Reseña: "Política y trascendencia en Ernst Jünger, 1920-1934", de Joaquín Fermandois

Reseña: "Política y trascendencia en Ernst Jünger, 1920-1934", de Joaquín Fermandois

 
Wandervögel  en los alrededores del castillo de Leuchtenburg,  c. 1920. Ernst Jünger se integra a este movimiento cultural juvenil en 1911

Wandervögel en los alrededores del castillo de Leuchtenburg, c. 1920. Ernst Jünger se integra a este movimiento cultural juvenil en 1911

El libro que comentamos a continuación fue publicado por primera vez en 1982. Su autor, Joaquín Fermandois, por aquel entonces tenía 34 años. Pero una cosa es la fecha de publicación y otra la de incubación. Probablemente, este trabajo comenzó a ser elaborado cuando su autor se aproximaba a los treinta años: por tal motivo, bien podría decirse que este es un trabajo de juventud.

Trato de imaginar por qué un joven latinoamericano, nacido a orillas del océano Pacífico, decidió emprender una voluminosa investigación sobre un autor poco conocido en el mundo hispanoamericano en aquel entonces. La única respuesta que hallo a esta pregunta es que tanto el autor del libro como el pensador estudiado tienen cierta afinidad, una sensibilidad común. Común, pero no idéntica. Ambos, en mi opinión, son observadores comprometidos, a su manera, de la realidad en la cual están insertos, a la vez que miran el mundo con cierta distancia. Ambos tienen algo que va a contracorriente. Ambos tienen un pie en lo universal y el otro en lo local. Ambos abogan por la singularidad de lo humano y por la dignidad de las humanidades. Quizá, por eso, ambos se rehúsan a someterse servilmente a los imperativos “de la moderna ciencia natural o exacta, cuya lógica intenta imponérsele, cada vez con más éxito, a las artes, las humanidades y las ciencias sociales”, como señala Fermandois en el prólogo.

Pese a las afinidades que pueden existir entre el autor y su objeto de estudio, glosar la obra de Ernst Jünger no es en modo alguno tarea fácil. Descontada la dificultad de estudiar a Jünger en su propia lengua, hay otra que, en este caso, constituye una dificultad mayor. Ella es la siguiente: la prosa de Ernst Jünger no es conceptual, menos aún categorial. La escritura de Jünger es pródiga en metáforas y en el uso de recursos simbólicos. Su palabra es de un pathos que no es fácil de formalizar. El mismo Jünger era consciente de ello. En un pasaje de su libro El corazón aventurero, una obra de 1929, apuntaba que “lo inefable se degrada al expresarse y al comunicarse”. Entonces, la dificultad que se le presenta al hermeneuta, al historiador, es: ¿cómo convertir un lenguaje que es eminentemente simbólico y metafórico en un lenguaje conceptual e historiográfico? Para salvar tal dificultad, Joaquín Fermandois procede primero a configurar los conceptos (como, por ejemplo: poder, legitimidad, técnica, ideología, modernidad, cultura, civilización, entre otros). Premunido de tales herramientas, comienza a rastrillar las páginas de Jünger para así acercar al lector al pathos que anima la obra temprana del autor en estudio y, en seguida, a su pensamiento.

Wandervögel  alrededor de una fogata,  c. 1910

Wandervögel alrededor de una fogata, c. 1910

El libro consta de cinco capítulos organizados conceptualmente, antes que temporalmente. De ahí que la arquitectura del libro pueda impacientar a un lector apresurado que busque llegar cuanto antes a la cuestión anunciada por el título del libro: la política y la trascendencia. Tal asunto está desarrollado en los capítulos cuarto y quinto. Es imposible, sin embargo, abordar tal asunto sin los fundamentos conceptuales que están en los capítulos previos. Se advertirá en la lectura, por cierto, que el ensamblaje del libro es perfectamente lógico y coherente.

A continuación comento dos pasajes, uno de Jünger y otro de Fermandois, con el propósito de tratar de entrever la sensibilidad común que refería al comienzo. Rememorando el verano de 1914, Jünger apunta lo siguiente:

Habíamos abandonado las aulas de las universidades, los pupitres de las escuelas, los tableros de los talleres, y en unas breves semanas de instrucción nos habían fusionado hasta hacer de nosotros un único cuerpo, grande y henchido de entusiasmo. Crecidos en una era de seguridad, sentíamos un anhelo de cosas insólitas, de peligro grande. Y entonces la guerra nos había arrebatado como una borrachera. Habíamos partido al frente bajo una lluvia de flores, en una embriagada atmósfera de rosas y sangre. Ella, la guerra, era la que había de apartarnos de aquello, las cosas grandes, fuertes, espléndidas. La guerra nos parecía un lance viril, un alegre concurso de tiro celebrado sobre floridas praderas en que la sangre era el rocío.

El texto citado corresponde a la primera novela de Ernst Jünger, titulada Tempestades de acero, que fue publicada en 1920. Como podrá advertirse, el fragmento exuda vitalidad. No hay un lamento ante la guerra. Incluso se podría decir que la guerra tiene un aroma dionisíaco. Creo, sin embargo, que no es la guerra misma la que suscita ese estado de ánimo de frescura y jovialidad. ¿Qué es, entonces, lo que suscita el alborozo? Pareciera ser que es la ruptura del principio de individuación. Por cierto, es la sensación de pertenencia a algo mayor, a algo que logra romper el encapsulamiento individual y que, por consiguiente, ahuyenta al insípido atomismo social. Hay un cierto sentimiento simpatético. En mi opinión, la frase clave del párrafo es esta: “en unas breves semanas de instrucción nos habían fusionado hasta hacer de nosotros un único cuerpo, grande y henchido de entusiasmo”. Los preparativos bélicos—y la guerra misma—arrancan al individuo de la languidez de la civilización y lo sumergen de súbito en la vitalidad de la cultura. Así, el encapsulamiento individual se rompe y el individuo se fusiona en una unidad mayor, en algo que lo incorpora y lo trasciende, y los individuos, como átomos dispersos, se fusionan ahora en un solo cuerpo. Se constituye, en definitiva, una nueva unidad: en palabras de Jünger, “un único cuerpo, grande y henchido de entusiasmo”.

Ernst Jünger observando su colección de insectos,  c. 1960

Ernst Jünger observando su colección de insectos, c. 1960

Personalmente, creo que Jünger tenía un pie puesto en la civilización y el otro en la cultura. Su anhelo lo empujaba hacia la cultura; pese a ello aceptaba la civilización como algo ineludible. Por eso, se afanó por sobrevivir en ella, tomando distancia de ella, replegándose temporalmente a los cuarteles de invierno para reconstituirse y regresar nuevamente al mundo de los veraneantes pálidos, de los juerguistas tristes, de los plutócratas pobres. A mediados del siglo veinte, a esta modalidad de sobrevivencia la denominará emboscadura. Como se podrá advertir, el exceso de civilización para Jünger es algo monótono, insípido e inhóspito. Por eso, la trascendencia sólo se puede alcanzar en el horizonte de la cultura. La civilización, estéril, clausura las posibilidades de trascendencia. En la cultura, en cambio, la trascendencia se despliega en tres direcciones diferentes, a saber: hacia arriba (la búsqueda de la divinidad), hacia abajo (el vínculo con lo telúrico) y hacia los lados (la fraternidad que cuaja en determinadas ordenaciones sociopolíticas, ya sean éstas de izquierda o de derecha). El individuo (en cuanto sujeto de la civilización, atomizado y estandarizado) no puede alcanzar la trascendencia; en cambio, el hombre singular (un vástago de la cultura) sí.  

Ahora citaré un párrafo de la página 96 del libro que nos concita. Dice Fermandois: “La decadencia como doctrina ha sido a menudo denunciada como el peligroso lamento de actores sociales periclitados, no pudiendo ellos mismos participar creadoramente, y que denuncian su época como decadente, extrapolando así su propia impotencia a la época y al mundo en que viven”.

Seleccioné este fragmento para poner de manifiesto que el supuesto pesimismo de Jünger, que también suele imputársele a Fermandois, no es tal. Y si lo fuera, dista mucho de asumir una actitud quejumbrosa por un pasado irrecuperable. Evidentemente, en ambos hay una aguda sensibilidad por el pasado, pero no existe la nostalgia por el pasado. Tampoco hay euforia ante el porvenir. No son progresistas. Ambos, además, son lectores de Oswald Spengler. Por eso, quizás, asumen que las culturas devienen en civilizaciones; que las religiones, reveladas primero, devienen en religiones seculares, y después en meras ideologías; que las formas sociopolíticas que son aparentemente inmarcesibles, finalmente, se marchitan. Para ambos, sin embargo, el enigma de lo humano sigue en pie.

Este libro—como todos los libros que han sido escritos con el corazón y la cabeza—deja una huella y una sombra de perplejidad en el lector y lo invita a seguir reflexionando sobre el misterio de lo humano. Misterio que ha sido expulsado de las aulas universitarias y que, por lo pronto, no tiene fecha de retorno.

Política y trascendencia en Ernst Jünger, 1920-1934
Joaquín Fermandois
Brickle Ediciones
2017
390 pp.

Practicante de la  Lebensreform  cruzando una calle de Berlín,  1907

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