"Flash mob": la revolución, el relámpago y la voluntad del pueblo.

"Flash mob": la revolución, el relámpago y la voluntad del pueblo.

 

Se señala a menudo que la Revolución Francesa fue una revolución de científicos. Sus impulsores, nutridos tanto por conceptos etéreos y abstractos como por los airados pensamientos y demandas de Rousseau, buscaron una sociedad que se fundara no en Dios o en la tradición, sino en lo que Edmund Burke lamentaba como el «nuevo imperio conquistador de la luz y la razón». Es cierto que, si enumeramos la filiación profesional de cada uno de los miembros de la primera Asamblea Nacional, nos encontraremos con un número indiscutiblemente superior de abogados. Sin embargo, los símbolos y tópicos revolucionarios no derivaban de prácticas o tradiciones jurídicas, y no fue en tanto “hombres de leyes” que Robespierre y Marat demandaban la muerte del rey y la fundación de una república democrática, sino que lo hicieron en su calidad de científicos: intelectuales de clase media que vieron en el gobierno un campo fecundo para la experimentación, la innovación y el progreso.

En ningún punto fue tan clara esta aproximación como en lo referente a “la voluntad del pueblo”: de los muchos acertijos que los revolucionarios se propusieron solucionar científicamente, pocos parecían ser tan urgentes e inabordables a la vez. En el caso de un rey es fácil saber cómo es uno, o al menos eso pensamos: un rey es un individuo, tiene un cuerpo, puede ordenarnos hacer algo. Cualquiera sea el modo como quiera comunicarse—por su voz, por un gesto, por un decreto—, es relativamente claro saber cuándo un acto ha sido realizado por él. “El pueblo”, sin embargo, no posee un cuerpo del modo en que un rey tiene un cuerpo, ni parece tener formas evidentes de expresarse a sí mismo. ¿Cómo se ve la voluntad del pueblo? ¿Cómo escuchamos su voz, si el pueblo no tiene una boca para hablar? En el momento en que los revolucionarios franceses entronizan la voluntad del pueblo, ponen sus pies en terreno inexplorado. La democracia revolucionaria requería hombres capaces de visualizar lo invisible, volviendo aparente lo que escapaba a nuestra percepción inmediata. El problema parecía exigir una investigación científica aplicada al pueblo mismo: así como la composición invisible del aire, los patrones secretos de un campo magnético o los estratos geológicos del suelo, la política democrática estaba gobernada por una ley invisible que el científico-estadista debía develar.

Los científicos de la revolución desarrollaron variadas estrategias para hacer discernible la voluntad popular, desde el ámbito estadístico al jurídico. Un enfoque, sin embargo, destaca tanto por su peculiaridad intrínseca como por su recurrencia: los intentos de volver análoga la voluntad popular a los relámpagos. La historiadora Mary Ashburn Miller, en su libro A Natural History of Revolution: Violence and Nature in the French Revolutionary Imagination, 1789-1794, ha documentado la larga historia del rayo como símbolo de la soberanía. En el imaginario absolutista, el relámpago simboliza el poder real y sus pretensiones divino-jupiterinas: un ejemplo clásico es el frontispicio del Leviatán (1651) de Thomas Hobbes, donde figuran en un ensamble de simbolismo absolutista un rayo, una corona, un cañón y otros objetos.

Frontispicio del  Leviathan  de Thomas Hobbes (1651)

Frontispicio del Leviathan de Thomas Hobbes (1651)

Con la Revolución, los intelectuales franceses se apropian de este relámpago para dirigirlo contra los reyes. En 1792, con la Revolución radicalizada como una revolución democrática, los miembros de la Convención Nacional debatían sobre qué hacer con el rey Luis XVI. El 3 de diciembre del mismo año, Robespierre sostiene que el rey debe ser ejecutado de forma sumaria en vez de ser juzgado por traición, porque «un pueblo no juzga como lo hace un tribunal de justicia, no dicta sentencias, sino que arroja relámpagos». Luis XVI es ejecutado en la guillotina poco después en la Plaza de la Revolución, el 21 de enero de 1793.

La metáfora es omnipresente no solo en textos y discursos sino también en la cultura visual de la Revolución. En un grabado alegórico de 1792 encontramos a “Libertad”, personificación del pueblo, representada con un puñado de rayos, con los que va destruyendo lo que queda de la monarquía. Detrás de ella, gruesas barras de luz (e Ilustración) repelen las tinieblas que aluden a la oscuridad de las supersticiones que sostenían el antiguo gobierno.

La Liberté Triomphante  (1792)

La Liberté Triomphante (1792)

Un vocabulario visual similar es empleado en una pintura del mismo año, Alegoría de la insurrección popular del 10 de agosto de 1792, cuando es derrocada la monarquía francesa. Si bien el origen de la pintura es desconocido, su simbolismo es clarísimo. Un relámpago estalla desde “la Montaña” (término que designaba a los jacobinos, que se veían a sí mismos como la verdadera facción del pueblo), relámpago que dispersa las nubes oscuras con su destello:

En ambas ilustraciones es protagónico el vínculo causal entre insurrección popular e Ilustración, revolución democrática y progreso científico. El relámpago, una vez liberado, se dirige contra sapos y culebras, alimañas que representan “el Pantano”, apodo con el que peyorativamente eran conocidos los girondinos (o “La llanura”), la facción moderada y escéptica de la acción popular directa. Una ilustración de 1793 repite el mismo patrón visual: un jacobino conduce con su mano los rayos celestiales—¿del pueblo divino?—para dirigirlos contra los sapos y culebras que se encuentran al pie de la montaña.

Sans union point de force, sans force point de liberté  (1793

Sans union point de force, sans force point de liberté (1793

Estas ilustraciones sugieren lo que muchos revolucionarios de la época deben haber pensado sobre la voluntad popular: una fuerza natural que surgía espontáneamente como un rayo y que, sin embargo, era capaz de ser dirigida contra los verdaderos enemigos del pueblo. Una fuerza invisible que, una vez liberada, se volvía luminosa, dramática y absoluta. Este tópico estaba tan extendido que también los críticos de la revolución recurren satíricamente a él. En un extraordinario afiche de 1797, Le Miroir du passé pour sauvegarde de l’avenir, los jacobinos son retratados como zombies que guían a los vivos hacia su muerte. La imagen es coronada con un Ojo-que-todo-lo-ve, de donde salen rayos que caen sobre la Bastilla. El encabezado nos advierte: «El espejo del pasado para salvaguardar el futuro. ¡PUEBLO ESTÚPIDO!». Pasando de las manos de los reyes al pueblo y sus defensores, ahora el relámpago comunica la interpretación contrarrevolucionaria de la democracia: una orgía satánica de la destrucción, como sostuvo Joseph de Maistre.

No era casualidad que el rayo fuera elegido como el modelo de la voluntad popular. El lenguaje de la ciencia y el lenguaje de la política se fundían en el crisol de la democracia revolucionaria, y no solo en Francia. Una fascinación por la electricidad conectó a científicos de toda clase a ambos lados del Atlántico, y si tiramos de estos hilos se nos revela una red de radicalismo político en la cultura científica de fines del siglo XVIII. Tomemos el ejemplo de dos líderes jacobinos: Marat y Robespierre. El primero, antes de ser uno de los héroes (o demonios) de la Revolución, fue un científico que publicó, en 1782, un importante estudio sobre la electricidad titulado Recherches physiques sur l’électricité. Un año después, en la pequeña St. Omer, un tal Monsieur de Vissery instala en su casa un pararrayos. La gente del pueblo creía que el aparato atraía los rayos a sus casas, por lo que solicitaron su remoción. El caso llegó hasta el Consejo de Artois, donde un joven Robespierre asume la defensa de Vissery en el nombre del progreso científico. Robespierre gana el caso y se hace una reputación de abogado progresista. Entusiasmado, le escribe a Benjamin Franklin en una carta fecha el 1 de octubre de 1783, donde le agradece al americano por el “sublime descubrimiento” de la conducción eléctrica.

Franklin era reconocido por haber “domesticado” la electricidad al conducirla desde el cielo en su “experimento de la cometa” en 1752, un hecho que obsesionaba a más de algún revolucionario como Robespierre. En su persona, Franklin parecía ofrecer un ejemplo de estadista-científico: además de haber dominado el rayo, Franklin sirvió como embajador en Francia entre 1776 y 1785. Y no era el único investigador de la electricidad que cautivaba a los franceses. El 26 de agosto de 1792, la Convención Nacional, en su abultada agenda revolucionaria, se dio un momento para otorgar la ciudadanía por gracia al científico inglés Joseph Priestley (en junio se le había dado el mismo honor a su hijo William, en virtud de ser el divulgador de las ideas de su padre). Priestley que era amigo de Franklin y conocido por descubrir del oxígeno, además de ser uno de los fundadores del Unitarianismo, también era un científico del rayo. A lo largo de la década de 1770 publicó y reeditó varias versiones de History of Electricity, la que eventualmente sería traducida a otros idiomas. En 1774 envía un estudio sobre las tormentas eléctricas a la Royal Academy y sostiene una correspondencia con Jeremy Bentham a propósito sobre las descargas atmosféricas. En 1775 escribe al científico estadounidense Andrew Oliver sobre los orígenes de la electricidad. En 1778 trabajaría para una comisión (Board of Ordnance) encargada de optimizar la forma de los conductores eléctricos (véase Robert E. Schofield, The Enlightened Joseph Priestley: A Study of His Life and Work From 1773 to 1804).

Benjamin Franklin trae la electricidad del cielo,  de Benjamin West, c. 1816

Benjamin Franklin trae la electricidad del cielo, de Benjamin West, c. 1816

Los revolucionarios franceses idolatraban a Priestley y Franklin, pues creían sinceramente que la ciencia estaba íntimamente vinculada con la lucha por la libertad. Para estos hombres, la causa de la ciencia era la causa de la democracia. Este aprecio era mutuo: cuando no estaba investigando el aire y la electricidad, Priestley era uno de los más dedicados defensores de la Revolución Francesa entre la opinión pública de Inglaterra. Su combinación de fervor revolucionario y fama científica lo hizo uno de los blancos de Burke en sus Reflexiones sobre la Revolución Francesa. Por lo visto, los vecinos de Priestley también estuvieron de acuerdo en que el científico era una amenaza al orden social, por lo que incendian su casa y su laboratorio en Birmingham el año 1791. Priestley se ve forzado a emigrar a América en 1794, donde será recibido por otro científico revolucionario y entusiasta de la Revolución Francesa: Thomas Jefferson (quien también ejerció como diplomático en Francia).

Los entusiasmos que estos hombres compartieron por la democracia y la electricidad se informaron, de manera extraña, el uno al otro, lo que no debería sorprendernos: cuando se vieron enfrentados a nuevas preguntas políticas sobre la democracia, se aplicaron a su estudio como solían hacerlo, como científicos. El resultado fue un circuito transatlántico de investigación, descubrimientos, evidencias—y radicalismo político.

Traducción de Domingo Martínez

Artículo publicado originalmente en The Public Domain Review bajo licencia Atribución-CompartirIgual 3.0 Unported (CC BY-SA 3.0) (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0/deed.es).
 
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