Reseña: "Solidaridad", edición de Antonio Correa y Cristián Stewart

Reseña: "Solidaridad", edición de Antonio Correa y Cristián Stewart

 
Naturaleza muerta con Biblia,  de Vincent Van Gogh, 1885

Naturaleza muerta con Biblia, de Vincent Van Gogh, 1885

Solidaridad. Política y Economía para el Chile Postransición constituye un interesante ejercicio reflexivo con una declarada intención política. La afirmación de la solidaridad como principio político, sostenida por sus diversos autores, no busca contribuir solamente con una importante discusión teórica, sino constituirse en orientación para la acción política de la derecha. De tal forma, desde el rescate de un principio propio del socialcristianismo, se intenta evidenciar la diversidad de derechas existente en Chile, enfrentando una doble disputa: por un lado al interior del propio espacio político, y por otro, frente a las posiciones sostenidas por la izquierda.

Es particularmente relevante el surgimiento de obras de este tipo en el actual contexto. Asistimos, en el conjunto del campo político, a un importante reordenamiento de sus principales actores. El fortalecimiento de perspectivas heterodoxas está dando origen a nuevos proyectos y representaciones políticas. En la izquierda, este fenómeno es más pronunciado, con el surgimiento del Frente Amplio y el fin de la Nueva Mayoría, en un marco de cuestionamiento del legado concertacionista y al régimen de la transición. En la derecha, en tanto, pese a mantenerse la unidad del sector, el surgimiento de nuevos actores (desde Evópoli hasta el futuro movimiento de José Antonio Kast) y una aún soterrada disputa entre sus principales liderazgos, definirán el carácter de su nueva experiencia en el gobierno.

Solidaridad se compone de nueve artículos, los que se encuentran divididos en tres apartados temáticos. A su vez, tanto el prólogo como el epílogo ofrecen una contextualización, señalándose la importancia que tiene la discusión sobre la solidaridad en el actual momento político de la derecha.  En particular, el epílogo de Joaquín García-Huidobro plantea que la derecha enfrenta un escenario positivo, contribuyendo a su legitimidad las reformas al sistema electoral y al financiamiento de las campañas. Esto se vería reforzado por la unidad del sector, en contraposición a la división de la izquierda. Además, valora el surgimiento de intelectuales y centros de pensamiento, quienes enfrentarían a la izquierda sin ningún complejo de inferioridad. Dentro de esta nueva intelectualidad de derecha sería posible situar el debate en torno a la solidaridad.

Retrato de Wilhelm Emmanuel von Ketteler,  autor desconocido, anterior a 1878

Retrato de Wilhelm Emmanuel von Ketteler, autor desconocido, anterior a 1878

El apartado del libro Solidaridad: Aspectos Teóricos, incluye artículos que ahondan en la solidaridad desde una perspectiva teórica, buscando caracterizarla como un principio social proveniente del pensamiento socialcristiano. En su artículo, Claudio Alvarado sostiene que la solidaridad se encuentra en auge dentro de la derecha, conformándose un principio que afirma simultáneamente la dignidad personal y la inherente sociabilidad del ser humano, de tal forma que permitiría la formación de vínculos y responsabilidades comunitarias. Esto no quiere decir que todos seamos igualmente responsables de los otros, como sostiene la defensa del “régimen de lo público” y de los derechos sociales, ya que aquello implicaría coartar la iniciativa personal. Es así que, ante el “estatismo individualista” del Frente Amplio, el principio de solidaridad propondría el fortalecimiento de la sociedad civil, amparado en su complementariedad con el principio de subsidiariedad.

Por su parte, Gonzalo Letelier ahonda en otro ensayo sobre el origen del principio de solidaridad, el cual estaría estrechamente vinculado con el desarrollo de la Doctrina Social de la Iglesia. La solidaridad, señala el autor, se funda en la originaria interdependencia de los seres humanos y en la correspondiente orientación hacia el bien común. En esa dirección, sostiene que todas las formas básicas de sociabilidad no se fundarían en relaciones de justicia, sino primariamente en vínculos de amistad política, lo que implica asumir el bien del otro como bien propio.

En tanto, Eduardo Fuentes y Cristóbal Ruiz-Tagle plantean que el principio de solidaridad tendría como objetivo, antes que la mera distribución de bienes, la ordenación de las acciones de las personas hacia el bien común. Esto implica asumir que los individuos no se orientarían sólo por la racionalidad instrumental, propia de una perspectiva individualista, sino también por la interdependencia resultante de la vida en común. La solidaridad emerge como respuesta moral a la deuda que cada individuo posee con la sociedad producto de dicha interdependencia. Al ser el Estado un agente social, también debe orientarse su acción al bien común y generar políticas públicas solidarias. Sostienen también la primacía de la solidaridad por sobre la subsidiariedad, pues primero sería necesario orientar a los cuerpos intermedios, para luego dotarlos de  autonomía.

Duelo entre las Corps Bremensia y las Corps Nassovia en la posada  Deutsches Haus  de Göttingen,  de C. Rohde,  circa  1838

Duelo entre las Corps Bremensia y las Corps Nassovia en la posada Deutsches Haus de Göttingen, de C. Rohde, circa 1838

El apartado Solidaridad: política y economía congrega reúne textos referidos a la solidaridad como principio articulador del sistema político y económico. En su artículo, Magdalena Vergara y Luis Robert sostienen la necesidad de la solidaridad para afrontar el malestar ciudadano. Tal malestar, afirman, se produciría en un contexto de bienestar individual, pero de disociación con la colectividad. Aseveran la necesidad de actualizar las instituciones vigentes y una revisión de la historia institucional de Chile, insistiendo en la importancia de generar un Estado solidario, respetuoso de la primacía de la comunidad política.

La relación entre solidaridad y economía es abordada por Álvaro Pezoa, quien describe el carácter individualista y utilitario de la teoría económica liberal para luego identificar tres posibles soluciones para conciliar las exigencias de crecimiento económico con una distribución del ingreso y un desarrollo humano solidario: apoyar iniciativas puntuales de personas o asociaciones, su promoción desde la autoridad política y la refundación de las bases antropológicas y sociales que fundan la economía de mercado.

Por su parte, el republicanismo nacional propuesto por Hugo Herrera promueve un ordenamiento político capaz de lograr niveles altos de integración social sin renunciar a la libertad individual, siendo esta última una condición indispensable para la solidaridad. Dicho ordenamiento se lograría por medio de la articulación productiva entre dos principios que se hallarían en tensión: el principio republicano, que tiende a la dispersión, expresado en un sistema institucionalizado de división del poder social; y el principio nacional, que por su parte tendería a la integración, cuya expresión traería un reforzamiento de los lazos de pertenencia y lealtad con la institucionalidad.

Finalmente, el apartado Solidaridad e instituciones públicas contiene trabajos alusivos a la expresión institucional de la solidaridad y a su potencial traducción en políticas públicas. En su artículo, Diego Schalper aborda el debate constitucional, señalando la necesidad de consagrar “metas solidarias” en la carta fundamental. Estas metas, afirma, son una alternativa de los derechos sociales justiciables o que las normas meramente pragmáticas, y ofrecerían mayores garantías para asegurar a la población condiciones mínimas de vida digna. Raimundo Monge, por su parte, formula diversas propuestas para generar un sistema de salud solidario que, asumiendo la “reserva de lo posible”, otorgue un trato preferente a los más débiles. Finalmente, Ricardo Irarrázaval aborda el problema medioambiental bajo la articulación de tres principios: el de la primacía de la persona humana y del bien común, el principio conciliador o de sustentabilidad, y el de la solidaridad ambiental.

Los comedores de patatas,  de Vincent Van Gogh, 1885

Los comedores de patatas, de Vincent Van Gogh, 1885

El conjunto de proposiciones descritas contienen algunas definiciones interesantes para  ser discutidas desde distintas perspectivas del pensamiento socialista. Asumo que la confrontación de ideas permitirá enriquecer la disputa política, contribuyendo tanto a quienes nos identificamos con la izquierda, permitiéndonos revisar críticamente nuestras posiciones más asentadas, como también a quienes se identifican con la derecha, fortaleciendo su actual proceso de elaboración teórica en ciernes.

En primer lugar, se afirma numerosas veces en el libro que la solidaridad como principio social es una respuesta moral a la interdependencia recíproca inherente a la condición humana. A la vez, se sostiene que la libertad no puede entenderse como mera autonomía desvinculada, pues su desarrollo requiere como complemento la pertenencia a una comunidad política, siempre respetuosa de la diversidad de la sociedad civil.

Es evidente que la realización de la propia libertad requiere de otros, pero también resulta claro que la capacidad de realizar nuestras potencialidades individuales se ve afectada por diversas configuraciones de las relaciones sociales. A este respecto, es sumamente interesante que no exista mención alguna a conceptos como clase social, género o etnia; lo que es una señal importante de que la reflexión teórica de la derecha aún no profundiza en diferenciaciones sociales que requieren ser abordadas desde una teoría de la justicia.

Por el contrario, para una teoría de la justicia democrática, es central abordar las categorías de diferenciación y subordinación social. De esta forma, las injusticias distributivas, las diferencias en el orden normativo de estatus y la ausencia de representación política, pueden ser integradas desde un marco normativo común—la paridad participativa—que integre redistribución, reconocimiento y representación (sugiero el libro de Nancy Fraser, Fortunas del Feminismo. Del capítalismo gestionado por el Estado a la crisis neoliberal). Esta definición es compatible con la desarrollada por Erik Olin Wright en Construyendo utopías reales, donde señala que una teoría de la justicia anclada en el pensamiento socialista se debe basar en la noción de igualitarismo democrático. Es decir, la defensa de una concepción igualitaria radical de la justicia social, fundada en la igualdad de acceso a los medios sociales y materiales para vivir vidas plenas, debe sostenerse en la defensa de una concepción democrática radical de la justicia política, fundada en la igual libertad para participar en las decisiones colectivas que afectan a la propia vida.

Cabeza de un esqueleto con cigarrillo encendido,  de Vincent Van Gogh, 1886

Cabeza de un esqueleto con cigarrillo encendido, de Vincent Van Gogh, 1886

Es cierto que se plantean como consecuencias del principio de solidaridad acciones distributivas, las que se manifiestan en la opción preferencial por los más débiles. Sin embargo, el abordaje de las categorías de diferenciación y subordinación social es prácticamente inexistente, lo que implica un vacío importante respecto a cómo “los más débiles” participan en el ámbito de las decisiones colectivas. La solidaridad, por tanto, deviene en un principio social que no respondería adecuadamente a los problemas de la justicia social, como tampoco al vínculo de ésta con la justicia política.

Lo anterior tiene consecuencias relevantes a la hora de abordar el malestar social. Constantemente los autores argumentan que el malestar existente radica en la disonancia entre la satisfacción con la vida privada y la insatisfacción con la comunidad. Por el contrario, fenómenos como la “inconsistencia posicional”, de la que hablan Kathya Araujo y Danilo Martuccelli en su artículo La inconsistencia posicional: un nuevo concepto sobre la estratificación social, publicado en la Revista CEPAL, argumentan de manera bastante convincente que el malestar social se produce tanto en la esfera pública como la privada, y que se sostiene en un temor constante a perder la posición social alcanzada. A una conclusión similar llega el PNUD en su informe Desiguales. Orígenes, cambios y desafíos de la brecha social en Chile. En este contexto, una teoría de la justicia democrática que comprenda a la justicia política como condición de realización de la justicia social, poseería una mayor capacidad transformadora del malestar que el mero principio de solidaridad.

También se hace necesario cuestionar la noción del bien común como concepto límite de lo político para el principio de solidaridad. Por “concepto límite” refiero a las definiciones normativas respecto al horizonte deseable que tienen las sociedades en su avance histórico. El “concepto límite” nos permite referir a una dimensión propia de lo político, correspondiente a la definición de un “buen orden”, es decir, a un orden social deseable, según lo ha planteado Norbert Lechner en La conflictiva y nunca acabada construcción del orden deseado. Al afirmar los autores del libro Solidaridad que las sociedades deben orientarse al bien común, es decir, a la comprensión del bien del otro como un bien propio, sostienen de manera subyacente cierta visión esencialista de la vida social. En contraste, uno de los principales aportes del pensamiento socialista, particularmente del postmarxismo, ha sido su carácter marcadamente antiesencialista. La distinción central en este punto es que no es posible arribar a una definición de bien común, al no existir un principio único que articule completamente lo social, pues la sociedad nunca se encuentra completamente definida. Lo político, por tanto, como señala Chantal Mouffe en su obra En torno a lo político, es el ámbito en el que se generan las prácticas articulatorias que dan forma a la sociedad, siendo el sustento del antagonismo constitutivo de las sociedades humanas, en tanto existen distintas articulaciones de lo social posibles.

A la primacía del orden en la concepción de lo político afirmada desde el principio de la solidaridad, se contrapone la primacía del conflicto sostenida por el pensamiento socialista. Lo central del conflicto deriva de la especial relevancia otorgada por la tradición socialista a la existencia de categorías de diferenciación y subordinación social. A partir de una distribución desigual del poder, como muestra Jacques Rancière en Política, policía, democracia, la política se manifiesta como un disenso en torno a cómo configurar el espacio social, es decir, respecto a cómo distribuir las posiciones dentro de la sociedad. Sin embargo, esto no implica abandonar la preocupación por el orden, pues la política requiere, como sostiene Mouffe, de prácticas e instituciones que garanticen la coexistencia en un marco de conflictividad, además de, como planteaba Lechner en la obra de 1984 que ya mencionamos, horizontes utópicos respecto a los cuáles dichas instituciones aparezcan como las mejores posibles: las instituciones que son propias de un “buen orden”.

Detalle de los frescos  Del buen y el mal gobierno,  de Ambrogio Lorenzetti, 1338-1340

Detalle de los frescos Del buen y el mal gobierno, de Ambrogio Lorenzetti, 1338-1340

El papel marginal asignado al conflicto tiene consecuencias relevantes al abordar la actual ruptura entre lo político y lo social en nuestro país. Desde una perspectiva socialista, es posible afirmar que la ruptura no se ha generado solamente porque los chilenos no crean en las instituciones, ni se sientan pertenecientes a una comunidad, como sostienen los autores, sino más bien porque no le otorgan sentido a la política. El régimen de la transición y la primacía de un “consenso al centro” en la política chilena contribuyó a generar un vaciamiento de lo político con la consiguiente despolitización de la sociedad. Por ende, es necesario reinstalar el conflicto en la política. Esto implica que el Frente Amplio y la “nueva derecha” no deben hacerse indistinguibles, como se observa actualmente en la estrategia de defender el legado de la Concertación por parte de cierta derecha. Por el contrario, el desafío es proponer proyectos alternativos de país, para confrontarlos mediante la disputa democrática.

Ahora bien, ¿qué concepto límite es posible proponer desde el pensamiento socialista? Sin lugar a dudas, la democracia radical y plural debiese constituirse en horizonte para la izquierda. Esto implica, siguiendo la propuesta de Ernesto Laclau y Mouffe en Hegemonía y Estrategia Socialista, tender a la multiplicación de los espacios sociales en que las relaciones de poder estén sometidas a la contestación democrática, a través de la articulación de las distintas disputas democráticas coexistentes en la sociedad. Considerar a la democracia como parte íntegra del proyecto socialista requiere responder dos preguntas básicas: ¿Cómo decidir? y ¿Sobre qué se decide?

La renovación socialista aporta importantes reflexiones para comenzar a abordar estas preguntas. Sobre la primera pregunta, Manuel Antonio Garretón sostenía en su artículo Socialismo renovado y democracia, que el proyecto socialista está llamado a articular la radicalidad socialista, que apunta al fin de la explotación, con la radicalidad democrática, que significa que las decisiones fundamentales de la sociedad sólo pueden adoptarse mediante la construcción de mayorías y con respeto a la institucionalidad democrática. Respecto a la segunda pregunta que hemos señalado, Jorge Arrate planteaba en La fuerza democrática de la idea socialista que la democracia como mecanismo de adopción de decisiones no debiese agotarse en una interpretación estricta de la esfera política, pues se dejarían fuera de su alcance ámbitos de suma relevancia para la sociedad. Un ejemplo muy claro que menciona sobre este asunto son las definiciones sobre los mecanismos de acumulación económica, determinados en gran medida por los grandes empresarios.

Otro argumento importante en Solidaridad es que el principio propuesto resguarda la vitalidad de la sociedad civil, apoyando y ayudando, y sin sustituir, a las agrupaciones humanas en el cumplimiento de sus fines propios. El rol del Estado, señalan los autores, debiese ser el de orientar a los cuerpos intermedios hacia el bien común, comprendiendo que sólo la sociedad política organizada es un grupo completo capaz de organizar la vida social entera.

Frente a las afirmaciones acerca del carácter eminentemente estatista de la izquierda, cabe recordar que muy tempranamente Eugenio González afirmó que el socialismo no debe propender a la deificación del Estado, pese a considerarlo como una institución clave para el logro de sus objetivos históricos. En la Fundamentación teórica del programa de 1947 del Partido Socialista, redactada por González, y cuya orientación es reafirmada por la renovación socialista, se plantea la necesidad de una “revalorización de la sociedad civil”. Tal revalorización es relevante toda vez que los problemas centrales de la construcción del orden político, siguiendo lo dicho también por Lechner en Los patios interiores de la democracia, no derivarían sólo de la naturaleza del Estado, sino de la generación de intersubjetividades.

Dubrovnik vista desde un aeroplano,  de  Michaelphillipr , 2009

Dubrovnik vista desde un aeroplano, de Michaelphillipr, 2009

Pese a esto, es necesario sostener que el Estado cobra especial relevancia para el pensamiento socialista, donde es concebido como una comunidad ilusoria, un lugar de igualación de todos, donde se piensa y se actúa para todos. Como sostuvo García Linera en su conferencia pronunciada en la Universidad Nacional de Córdoba, Del Estado aparente al Estado integral, la relevancia otorgada al Estado no implica olvidar que es monopolio y es concentración, por lo que el objetivo del socialismo debe ser lograr que el Estado vaya transfiriendo a la sociedad sus funciones de gobierno, absorbiendo ésta su carácter unificador. Puesto que el socialismo busca abordar el problema del poder, derivado de la existencia de categorías de diferenciación y subordinación social, necesita disputar el poder del Estado, debido al muy importante poder de decisión que posee en las sociedades.

Por otra parte, siempre es necesario recordar que las reflexiones anteriormente planteadas remiten frecuentemente a una dimensión estrecha de lo político. Esto, pues se encuentran basadas generalmente en una concepción que afirma la existencia de áreas experienciales tajantemente diferenciadas entre lo público y lo privado, vinculadas a espacios sociales de acción históricamente excluyentes para hombres y mujeres. Repensar el pensamiento acerca de lo político, requiere reimaginar el conjunto de nuestras conceptualizaciones tomando en consideración la existencia de un orden social basado en la dominación de género. De forma contraria, como nos advierte Nancy Frazer en su artículo Las contradicciones del capital y los cuidados aparecido en la edición septiembre/octubre del 2015 de la New Left Review, la discusión sobre lo político se circunscribirá exclusivamente a la esfera de lo productivo, ignorando que su condición de realización depende de la esfera de lo reproductivo y de los cuidados . Este desafío aún encuentra un escaso desarrollo en el conjunto del campo político, pese a observarse una mayor disputa en torno a su relevancia dentro de la “nueva izquierda”.

En suma, el conjunto de tensiones observadas confirman la importancia de obras como Solidaridad, puesto que abren una multiplicidad de discusiones que debiesen ser abordadas por un amplio abanico de actores políticos. No cabe duda que el principio de solidaridad muy probablemente adquirirá progresivamente una gran importancia para la acción política de la derecha, a raíz de las tareas políticas e intelectuales que están desarrollando organizaciones como IdeaPaís o Construye Sociedad.

El estrado  (inacabado), de William Hogarth, 1758 (1764)

El estrado (inacabado), de William Hogarth, 1758 (1764)

Sin embargo, más allá de la interesante discusión teórica que incentiva los artículos referidos, cabe ahondar en las implicancias políticas de una obra de este tipo. Es indudable que desde el Frente Amplio es necesario comprender que el surgimiento de una “nueva izquierda” también demanda el surgimiento de una “nueva derecha”, lo cual dará forma al adversario en la disputa política. En esta relación de disputa es importante destacar la presencia de aspectos compartidos y diferenciadores entre ambos proyectos políticos, para los que Solidaridad aporta ciertas definiciones iniciales.

Entre los aspectos compartidos cabría mencionar la valoración de la democracia como campo de la disputa política, la identificación de ciertas problemáticas claves como el malestar social o la ruptura entre lo social y lo político, o la valoración de ciertos desafíos como el fortalecimiento de las organizaciones sociales. En tanto, entre los aspectos diferenciadores cabría señalar la relación entre orden y conflicto en lo político, el carácter de la democracia, el rol del Estado o las salidas propuestas a los problemas anteriormente enunciados.

Sólo la continua elaboración intelectual, retroalimentada permanentemente por la discusión y acción política, permitirán pensar el futuro del país compartido. En esta tarea, es relevante guiarse constantemente por la máxima enunciada por Eugenio González, quien sostuviera en un discurso parlamentario del año 1957 que “las ideas políticas tienen que ceñirse al ritmo del devenir social; [pues] cuando así no sucede, dejan de ser factores dinámicos para convertirse en estériles dogmas, en fórmulas muertas, en mecánicas consignas”.

Solidaridad. Política y Economía para el Chile Postransición.
Edición de Antonio Correa y Cristián Stewart
IdeaPaís
2017

 
Lectura de teatro

Lectura de teatro

Reseña: "Alpha-Plus", edición de Kamilia Kard

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