué diablos durante el helenismo, la época imperial y la época bizantina se seguían copiando y leyendo los textos de Homero y Platón?

Marcolongo al menos opta por una especie de agnosticismo trágico de la lengua griega clásica. Otros, a partir del mismo paradigma de “época de oro-decadencia”, han tratado de resucitar al griego clásico y saltarse la Wirkungsgeschichte de miles de años.  Probablemente el caso más influyente haya sido Erasmo. En su De recta Latini Graecique sermonis pronuntiatione (1528), Erasmo puso las bases para la revisión de la pronunciación histórica del griego y la proposición de lo que “debió ser”. Si los méritos de la teoría erasmiana tuvieran que ser juzgados por sus resultados prácticos más que por sus logros teóricos, tendríamos que reconocer que se trata de un fracaso. Como no existe un canon viviente para hablar la lengua (el griego moderno se desecha sin que sean tomados en cuenta los argumentos razonables a su favor, como insistía Tovar), la desorientación fonética trae efectos molestos, al punto de que se ha terminado creando una torre de Babel dentro de una misma lengua. Por ejemplo, los alemanes suelen pronunciar el griego como si se tratara casi de transponer las letras griegas a un sistema fonético de consonantes fuertes y vocales extrañas (ü, ö, eu); lo mismo sucede con el latín. El afán reconstruccionista puede llegar a niveles indeseables. He visto con mis ojos (escuchado con mis oídos, más bien) como algún cultivador de las teorías reconstruccionistas, leyendo a Virgilio, y evitando a toda costa la fonética italiana o “eclesiástica”, convierte los versos virgilianos en un hechizo oscuro, nasal, ininteligible.

Marcolongo y Erasmo comparten, al fin y al cabo, la misma idea: tenemos que forjarnos un acceso directo a la Grecia clásica, hacerle el quite al bulto del medio (la koiné o kiní, como la pronunciaban sus hablantes en la Bizancio de la Edad Media) y llegar lo antes posible a este paraíso perdido. Hacerse cargo de la mediación histórica, de la lenta cadena de hablantes y copistas, poetas y teólogos, que mantuvieron viva la llama de los grandes autores por siglos, resulta quizá un desafío demasiado fatigoso para los propios prejuicios. Las teorías del tipo “después del siglo V, el diluvio”, después de décadas de estudios helenísticos y bizantinos, tienen un tufo a refrito decimonónico.

Busto de plata del  Boscoreale Treasure  del Museo Británico,  de  Jononmac46 , 24 de abril de 2014

Busto de plata del Boscoreale Treasure del Museo Británico, de Jononmac46, 24 de abril de 2014

Por otra parte, querer una vuelta al mundo antiguo, ¿no es querer renunciar sin más a las mejorías de nuestro mundo (moderno, “cristianoide”, impuro) en pos de la sombría grandeza y brutalidad del paganismo? Nietzsche y Yourcenar así lo quisieron, y comprendieron a cabalidad los costos que abrazar el paganismo implicaba. Otros, en cambio, como Virginia Woolf, predican una vuelta a los griegos porque ellos serían un remedio para una época “llena de confusión, de vaguedad, de consolación cristiana”. La Grecia de Virginia Woolf es una república ideal, apolínea y feliz, una especie de Bloomsbury con el dulce clima mediterráneo, sin considerar, por ejemplo, que en la Grecia antigua real las mujeres como Virginia Woolf pasaban la vida encerradas en el gineceo, entregadas al telar, sin poder salir a la calle.

El libro de Marcolongo deja un sabor agridulce: por un lado, logra entusiasmar con el estudio de esta “lengua genial”, pero por otro, su retórica autobiográfica conspira contra el objetivo que se propone. Para una visión más panorámica sobre el griego, menos teñida de nostalgias incurables sobre el paraíso perdido, las obras recientes de Rodríguez Adrados o Horrocks me parece que son de más utilidad.

La Lengua de los Dioses. Nueve razones para amar el griego.
Andrea Marcolongo
Taurus
2017

 
La cabeza de la Gorgona

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