Reseña: "Una arquitectura cualquiera | Urbanismo de excepción", de Camillo Boano

Reseña: "Una arquitectura cualquiera | Urbanismo de excepción", de Camillo Boano

 
Atti Fondamentali. Vita - Supersuperficie. Pulizie di primavera,  de Superstudio, 1970

Atti Fondamentali. Vita - Supersuperficie. Pulizie di primavera, de Superstudio, 1970

El arte de decir “No” es, al menos para los arquitectos, un género hasta ahora poco explorado. Cunde entre ellos la auto-indulgencia en frases como “si no lo hago yo, alguien más lo hará en mi lugar”, justificación que sirve para desligarse de la responsabilidad de, por dar un ejemplo, los “guetos verticales” u otra semejante calamidad construida; y luego culpar a una legislación errática, a la pasividad de la conservación patrimonial o al desalmado empresario inmobiliario. Se trata, en resumen, de un ablandamiento de las responsabilidades éticas. El cultivo profuso e indiscriminado del “Sí” frente al “Hacer” no sólo es, por decirlo suavemente, una posición acrítica: se trata también de una negligencia política.

Sobre esta docilidad con la que el arquitecto se entrega a la altamente obviada operatividad de esta profesión trata Camillo Boano, arquitecto y urbanista de UCL Bartlett, en Una arquitectura cualquiera, publicado hace unos meses por la editorial ARQ DOCS, ensayo donde defiende el carácter ético de la inoperatividad. El autor ya venía desarrollando esta idea en un estudio mucho más extenso sobre este y otros conceptos centrales del filósofo Giorgio Agamben en un libro titulado The Ethics of a Potential Architecture: Critical Encounters between Giorgio Agamben and Architecture (2016).

¿Qué implica la inoperatividad? ¿Concierne realmente a la disciplina de la arquitectura? De ningún modo debe entenderse como un sinónimo de inactividad, quietismo o de apraxia. Se trata de una práctica liberada, curiosamente, de la realización de cualquier telos o tarea específica: una neutralización de las fuerzas productivas. La inoperancia sería entonces aquella actividad que no es productiva, pero que aun así corresponde radicalmente a nuestras facultades políticas, mucho más incluso que el trabajo sometido a un orden hegemónico. Esto puede chocar con la arquitectura, que se entiende comúnmente como una de las profesiones más operativas, en tanto los arquitectos diseñan, fabrican y construyen. Boano dice, entonces, que no se trata de que el arquitecto no construya ni proyecte, sino que desactive la función controladora de las realidades espaciales, la función comunicativa de la arquitectura y permita así el “libre uso”. Es la potencialidad de que la arquitectura sea “cualquier” arquitectura.

El rasgo definitivo de la inoperatividad, señala el autor, es su capacidad de “restablecer la potencia de los seres y las cosas, haciéndolas susceptibles de ser utilizadas de nuevas maneras”. Los humanos existimos sin funciones específicas respecto a nuestras actividades, por lo que somos primordialmente la potencia de cualquier práctica. Desprovistos de cualquier cualificación, la esencia del ser humano es la de ser humano. Dicho de otra forma, somos seres de pura potencia que ninguna identidad o vocación puede agotar: “la única forma coherente de entender la inoperatividad sería pensarla como un modo de existencia genérico de la potencia, que no se puede agotar”, dice Agamben en Homo Sacer.

Si bien el texto no presenta casos concretos de arquitecturas inoperativas, sí nos estimula a encontrar analogías entre el concepto de Agamben y los discursos arquitectónicos. Un proyecto que muestra notables prefiguraciones entre la inoperatividad y la posibilidad de una “arquitectura cualquiera” nos remite a algunos postulados de las vanguardias tardías de la arquitectura: se trata del estudio fundado por Adolfo Natalini y Cristiano Toraldo di Francia, Superstudio, quienes en su proyecto Supersurface (1972) tenían definitivamente internalizada una noción inoperativa sobre la arquitectura. Era una idea muy en boga en el contexto de este estudio italiano, donde el autonomismo marxista (con mucha presencia en la intelectualidad italiana que rodeaba al filósofo y pensador político Mario Tronti) proponía con entusiasmo “renunciarse a trabajar” como medio de resistencia frente al capitalismo, en el reconocimiento de que es el trabajo la fuerza que evoluciona el capital y no al revés.

En esta línea, el proyecto utópico Supersurface se concebía como una plataforma emancipada de toda actividad productiva; un éxodo del trabajo, y con ello del poder y la violencia conectada a este, permitiría en relaciones humanas no-alienadas. La indeterminación de la función de esta plataforma exalta el “libre uso” de los seres humanos. Es una red de energía que aclimata el espacio sin la necesidad de muros, eliminando cualquier barrera separadora entre interior y exterior. La red de energía permite liberar al hombre del trabajo y al suelo de la explotación. Supersurface es la vida sin trabajo. Con esta declaración implícita de inoperatividad, se completa la posibilidad de que la arquitectura mantenga la potencialidad de ser utilizada de cualquier forma.

Para Superstudio, la arquitectura debería ocuparse de los “cinco actos fundamentales” que hasta entonces la disciplina había desatendido: vida (vita), educación, muerte, ceremonia y amor. De los cinco, este proyecto corresponde al primero. El acto vita condensa la vida al desnudo, desprovista de cualquier función, de pura potencialidad. Vita, es decir, la esencialidad del ser emancipada de la dialéctica materialista fundada en el telos del trabajo, acontece en esta plataforma en forma de “libre uso”.

Supersurface es una crítica al sistema capitalista imperante y por ello, inevitablemente, a la misma arquitectura que se encuentra inserta en sus medios de producción y reproducción. Estos arquitectos frecuentaban el postulado de que el diseño arquitectónico no era necesario, sin duda siendo este entendido como un aparato controlador de las acciones y perpetuador del sistema imperante. Su manera de contrarrestar la operatividad de la profesión arquitectónica era mediante una contraria, capaz de mantener la potencialidad de ser o no ser arquitectura, fundamento de la inoperatividad. Es por esto que Superstudio planteaba su crítica mediante el dibujo o el collage: una arquitectura que solo existe en potencia.

Si el diseño es un mero estímulo al consumo, entonces debemos rechazar el diseño; si la arquitectura es una mera codificación de los modelos burgueses de propiedad y sociedad, entonces debemos rechazar la arquitectura; si la arquitectura y la planificación urbana son meras formalizaciones de las actuales e injustas divisiones sociales, entonces debemos rechazar la planificación urbana y sus ciudades (...) hasta que todas las actividades vinculadas al diseño se dirijan únicamente a atender las necesidades primarias. Hasta ese momento, el diseño debe desaparecer. Podemos vivir sin la arquitectura.
[If design is merely an inducement to consume, then we must reject design; if architecture is merely the codifying of the bourgeois models of ownership and society, then we must reject architecture; if architecture and town planning [are] merely the formalization of present unjust social divisions, then we must reject town planning and its cities […] until all design activities are aimed towards meeting primary needs. Until then, design must disappear. We can live without architecture. (Natalini, “Inventory,” eds. 2003. Superstudio: Life without Objects)]

Una referencia importante en Agamben y Boano es el cuento de Melville, Bartleby el escribiente (1853): su protagonista, con su poderoso lema “preferiría no hacerlo”, es el inoperativista por excelencia. Bartleby, quien trabajaba como copista de leyes, responde con esta frase en su tercer día de trabajo cuando su jefe le pide que compare una copia con su original. A esta negativa le sucederán varias más, lo que obviamente lo llevará a perder su empleo. La aplicación consecutiva y estricta del “preferiría no hacerlo”—que lo hace renunciar desde el cumplimiento de sus tareas secundarias de la oficina hasta rehusarse a abandonarla tras haber sido despedido— se plantea, para Agamben, como una postura desafiante ante el problema de la soberanía. Posteriormente, en prisión, Bartleby se niega incluso a recibir comida. Con esta actitud política, Bartleby logra salirse de la espiral dialéctica del trabajo.

Si el arquitecto es capaz de aplicar este lema sobre los trabajos gobernados por aquellos principios que como disciplina la arquitectura pretende resistir, se coloca por fin como un agente éticamente comprometido en la sociedad: “una arquitectura inoperativa consiste en un giro ético, un gesto que desactiva su función comunicativa e informativa para abrirla a nuevos usos y posibilidades y por lo tanto abrirla a una nueva ética comprometida […] tendiente a capturar un ethos subversivo a la ontología dominante […] basada en el poder de la creatividad para producir y controlar las realidades espaciales”.

Termino con Bartleby, pues permite cerrar con lo inicial: una reivindicación de la postura del “No”. Resulta comprensible que posturas como la de Boano surjan como una posible reacción ante las crecientes actitudes post-críticas que ciertas prácticas de la arquitectura han acuñado bajo el concepto de do-tanks (la contraparte de los thinks-tanks). La carga ética fue desplazada directamente a la operatividad de la profesión, desvinculada de la crítica y del academicismo. Me parece más razonable una ética contraria, fundada sobre la descripción de Boano o lo que en otro lugar planteaba Slavoj Žižek sobre el mismo trabajo de Melville, aunque sea en este caso para criticar el “reactivismo” de algunas posiciones afines a las vanguardias activistas, proponiendo en cambio una siempre necesaria reflexión que precede a una acción (operativa, quizás).

Una arquitectura cualquiera | Urbanismo de excepción
Camillo Boano
Ediciones ARQ
2017
128 pp.

 
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