Reseña: "The Meaning of Belief", de Tim Crane

Reseña: "The Meaning of Belief", de Tim Crane

 
Retrato de Erasmo de Rotterdam,  de Hans Holbein, primer cuarto del s. XVI

Retrato de Erasmo de Rotterdam, de Hans Holbein, primer cuarto del s. XVI

Vivimos en tiempos polarizados, no es un secreto. Esa polarización es usualmente notada y lamentada. Se dice que está desgarrando nuestro país en sus cimientos. De cualquier manera, ¿es la polarización como tal algo malo? No siempre. La polarización que el movimiento estadounidense de derechos civiles causó terminó con la segregación legal en el país. Las protestas en contra de la Guerra de Vietnam no fueron otra cosa que polarización, y, sin embargo, forzaron a la administración Nixon a cesar sus barbáricas operaciones en ese país. Las actuales luchas contra el racismo, la xenofobia y la misoginia bajo la administración Trump puede que tengan un efecto polarizante, pero son compromisos necesarios si lo que queremos es reparar el alma rota de los Estados Unidos.

Cuando se trata de la polarización, entonces, antes de movernos directamente a la lamentación, nuestra respuesta apropiada debiera ser: “¿Polarización sobre qué?” ¿Merece el asunto en cuestión ser polarizado?

Hay un grupo de pensadores que han llegado a ser etiquetados como Los Nuevos Ateos [The New Atheists], y que creen que, entre las cosas que ameritan polarización, la religión ha obtenido un lugar de privilegio. Richard Dawkins, Daniel Dennett, Sam Harris, A.C. Grayling y (hasta su muerte) Christopher Hitchens ven la religión como una práctica anacrónica, una superstición arcaica que promueve la ignorancia y la violencia y que es mejor que sea abandonada lo más rápidamente posible, y no son reacios en sus diatribas a usar una retórica incendiaria que—bien lo saben—tendrá un efecto polarizante.

Sin embargo, ¿merece la religión tal polarización? ¿Debe la religión ser materia del discurso del “o-la-una-o-la-otra” [either/or] de un discurso o una actitud polarizada? El filósofo Tim Crane, un confeso ateo, piensa que no. En su pequeño pero valioso volumen The Meaning of Belief: Religion from an Atheist’s Point of View, sostiene que la aproximación de los Nuevos Ateos a las creencias y prácticas religiosas es fundamentalmente errada, y que la respuesta apropiada del ateo a la religión no debe ser una de condenación, sino de tolerancia. La tolerancia no es, como veremos, la tolerancia a todo lo que se hace en nombre de la religión. Antes bien, es una tolerancia general a la religión en sí misma, de un punto de vista y un conjunto de prácticas asociadas que pueden parecer extrañas, e incluso equivocadas, para el ateo, pero que no deben ser rechazadas por ello.

Estudio de las manos de Erasmo,  de Hans Holbein,  circa  1523

Estudio de las manos de Erasmo, de Hans Holbein, circa 1523

¿Qué es la religión, este fenómeno que los Nuevos Ateos nos urgen a dejar en el tacho de la basura de la historia? Para ellos es fundamentalmente una creencia o un conjunto de creencias concernientes a un poder [agency] sobrenatural que, a menudo, lleva a comprometerse en rituales absurdos o a cometer actos de violencia contra aquellos que se rehúsan a dicho compromiso. Crane cree que este punto de vista está profundamente extraviado, y que esta perspectiva no solo debe ser rechazada por los creyentes, sino que también debiera ser rechazada por los ateos. Más bien, señala, “la religión, en el modo en que estoy usando la palabra, es un intento sistemático y práctico de los seres humanos de encontrar un sentido y un lugar propio en el mundo, en términos de la relación que establecen con algo trascendente”. En la búsqueda por entender la religión, no debemos enfocarnos solamente en la creencia, sino también en sentido pleno que tiene la práctica religiosa en relación a ella. De ahí el título de su libro.

La idea de lo trascendente es central para la discusión que propone Crane sobre la religión. Juega un rol dual, en el cual un aspecto respalda al otro. Por un lado, lo trascendente refiere a un ser o fuerza o algo otro—usualmente llamado “Dios”—que se encuentra más allá del mundo experimentado. Del otro lado, ese ser o fuerza ofrece la posibilidad de sentido a aquellos que viven en nuestro mundo. Ese sentido surge cuando uno se orienta hacia lo trascendente de la manera prescrita por la religión que ha sido adoptada. En breve: “La religión es el intento sistemático, práctico de alinearse con lo trascendente”.

Lo que emerge en la descripción de Crane de la religión, y lo que se pierde en el tratamiento que de ella hacen los Nuevos Ateos, es el sentido que se introduce en la vida del creyente. Al investigar este sentido, Crane espera ofrecer un tratamiento más matizado y empático de la religión, pero sin ir tan lejos como para llegar a aprobarla. Después de todo, él es un ateo, de manera que está comprometido con la perspectiva según la cual la creencia en algo trascendente es, a fin de cuentas, una creencia falsa.

Hay, en la mirada de Crane, dos elementos imbricados en la religión que debemos aprehender para entender su lugar en la vida de los creyentes. Él los llama el impulso religioso y la identificación. El impulso religioso es la creencia en un orden para el mundo que proviene de algo distinto al mundo mismo. Es ese orden el que ofrece la posibilidad de una existencia con sentido. Donde Albert Camus, por ejemplo, pensaba que el hecho fundamental de la vida humana era su confrontación con un universo que denegaba el sentido, aquellos que poseen el impulso religioso se comprometen con la creencia de que lo trascendente nos puede ofrecer, precisamente, el sentido que Camus no podía encontrar.

Ilustración al margen en un ejemplar de  Elogio de la Locura, de Hans Holbein, 1515

Ilustración al margen en un ejemplar de Elogio de la Locura, de Hans Holbein, 1515

La identificación implica participar en diversas prácticas religiosas en tanto miembro de una comunidad. Esas prácticas ayudan a crear un sentimiento comunitario, el cual vincula al participante no solo con sus compañeros devotos, sino también con la historia pasada de los participantes. Además, lo llevan a uno al contacto con lo trascendente. En el ritual religioso, “la repetición de esas palabras—a menudo extrañas, arcaicas y solo parcialmente entendidas—es un intento de vincularse no solo a los fieles pasados y otros miembros de su religión, sino, además, con algo más allá de lo cotidiano: lo que llamo lo trascendente”.

La identificación, sin embargo, es una espada de doble filo. Al tiempo que crea lazos entre los devotos, también crea fronteras entre ellos y los no practicantes. Este aspecto excluyente de la identificación puede preparar el terreno para la violencia religiosa: uno de los descargos más graves que los Nuevos Ateos dejan a los pies de los creyentes. Crane dedica un capítulo completo a la discusión sobre la violencia religiosa. Él llama la atención—y esto debe siempre tenerse en mente—que la violencia extrema no es exclusiva de la religión. Las violencias de los soviéticos, los nazis y los comunistas chinos han sido, todas, cometidas en el nombre de programas que eran, sin duda, irreligiosos, y llamarlos, como algunos han hecho, una “especie diferente de religión” es desfigurar la idea de lo religioso hasta volverla irreconocible.

Crane sostiene que es un error alegar que la violencia religiosa se encuentra en el contenido teológico de las doctrinas religiosas. Más bien, es usualmente a través de una combinación de conflictos sobre el vivir o el culto, la identificación y demás aspectos generales de la psicología humana y la cultura que tal violencia se enraiza. Por ejemplo, el conflicto entre los musulmanes chiíes y suníes se funda desde una disputa sobre el heredero legítimo del Profeta Muhammad, y el conflicto [The Troubles] en Irlanda del Norte tiene más relación con el trato histórico a los católicos y, en términos generales, el lugar de Irlanda en la historia británica, antes que con una disputa cualquiera sobre la verdad de las doctrinas religiosas católica o protestante.

La negación de Crane del contenido teológico en las disputas religiosas es, a mi parecer, uno de los argumentos menos convincentes de su libro. Aun cuando es difícil de negar el rol de la identificación en la violencia religiosa, me parece que tenemos que distinguir entre las causas más próximas y más remotas de tal violencia. La segunda puede jugar un rol subyacente, y, sin embargo, igualmente determinante en la creación del conflicto. Este punto tiende a oscurecerse en los ejemplos que Crane atrae, pues refiere a conflictos al interior de las mismas religiones (en este caso, el Islam y el Cristianismo). Sin embargo, la violencia perpetrada bajo el nombre de la yihad, el actual resurgimiento del antisemitismo, la violencia pasmosa de la ocupación israelí (particularmente de los colonos) y el fervor excluyente de los cristianos de derecha contra la gente LGBTQ son difíciles de entender sin reconocer que cada disputa se justifica a sí misma, en buena medida, a través de un llamado a la religión.

Erasmo de Rotterdam censurado por el  Index Librorum Prohibitorum. Fuente: Lester K. Born.  Erasmus on political ethics: the institutio principis christiani,  Political Science Quarterly, XLIII

Erasmo de Rotterdam censurado por el Index Librorum Prohibitorum.
Fuente: Lester K. Born. Erasmus on political ethics: the institutio principis christiani, Political Science Quarterly, XLIII

El capítulo final del libro de Crane es sobre la tolerancia, específicamente acerca del deber de los ateos de tolerar a los creyentes. Crane argumenta que tal tolerancia no necesita fundarse en un relativismo autodestructivo de la creencia o alguna clase de aprobación epistémica de la doctrina religiosa. Antes bien, su pretensión es una muy kantiana, según la cual “todas las personas, antes que sus opiniones, son merecedoras de respeto”. Respeto que no exige tolerar todas las prácticas religiosas. El matonaje y la violencia asociados a la religión difícilmente pueden ser tolerados. Pero reconocer que otros tienen creencias que uno considera equivocadas e identificaciones que distan de las propias, y que esas creencias e identificaciones son importantes para ellos y no deben ser atacadas sin piedad es, tal vez, el comienzo de la sabiduría para un ateo.

Esa sabiduría es reforzada en la distinción que hace Crane al comienzo de su libro entre ateos optimistas y pesimistas. Los primeros creen que nada se pierde cuando uno rechaza la religión. Todo lo que la religión ofrece tiene su correlato en la vida del ateo. Hay suficientes maravillas en el mundo pedestre que compensan el abandono de la práctica y la creencia religiosas. Crane, en contraste, es un pesimista. Mientras que el mundo ofrece sus propias maravillas, el fracaso por creer en algo trascendente, que ofrezca sentido a un grupo de creyentes—quienes refuerzan su identificación los unos con los otros a través de la práctica del ritual reiterado—, no tiene un sustituto adecuado en la vida del ateo. Este pesimismo no debe tentar al ateo a la creencia. De hecho, buscar el creer en algo trascendente porque enriquecería la propia vida al hacerlo parece ser autodestructivo, a pesar de la apuesta de Pascal. En lugar de eso, el pesimismo de Crane debe llevar el foco del ateo a apreciar la importancia que la religión puede tener en la vida de una persona digna de ser respetada.

Hay libros de filosofía que abren nuevos caminos, ofreciéndonos teorías o explicaciones con perspectivas que no habían aparecido antes. Otros libros de filosofía nos llaman al reconocimiento de cosas que están justo en frente de nosotros, pero que aún no hemos podido aprehender completamente, o quizás cuyas implicaciones para nuestra vida no hemos aprehendido. The Meaning of Belief es de esta última clase. Recuerda a los ateos que hay otros allá afuera que (podríamos suponer) están errados, pero cuyas vidas son enriquecidas por esas creencias equivocadas y las prácticas asociadas a ellas de maneras que no es preciso atacar implacablemente. Sea lo que sea finalmente una religión, ella no es meramente, como los Nuevos Ateos podrían sostener, una simple combinación de creencias en lo sobrenatural, tipo cuento de hadas, acompañadas de un código moral arcaico. Los ateos perdemos mucho si consideramos las cosas de este modo, mientras nuestras propias vidas navegan por un mundo que, todavía, está abrumadoramente poblado por creyentes.

The Meaning of Belief: Religion from an Atheist’s point of View
Tim Crane
Harvard University Press
2017

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Artículo publicado originalmente con el título "Must Atheists Trash Religion?" en Los Angeles Review of Books el 4 de marzo de 2018 (link).

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Traducción de Camilo González. Agradecemos a Los Angeles Review of Books, a su editor Boris Dralyuk y a Todd May para la publicación de este artículo.

 
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