Proto-mundo, la torre de Babel y Darwin

Proto-mundo, la torre de Babel y Darwin

 
Turris Babel,  autor desconocido, 1679

Turris Babel, autor desconocido, 1679

Luego del Diluvio Universal, los descendientes de Noé se multiplicaron y formaron un pueblo que buscaba un hogar en el que asentarse. Así lo refiere el Génesis. Este pueblo postdiluviano hablaba una sola lengua, presumiblemente la misma lengua que hablaba Noé: siendo los únicos sobrevivientes al Diluvio, su lengua era la única que existía. Migrando hacia el este, los descendientes de Noé eventualmente se encontraron en Shinaar, una fértil tierra entre dos ríos. Ahí se asentaron y fundaron la ciudad de Babilonia, o Babel, como la llamaron los arameos más adelante (Génesis 10: 10).

Estos babilonios, con la infinita arrogancia que los seres humanos suelen mostrar en los relatos bíblicos, decidieron construir una torre lo suficientemente alta como para alcanzar los cielos. Al ver esto, un enardecido Yahveh determinó que era necesario impedir que los insolentes babilonios se coordinaran en la construcción de esta torre. Para poner fin a la empresa, descendió y confundió las lenguas de los hombres, además de dispersarlos por la Tierra (Génesis 11: 1-9).

Según el relato bíblico, este es el origen de todas las lenguas que los seres humaron hablamos. La humanidad fue desperdigada por los cuatro rincones de la tierra, confundida, y por eso se formaron distintas naciones de gentes que hablaban distintos idiomas. Todas las diferencias culturales, los conflictos entre países y pueblos, la ubicua xenofobia del mundo moderno, existirían porque los babilonios quisieron tocar el cielo.

Se ha llamado “adámico” a esta lengua que hablaban los babilonios antes de ser confundidos por Dios, pues sería la lengua con la que Adán nombró todas las cosas (Génesis 2: 18-20). Una única lengua a través de la cual toda la humanidad se comunicaba.

Existen, sin embargo, registros históricos previos a la fundación de la ciudad de Babilonia (c.2300 A.C.) que demuestran la existencia de una multitud de lenguas antes de los supuestos eventos descritos en el Génesis. Están las lenguas habladas por los sumerios (c.3100 A.C.), los egipcios (c.3100 A.C) y la civilización del Valle del Indo (c. 3300 A.C) y, en base a los restos arqueológicos encontrados, cabe presumir que el resto de los pueblos humanos que habitaban nuestro mundo por esos tiempos también tendrían sus propias lenguas.

Y aunque hoy parezca innecesario referir a la insuficiencia de una exégesis literalista de los textos bíblicos frente a los hallazgos arqueológicos, en especial teniendo a la vista los avances demostrados por el método histórico-crítico en este campo, creo interesante destacar que existe además una discrepancia esencial en la historia misma de la Torre de Babel que la hace implausible. Moisés es tradicionalmente acreditado como el recopilador de los relatos bíblicos del Génesis, entre los que se encuentra la historia de Babel y el Diluvio Universal. Sin embargo, si tomáramos al pie de la letra los eventos descritos en estos relatos, Moisés no podría haber comprendido estos textos pre-babélicos si hubiesen estado escritos en su lengua contemporánea, la adámica, pues los conocimientos sobre ésta se habían perdido cuando Dios confundió a la humanidad.

Además de la historia de Babel, en el Génesis se cuenta que, durante la Creación, las especies de animales y plantas aparecieron súbitamente por la voluntad de un Dios, idea que fue definitivamente desterrada de la ciencia en el siglo XIX con la Teoría de Evolución por Selección Natural desarrollada por el naturalista británico Charles Darwin. En esta teoría se estipula que las especies evolucionan (transmutan) y cambian con el tiempo, dando origen a toda la diversidad de vida en la tierra mediante mecanismos de divergencia. Legendarios fueron los enfrentamientos entre evolucionistas y creacionistas, siendo el más notable entre ellos el que se dio en 1860 entre otro naturalista, Thomas Huxley, apodado el “Bulldog de Darwin”, y el por entonces obispo de Oxford, Samuel Wilberforce. Wilberforce demandó saber, en tono burlón, si el parentesco de Huxley con un mono venía por línea materna o paterna. Frente a esto, el paladín de Darwin respondió, sin tapujos, que no le avergonzaría estar emparentado con un mono, pero sí con un hombre que usara sus grandes dotes de orador para ocultar la verdad y detener el progreso del conocimiento. Se cuenta que el rebate fue tan efectivo que una señora de la audiencia se desmayó tras las palabras del naturalista.

Dos monos encadenados,  de Pieter Bruegel el Viejo, 1562

Dos monos encadenados, de Pieter Bruegel el Viejo, 1562

En cuanto a las lenguas, se puede ver una historia similar a la de las especies. En tanto el Génesis describe un fenómeno de aparición inmediata por intervención divina (Dios crea a las distintas especies), la lingüística histórica revela un proceso evolutivo gradual de divergencia a través de una serie de contingencias histórico-naturales, y no por el chasquear de los dedos de un Dios caprichoso.

La diferencia está en que los lingüistas nunca tuvieron que dar la batalla que los evolucionistas dieron en el siglo XIX (y que todavía dan en varios lugares del mundo). Parece evidente para cualquier estudioso que las lenguas han cambiado durante los últimos dos mil años: el latín vulgar, usado de forma extendida en el vasto Imperio Romano, comenzó un proceso de considerable divergencia en los siglos III y IV, originándose lo que luego serán las lenguas romances modernas. Este cambio gradual se puede ver claramente en los varios textos que los escribas, funcionarios y comerciantes del Imperio Romano dejaron a través de los siglos. En 1786, el filólogo Sir William Jones presentaba su famosa hipótesis, postulando que el sánscrito, el latín y el griego debían tener un origen común, dando inicio a la lingüística moderna (vale decir también que en tiempos de Darwin ya se conocían las relaciones de parentesco entre las distintas lenguas germánicas).

Sin duda estas revelaciones de evolución lingüística tuvieron una importante influencia en el joven e impresionable naturalista al momento de desarrollar su teoría de selección natural. En 1837, más de veinte años antes de la publicación del Origen de las Especies, Darwin le escribe a su hermana Caroline:

Me dices que no ves lo nuevo de la idea de Sir J. Herschell sobre el error en la cronología del Antiguo Testamento. —Uso la palabra cronología de una manera discutible, no es sobre los días de la Creación a los que él se refiere, sino al lapso de años desde que el primer hombre hizo su maravillosa aparición en este mundo— Hasta donde sé, todos han pensado hasta ahora que los más o menos seis mil años han sido el periodo correcto, pero Sir J. piensa que un número mucho mayor debe haber pasado desde que las lenguas chinas, las [espacio en blanco en la carta original], y las caucásicas se han separado desde un origen en común

Darwin se refiere a una idea que Sir John William Frederick Herschell expresa en una carta a Charles Lyell en 1836:

Cuando vemos la cantidad de cambio que 2000 años han podido producir en las lenguas de Grecia e Italia, o 1000 en las de Alemania, Francia y España, naturalmente tenemos que preguntarnos cuán largo periodo tiene que haber pasado desde que el chino, el hebreo, el delaware y el malagasy tuvieron un punto en común con el alemán y el italiano y entre ellos. — ¡Tiempo! ¡Tiempo! ¡Tiempo! — no debemos impugnar la cronología de las escrituras, pero debemos interpretarla de acuerdo con lo que sea que aparezca con cualquier investigación justa y que sea verdadera, puesto que no puede haber dos verdades

Este es quizás el primer cuestionamiento sobre el tiempo del mundo al que Darwin se expone. No fueron las investigaciones geológicas o zoológicas las que plantearon las primeras dudas sobre la veracidad fáctica del relato del Génesis (los famosos “seis mil años”). La idea de que el mundo es mucho más antiguo de lo que se creía es esencial y central para el desarrollo de la teoría evolutiva. No parece fuera de lugar pensar entonces que las conclusiones de la lingüística histórica, que cuestionaban la veracidad de esta suerte de “historia natural” que podía extraerse del libro del Génesis, fueron fundamentales para que el naturalista diera sus primeros pasos en el desarrollo su teoría.

Torre de Babel,  de Lucas van Valckenborch, 1594

Torre de Babel, de Lucas van Valckenborch, 1594

Se pueden encontrar, de todas maneras, elementos interesantes en la historia bíblica de la Torre de Babel, metáforas que quizás podemos aplicar al verdadero origen de las lenguas. El relato propone que las lenguas cambian y que divergen desde un punto en común. Así cómo en la evolución de las especies de Darwin se presupone que tuvo que existir algún organismo primigenio, del cual todos los otros descienden, es posible que, tal cómo cuenta la historia de la Torre de Babel y como presupone Sir J. Herschel, haya existido en algún momento una sola lengua originaria, a la que todas las lenguas posteriores le deben su existencia.

En algún momento se postuló (y todavía postulan los que sostienen una lectura demasiado literal de la Biblia) que la lengua adámica pre-babélica, quizás la proto-lengua de la que todas las otras descienden, debía haber estado emparentada con el hebreo, lo que habría permitido a Moisés su lectura y recopilación para formar el Génesis. Sin embargo, proponer el relato bíblico en estos términos es algo que se cae a pedazos rápidamente, porque el hebreo, en realidad, no es más que una ramita relativamente reciente de una familia mucho más antigua (la afroasiática) que, además de las semíticas, incluye las lenguas egipcias, bereberes, chádicas, cusitas y posiblemente las omóticas.

Estas relaciones que forman la familia de lenguas afroasiáticas se establecieron mediante el uso del llamado método comparativo, el que consiste en la búsqueda de “cognados”—del latín cum (con) y nātus (nacer)—, es decir, palabras que comparten una etimología, pero que posiblemente difieren en su evolución fonética o semántica. La identificación de un número significativo de cognados en distintas lenguas (una cantidad que permita descartar meras coincidencias) permite a los lingüistas establecer un parentesco genético entre ellas y, en algunos casos, incluso reconstruir parcialmente las proto-lenguas que las originaron. Es mediante este método que se han descubierto las grandes familias lingüísticas: la indo-europea, la sino-tibetana, la nigerocongolesa, la austronésica, la urálica, y la ya mencionada afroasiática, entre otras.

¿Existió alguna lengua primitiva que une a todas estas grandes familias? ¿Una lengua análoga a la que usó Adán para nombrar todas las cosas? Esta hipótesis de la existencia de una proto-lengua universal, a veces llamada proto-mundo o proto-sapiens por los especialistas, ha merodeado por la mente de lingüistas prácticamente desde que existe la disciplina (que curiosamente atrae a incontables charlatanes). Aunque la hipótesis nos resulte muy atractiva, su existencia es en realidad muy discutida por los mismos lingüistas, pues la evidencia simplemente no está ahí. El método comparativo permite establecer parentesco entre lenguas que divergieron hace no más de diez mil años: más allá de ese periodo, cualquier similitud entre lenguas hermanas se suele perder en el éter del tiempo, imposibilitando la identificación de cognados. Los cerca de doscientos mil años que la raza humana ha deambulado por este mundo señalan el límite infranqueable que enfrenta el método comparativo para referirse a esta primera lengua. A diferencia de los fósiles de millones de años que dejan las especies animales y vegetales extintas, las lenguas habladas no dejan rastro alguno que permita un análisis directo. Sin un sistema de escritura que dejara registros que perduraran en el tiempo, cualquier huella de esta proto-lengua está perdida para siempre en la prehistoria de la humanidad. Hasta que se mejoren sustancialmente las metodologías de estudio lingüístico, o se invente una máquina del tiempo que nos permita estudiar las lenguas muertas hace varios miles de años, no podremos saber con certeza si esta proto-lengua existió o no.

Hay algunos lingüistas que han intentado usar el método comparativo para reconstruir palabras del supuesto lenguaje proto-mundo. Un caso notable es el de Merrit Ruhlen, heredero de las controvertidas ideas de Joseph Greenberg sobre la clasificación de lenguas. Ruhlen propuso una reconstrucción de veintisiete “etimologías globales”. Kuna (“mujer”), mano (“hombre”) y mako (“niño”) son tres de las veintisiete palabras que conformarían la lengua que dio origen a todas las lenguas vivas: la proto-lengua, el lenguaje adámico.

La tour de Babel,  de Endre Rozsda, 1958

La tour de Babel, de Endre Rozsda, 1958

Sin embargo, las ideas de Ruhlen han sido ampliamente desacreditadas y relegadas a la llamada “ciencia marginal”, si es que no pseudociencia. El principal contraargumento es que la metodología de Ruhlen está llena de errores y presunciones, y son varios los lingüistas que no descartan la posibilidad de que, en vez de haberse originado con una sola proto-lengua, el lenguaje hablado pudo haber tenido múltiples orígenes, si consideramos que la raza humana siempre ha tenido el potencial fisiológico y cultural para desarrollar nuevas lenguas, apareciendo éstas de novo en múltiples poblaciones humanas, como eventos independientes. Es posible que no haya parentesco alguno entre el chino, las lenguas indo-europeas y las lenguas amerindias, por ejemplo.

Un caso ocurrido en Nicaragua nos hace pensar en esta posibilidad. Por los años 70 y 80 se establecieron varios centros para niños sordos en el oeste de este país, en donde previamente estos niños estaban relativamente aislados comunicacionalmente de sus comunidades y, en general, carecían de capacidades lingüísticas avanzadas. Sorprendentemente, un nuevo lenguaje de señas surgió espontáneamente en estos centros. Los niños desarrollaron muy rápidamente formas de comunicación que se complejizaron hasta formar un lenguaje completo en un tiempo inaudito. El lenguaje de señas nicaragüense es una mina de oro para los lingüistas, ya que es uno de los únicos casos registrados de una lengua que no se originó a partir de una lengua previa. Aparentemente, la formación de lenguas de novo no es algo tan insólito, lo que da peso a la idea del origen múltiple del lenguaje (la hipótesis poligenética, en oposición a la monogenética).

Yo personalmente prefiero vivir con la idea—bastante romántica, la verdad—de que la lengua proto-mundo existió. Una lengua que une a todos los pueblos de la humanidad en un continuo cultural de milenios que, creo, empequeñece las diferencias que nos dividen actualmente. La ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia, después de todo.

 
Reseña: "The Meaning of Belief", de Tim Crane

Reseña: "The Meaning of Belief", de Tim Crane

Reseña: "La deriva líquida del ojo: Ensayos sobre la obra de Alfredo Jaar", de Ana María Risco

Reseña: "La deriva líquida del ojo: Ensayos sobre la obra de Alfredo Jaar", de Ana María Risco