Reseña: "Reforma Protestante y Tradición Intelectual Cristiana", de Manfred Svensson

Reseña: "Reforma Protestante y Tradición Intelectual Cristiana", de Manfred Svensson

 
Líderes de la Reforma, con la ciudad de Núremberg al fondo,  autor desconocido, 1559

Líderes de la Reforma, con la ciudad de Núremberg al fondo, autor desconocido, 1559

Con ocasión de los 500 años de la reforma protestante, un teólogo alemán fue invitado por un grupo evangélico chileno a dar una serie de charlas y conferencias. Al académico le extrañó la hostilidad que repetidas veces mostraba su auditorio cada vez que hacía referencia a la ‘teología liberal’. Grande fue la sorpresa del Professor cuando se enteró de que la mayoría de los impugnadores de la ‘teología liberal’ eran en realidad críticos del sistema ‘neoliberal’, del capitalismo, del individualismo o, simplemente, del estado de las cosas por estas vecindades, en tanto el profesor se refería por su parte a la teología de figuras como Ritschl, von Harnack o Schweizer. El término ‘liberal’ acabó por obstaculizar y empañar cualquier reflexión teológica sobre la Reforma y desvió la conversación hacia otros derroteros.

Esta anécdota quizá nos diga algo sobre cuán perdidos podemos estar en la discusión teológica medianamente culta y cuán pronto estamos a proyectar ideas prefabricadas para captar cualquier fenómeno medianamente lejano en la historia. Para los 500 años de la Reforma protestante abundaron eslóganes más o menos vagos sobre la importancia de Lutero para grupos difícilmente compatibles entre sí. Unos celebraron la Reforma como el comienzo de la libertad individual, de la modernidad (sin molestarse en precisar demasiado el término), e incluso del capitalismo. Por otra parte, hay quienes festejan la Reforma impulsada por Lutero como una vuelta a la piedad originaria del cristianismo, una liberación del yugo pagano del medioevo y otras tantas cosas más.

Jan Hus predicando,  Códice Jenský, autor desconocido,  circa  1490

Jan Hus predicando, Códice Jenský, autor desconocido, circa 1490

Sea como fuere, ambos bandos festejantes están de acuerdo en que la Reforma protestante es un punto de quiebre total, una revolución si se quiere, en la cual el mundo prerreformado queda irremediablemente atrás. El reciente libro de Manfred Svensson viene a revisar esta idea, trazando sus orígenes, para finalmente matizarla y relativizarla a través de precisiones histórico-sistemáticas. Una de sus tesis centrales es que la Reforma es, en gran medida, un movimiento intelectual y que, como tal, no puede ser entendido adecuadamente sin su enraizamiento en la tradición intelectual cristiana de los siglos anteriores. En efecto, no deja de llamar la atención que Lutero, Melanchton, Vermigli y Zwinglio fuesen profesores universitarios, y que otros padres de la reforma fuesen intelectuales de gran calibre (Calvino, por ejemplo, comenzó su carrera como comentarista de Séneca). Svensson entiende la Reforma protestante ciertamente como una reforma religiosa, pero pensada e implementada según un esquema intelectual propio de profesores imbuidos en la tradición patrístico-escolástica.

Con todo, esta tesis puede chocar con el ejemplo de Martín Lutero. No es un secreto que Lutero fue un maestro en diatribas anti-escolásticas y anti-patrísticas, y no es completamente absurdo atribuirle una especie de ‘irracionalismo’ difícilmente compatible con los clásicos teólogos medievales como San Anselmo o Santo Tomás. Si queremos entender la reforma protestante como un quiebre violento, en Lutero encontraremos probablemente el mejor argumento. Svensson intenta desactivar esta objeción de dos maneras: en primer lugar, mostrando en unas interesantes páginas (pp. 99 y ss.) que la prominencia de Lutero en la reforma es, por un lado, un constructo bastante tardío en la historiografía y, por otro, fruto de la primera Kontroverstheologie católica que concentró sus dardos en la figura del monje alemán; en segundo lugar, señalando que el papel de Lutero en numerosos aspectos de la Reforma, sobretodo en aquellos aspectos relevantes a la hora de sopesar su impacto en la historia de la filosofía (tópicos como el acceso a Dios o la fundamentación de una ética natural) es bastante marginal, por no decir insignificante.

San Agustín,  autor desconocido, s. VI

San Agustín, autor desconocido, s. VI

El esfuerzo de Svensson plantea también un signo de interrogación tanto a los teólogos como a los historiadores que desean dar con una descripción fija y nítida del protestantismo para articular un diálogo o comprender el fenómeno histórico. En particular, las fórmulas condensadas a las que estamos acostumbrados (por ejemplo, las cinco ‘solas’: sola scriptura, sola fide, sola gratia, solus Christus, soli Deo gloria) son presentadas como principios que han de entenderse como parte de “un entramado teológico mayor” (p. 266), evitando que deriven en eslóganes de los que, en caso contrario, sería mejor deshacerse. El punto de partida de Svensson, por lo tanto, abre la puerta para explicar la tradición fundada por los reformadores del siglo XVI a partir de la historia de la filosofía y la teología anteriores, lo cual implica la hercúlea tarea de repasar sinópticamente ciertos hitos claves no sólo de la patrística y de la escolástica clásica, sino también de la filosofía antigua grecorromana. Svensson es bastante convincente al obligarnos a ampliar la mirada en este sentido y a reconocer que no cabe otra posibilidad que cultivar una mente enciclopédica cuando se trata de explicar a teólogos que, a su vez, se nutrían de un acervo cultural de siglos. Lo anterior se hace aún más urgente con respecto a la post-Reforma, periodo en que la teología protestante se vuelca a la elaboración de una escolástica propia, y los elementos humanistas y pietistas se vuelven fácilmente distinguibles como pertenecientes a tradiciones diferentes.

Este periodo de la ‘escolástica protestante’ parece haber caído en un limbo intelectual por varios motivos. En primer lugar, las interpretaciones rupturistas de la Reforma suelen mostrar demasiado apuro en dar el salto mortal de Lutero a Schleiermacher, de suerte que el interregno de escolástica les resulta un bulto incómodo. En segundo lugar, tal periodo simplemente se les escapa de la vista a varios filósofos con aspiraciones a historiador de la filosofía (hegelianos o heideggerianos diletantes, por ejemplo), demostrando poco interés en la historia de la filosofía propiamente tal, y más entusiasmo en ciertos conceptos especulativos que de ella se puedan extraer, aunque sea forzándola o ignorándola. Sin embargo, basta pensar en la escolástica que nutre sotto voce a Leibniz y Kant para caer en cuenta de que ésta debería ser tomada en serio y que debería ser objeto de una revisión análoga a la que se hizo de la escolástica católica tardía en relación a otro campeón de la modernidad: René Descartes.

Martín Lutero y los reformadores de Wittenberg,  de Lucas Cranach el Joven,  circa  1543

Martín Lutero y los reformadores de Wittenberg, de Lucas Cranach el Joven, circa 1543

Un rechazo al luterocentrismo y la defensa de una mirada “plurifactorial” de la reforma, sostiene Svensson, nos deberían ayudar a comprender la influencia del tomismo en muchos reformadores, los antecedentes medievales y proto-agustinianos de las discusiones en torno a tesis aristotélicas en la escolástica calvinista, y el auge del platonismo en diversos centros académicos protestantes, además de una serie de movimientos intelectuales que se tornan opacos si optamos por ignorar la compleja continuidad que existe entre la Reforma y Agustín, Aquino, Gregorio de Rímini y los nominalistas. Con ello, Svensson intenta responder de algún modo al desafío principalmente teológico que se planteó en los albores de la Reforma y que sigue intrigando tanto a protestantes como católicos: si la Reforma no está vinculada a la Iglesia del medioevo, entonces es vano intentar vincularla a la Iglesia en cualquier punto anterior (p. 18). Uno de los más destacados tratadistas de este tema durante el siglo XIX, J. H. Newman, llegó a afirmar que el protestantismo era “antihistórico”, de ahí que su vinculación a la vida de la Iglesia apostólica sufriera de una incurable discontinuidad.

Bien cabe entonces preguntarse si el libro de Svensson responde a este desafío teológico newmaniano. Me inclino a pensar que no, y por una razón muy sencilla: el libro de Svensson, que por cierto está motivado teológicamente, no es, en sentido estricto, un libro de teología, sino más bien un libro de historia. No encontramos en él una discusión teológica acerca de las semejanzas y las diferencias entre catolicismo y protestantismo, ni un examen argumentado acerca de los desvíos de la doctrina católica versus la ortodoxia protestante aduciendo los loci correspondientes. Se trata más bien de una historia sinóptica, en el género mixto de la historia de las ideas o la historia cultural, de la tradición intelectual protestante, estructurada sobre los puntos de continuidad con la tradición prerreformista. El lector que busque una explicación sistemática en el trasfondo de la estructuras continuas y discontinuas de los postulados protestantes saldrá algo desilusionado. Para enterarnos de los argumentos de Svensson sobre los puntos de discontinuidad, ya no históricos sino doctrinales, tendremos que dirigirnos al reciente epistolario publicado en Ediciones UC (Cartas entre un idólatra y un hereje, 2017). O mejor aún, esperar con santa paciencia la publicación de alguna obra de teología sistemática.

Reforma Protestante y Tradición Intelectual Cristiana
Manfred Svensson
Editorial CLIE
2016

 
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