Vainas, vasijas, brebajes: Llevando el cacao al papel en la temprana Europa Moderna

Vainas, vasijas, brebajes: Llevando el cacao al papel en la temprana Europa Moderna

 
Cromolitografía de una rama del árbol de cacao dando frutos, por P. Depannemaeker, c. 1885, basada en una imagen de la artista botánica Berthe Hoola van Nooten

Cromolitografía de una rama del árbol de cacao dando frutos, por P. Depannemaeker, c. 1885, basada en una imagen de la artista botánica Berthe Hoola van Nooten

Elogiada como “alimento de los dioses” (Theobroma) en 1753 por el botánico sueco Carlos Linneo, la planta de cacao (Theobroma cacao) siempre ha provocado tanto la curiosidad científica como una reverencia mística en los europeos. Oculto en la espesura de la estrecha zona ecuatorial del planeta, único ambiente donde crece, y por primera vez cultivado en las tierras que hoy son Guatemala y Belice, el cacao pasó siglos a cubierto de las miradas continentales. Sin embargo, una vez que Hernán Cortés y su ejército capturaron en 1521 Tenochtitlán, la capital del imperio azteca, expandiendo así el territorio del imperio español, el cacao fue una de las primeras maravillas que registraron en sus cartas sobre el botín del nuevo mundo que habían obtenido para la corona española. Escribe en su crónica de la conquista Bernal Díaz del Castillo que el chocolate espumoso “es la mejor cosa que entre ellos beben” (Historia verdadera de la conquista de la Nueva España). Otros identificaron la bebida como el secreto de la afamada virilidad de Moctezuma. El cacao, el ingrediente básico del chocolate, también era usado como moneda en Mesoamérica. No fue difícil que los colonizadores se interesaran rápidamente en esta bebida fortificante, que además era una especie de dinero que crecía de los árboles.

A diferencia de una fruta común, la carne blanca y dulzona dentro de las vainas terrosas que brotaban del árbol de cacao era considerada, tanto por nativos como por colonos europeos, “de poca o ninguna utilidad” y de textura “flemática” (William Hughes, The American Physician … Whereunto is Added a Discourse Concerning the Cacao-Nut-Tree, (London: William Crook, 1672), 107-8). Lo valioso eran las semillas. Las mujeres nativas, siguiendo antiguas recetas, producían a partir de semillas deshidratadas una bebida grasienta y espumosa que, al decir de todos, podía curar cualquier cosa. Que los “fríos” granos de cacao pudiesen convertirse en una cálida bebida estimulante desconcertó a la ciencia de la época, basada en la teoría de los humores.[1] La fuente botánica del chocolate se mostró así tan digna de interés biológico como irresistible era la bebida que venía de ella. No era por nada, así pudieron darse cuenta pronto los colonos españoles, que el árbol de cacao ocupaba una posición destacada en la cosmología y la agricultura mesoamericana. En el siglo que siguió la Conquista, el cacao se mostró, junto al tabaco y el azúcar, como uno de los cultivos más adictivos para el consumidor europeo, además de ser crucial en la explotación económica del Nuevo Mundo.

Si bien los granos eran importados regularmente a España, y la moda de la bebida de chocolate se expandía desde Madrid hacia Francia, Inglaterra y más allá, eran muy pocos los europeos que habían visto la planta en su ecosistema nativo. Los exploradores de escritorio interesados en estos temas basaban su conocimiento de la materia prima del chocolate a partir de las ilustraciones hechas por clérigos y científicos que habían cruzado el Atlántico y documentado el paisaje del nuevo mundo. La historia de estas ilustraciones, que comienza con la primera generación posterior a la Conquista, además de entregarnos un conjunto de bellos estudios botánicos, registra la recepción europea del cacao desde mediados del siglo XVI hasta mediados del XVIII.

Primera página del Códice  Fejérváry-Mayer,  con un glifo de un árbol de cacao a la derecha

Primera página del Códice Fejérváry-Mayer, con un glifo de un árbol de cacao a la derecha

Antes de la llegada de los europeos, el árbol de cacao hizo su debut textual en la forma de glifos en códices precolombinos. En la primera página de los que hoy se conoce como el Códice Fejérváry-Mayer, uno de los más antiguos que se conservan actualmente, el cacao flanquea al dios Tezcatlipoca como uno de los cuatro “árboles de la vida” (mismo papel que le atribuyeron los mayas, de quienes los aztecas adoptaron la agricultura del cacao). A pesar de estar altamente estilizado, el glifo del Fejérváry-Mayer ofrece, sorprendentemente, una representación precisa del hábito de crecimiento de la planta y ubica correctamente el fruto. Las vainas de cacao pueden surgir de cualquier lugar del tronco, como se ve en el Códice, lo que le da al árbol su aspecto particular. Los registros etnográficos y botánicos posteriores a la Conquista tendieron, en cambio, a europeizar la planta, removiéndole su cualidad distintiva y migrando las vainas desde el tronco hacia las ramas más altas.

Detalle y rotación de la imagen anterior

Detalle y rotación de la imagen anterior

La primera “migración” de las vainas ocurrió cuando el fraile franciscano Bernardino de Sahagún compila y publica el primer estudio etnográfico sobre la cultura azteca en el siglo XVI. Cubriendo un periodo que va desde el derrocamiento de Moctezuma II por Cortés hasta la publicación de esta obra en Madrid en la década de 1570, la Historia general de las cosas de Nueva España documentó los hábitos sociales y los ritos de los aztecas. Actualmente conocido como el Códice Florentino (por encontrarse en la Biblioteca Laurenciana de Florencia), su composición es única entre los otros códices mesoamericanos. Este libro enciclopédico en doce volúmenes, cada uno con docenas de capítulos breves, es testimonio de una temprana colaboración entre etnógrafos aztecas y españoles. Sahagún recurrió al conocimiento de un equipo de estudiantes indígenas a los cuales educó con una preparación bilingüe y bicultural en el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, institución franciscana donde Sahagún enseñaba. Escribieron el libro en glifos y transcripciones del náhuatl en caracteres latinos, a los que el fraile, posiblemente con ayuda de sus estudiantes, agregaba las traducciones al español. Los glifos dan una idea de la cultura posterior a la Conquista a través de sus estilizados pictogramas, al modo que lo hacían los códices aztecas precolombinos, como el mencionado Fejérváry-Mayer o el Códice Borbónico (el que luego de la Conquista fue sobrescrito con palabras españolas). Las descripciones verbales más elaboradas, que son el rasgo distintivo de códices poscolombinos como el Florentino o el Códice Mendoza, documentan la lengua náhuatl y la traducen al español, entregándole a los lectores europeos una idea sobre los rituales simbólicos y prácticos de la vida cotidiana mesoamericana.

El estudio de Sahagún fue el primero en describir el árbol y la bebida de chocolate: el cacao en la naturaleza y el cacao en la cultura. La cultura viene primero en el orden de los volúmenes, clasificando hábitos como la comida y la bebida, junto a sus fabricantes y comerciantes, en el volumen dedicado “al pueblo, sus virtudes y vicios” (libro X). El chocolate es destacado entre las bebidas, al ser difícil de obtener y ser producido por mujeres para consumo de la nobleza, que Sahagún designa como atlaquetzal o agua preciosa.

Detalle de una página de la  Historia general de las cosas de nueva España , Libro X, Folio 69, verso, de Fray Bernardino de Sahagún

Detalle de una página de la Historia general de las cosas de nueva España, Libro X, Folio 69, verso, de Fray Bernardino de Sahagún

En los años posteriores a la conquista, el “cacao hecho para beber”, como Sahagún llama a la bebida de chocolate, era preparado por las mujeres criollas, nacidas de españoles en las colonias. Se les muestra en el glifo realizando el primer y el último paso de la preparación de la bebida: la criolla “muele… quiebra o machuca” las semillas (imagen de la izquierda al frente) y “después de colado se lo levanta para que chorree… se levanta la espuma y se deja aparte” (Historia general de las cosas de nueva España, Libro 10, Folio 69).

En el volumen siguiente, dedicado al mundo natural de la zona central de México, Sahagún se ocupa del árbol de cacao. A pesar de que sus vainas son grandes, debido a su tamaño relativamente compacto, el cacaoaquavitl (quavitl = árbol) es categorizado junto a los árboles que producen frutos pequeños, como los guayabos y los ciruelos.

Detalle de una página de la  Historia general de las cosas de nueva España , Libro IX, Folio 123, de Fray Bernardino de Sahagún

Detalle de una página de la Historia general de las cosas de nueva España, Libro IX, Folio 123, de Fray Bernardino de Sahagún

El artista ilustró el árbol de cacao con una figura que recuerda al glifo del árbol de cacao en el Códice Fejérváry-Mayer—un tronco largo y unas pocas ramas extendidas. Sin embargo, en el Códice Florentino se hace un cambio específico al árbol para acomodarlo de mejor modo a las expectativas europeas: las vainas son desplazadas desde el tronco hacia las ramas. De hecho, como se ve en la primera página del Fejérváry-Mayer, y luego en la ilustración de 1891 que se encuentra en la ilustración para un libro de Walter Baker and Company (abajo), las vainas de cacao pueden surgir de cualquier punto del tronco, lo que le da al árbol su aspecto tan singular. La intención de Sahagún de traducir la cultura azteca a España lo llevó a quitarle las vainas al tronco, de modo que la planta se conformara de mejor manera a la visión europea de cómo un árbol debería verse.

Imagen de un árbol de cacao ilustrado en  The Chocolate-Plant (Theobroma cacao) and its Products  (1891) de Walter Baker and Company, el más antiguo productor de chocolate en los Estados Unidos.

Imagen de un árbol de cacao ilustrado en The Chocolate-Plant (Theobroma cacao) and its Products (1891) de Walter Baker and Company, el más antiguo productor de chocolate en los Estados Unidos.

Cuando llegó el momento de que la corona española investigara el nuevo mundo natural de las colonias tropicales que ahora gobernaba, el rey Felipe II encarga al médico de la corte, Francisco Hernández de Toledo, llevar a cabo la primera expedición científica a Nueva España. La descripción de más de 3000 plantas nativas será publicada póstumamente en una especie de enciclopedia, rica en ilustraciones hechas por artistas indígenas que lo acompañaron en su expedición. Esta obra inaugural de la botánica del nuevo mundo es publicada primero en España por el editor mexicano Diego López Dávalos en 1615 con el título Quatro libros de la Naturaleza, y virtudes de las plantas y animales que estan reunidos en el uso de Medicina en la Nueva España. En 1628, Nardo Antonio Recchi recoge el texto original latín del libro, que será públicado en Roma con el título Rerum medicarum novae hispaniae thesaurus (Tesauro de las Cosas Medicinales de Nueva España).

Imagen de un árbol de cacao en el  Rerum medicarum novae hispaniae thesaurus  (ca. 1651)

Imagen de un árbol de cacao en el Rerum medicarum novae hispaniae thesaurus (ca. 1651)

En el Rerum medicarum también figura el árbol de aspecto europeizado, sin vainas en su tronco, si bien las vainas más grandes cuelgan en la parte más baja de las ramas, además de mostrarse de cuerpo entero sus características raíces superficiales que serpentean horizontalmente por el suelo. Esta obra también explora la agricultura del cacao con mayor detalle que los textos anteriores. Los aztecas tenían cuatro palabras para referirse a la plata, dependiendo según cómo era cultivada, según indica Hernández: el cacao en árbol (cacahuaquahuitl), que crece hasta su máxima altura; el cacao en cuerda—también llamado cacahuaquahuitl—, que es podado periódicamente para dejar la planta a una altura mediana; el cacao en flor (xuchicacacahuaquahuitl), que era cultivado para florecer profusamente; y el cacao enano (tlalcacahuaquahuitl), que era podado para conservar un tamaño pequeño. Cada tipo de cacao en esta jerarquía de tamaños tenía un uso distinto, desde las grandes semillas que eran usadas para hacer el chocolate servido al emperador Moctezuma y otros miembros de la élite hasta los pequeños granos que eran usados para pagar impuestos. Hernández, y Sahagún antes que él, dejaron registro del cultivo más grande y preciado, el mismo que se encuentra en los pictogramas mayas y los glifos aztecas: el cacao en árbol.

A medida que transcurría el siglo, y la novedad botánica pasaba a ser objeto de la curiosidad del público, la imagen de la planta también cambia. En 1671, Philippe Dufour en Usages du caffé, du thé et du chocolate (traducido al inglés en 1685) expone el chocolate junto a las otras dos bebidas calientes que eran consumidas en toda Europa, y a las que también se les atribuían propiedades curativas: el café y el té. En el frontispicio de la sección dedicada al chocolate, una rama arrancada al árbol flota sobre el suelo, donde reposan las semillas de la vaina (abajo a la izquierda) y los frutos de vainilla, otro ingrediente común en las antiguas recetas mesoamericanas para preparar chocolate. Sobre ellas se encuentra un “americano” vestido de ropas aztecas, con un arco en la mano y los utensilios para la preparación y el consumo de la bebida a sus pies.

Frontispicio de la sección “chocolate” en  Traitez nouveaux et curieux du café, du thé et du chocolate,    Philippe Dufour, 1685

Frontispicio de la sección “chocolate” en Traitez nouveaux et curieux du café, du thé et du chocolate, Philippe Dufour, 1685

En esta representación de la planta identificamos una serie de referencias culturales. Primero, las vainas en una rama cortada, separada del árbol, se muestra como algo que uno podría encontrar en un gabinete de curiosidades, un objeto aislado que podría maravillar a un espectador europeo. En segundo lugar, al encontrarse el cacao acompañado de la vainilla y la vajilla, se destaca su función de ingrediente antes que su cualidad de cultivo o espécimen botánico, o su condición de consumo de lujo antes que su vinculación a un oficio femenino. Es cierto, en la imagen de arriba el “americano” aparece rodeado de herramientas y vajilla. Sin embargo, la imagen fracasa al dar cuenta de que estos utensilios específicos—la chocolatière para servir (a la derecha) y la copa para beber (a la izquierda)—fueron diseñados y usados no por indígenas americanos, sino por europeos, tanto de las colonias como de la metrópoli. En esta imagen, la copa imita la forma de una jícara, una calabaza que era secada y usada como vaso en Mesoamérica. La fuente de chocolate, por su parte, era usada como receptáculo donde golpear el chocolate con el molinillo (que se encuentra al lado), el que era insertado por un agujero en la tapa para luego hacer rodar rápidamente el mango entre las palmas de las manos: se trata de una forma moderna de hacer espumar el chocolate, que reemplazó la técnica más riesgosa que usaban las antiguas mujeres aztecas y criollas para fabricar la bebida. Los artefactos coloniales que rodean al americano acaban por desnaturalizar tanto al hombre como a la planta, reduciéndolos a meras mercancías europeas.

Como se nota en las muestras que vimos arriba, las imágenes del árbol de cacao antes de 1700 respondían, por un lado, a las necesidades de sus audiencias y, por el otro, al repertorio de técnicas de los artistas que las hacían, los que en su mayoría estilizaban el árbol sin enfatizar su belleza natural o su ambiente tropical. Sería una de las pioneras de la entomología, Maria Sibilla Merian, la que le daría al cacao sus colores nativos y algunas señas del tipo de fauna silvestre que los acompañana en su hábitat. Un hito en la representación de la planta y su mundo llega a Europa cuando Merian publica en 1705 su Metamorphosis Insectorum Surinamensium. El libro es resultado de su expedición a Surinam en 1699, en ese tiempo una colonia de plantaciones holandesa. Actualmente, los historiadores de la ciencia consideran que se trata del primer gran estudio de entomología americana en occidente, además de considerar a su autora como la más talentosa artista botánica de su siglo. La Metamorphosis fue algo bastante inusual en las ciencias ambientales de su época: combinó el conocimiento empírico de la flora local con el gran conocimiento que tenía Merian de la metamorfosis de los insectos.

Merian, que comenzó estudiando mariposas durante su juventud en Holanda, llegó rápidamente a ser una de las líderes expertas en la nueva ciencia de la entomología. Su investigación del ciclo vital de los lepidópteros (el orden de las mariposas y las polillas), que involucra extraordinarias metamorfosis, le permitió conocer en detalles la transformación de los insectos, algo poco conocido por la ciencia de la época. Su fascinación por lo insectos que mutan desde fisionomías simples a otras más complejas la llevo a realizar un viaje al trópico, donde las polillas y las mariposas abundaban. El viaje la convertiría en la primera mujer de la ciencia occidental en realizar una expedición botánica al Nuevo Mundo. Pasó una temporada en Surinam, documentando las diferentes etapas de la existencia de los lepidópteros, sobre y alrededor de las hojas de las que se alimentaban. Artista talentosa, Merian privilegió los dibujos por sobre las palabras en su presentación de estas formas de vida nativa: cada página de su libro vibra con las ilustraciones de los contornos físicos de la planta; las siluetas, texturas y hábitos de las pupas y los gusanos recién nacidos que en ella se encuentran, y su posterior transformación vía crisálida en mariposas multicolores y polillas. Las imágenes de la planta hechas por Merian le entregan la potencia gráfica de las bellas artes: el cacao y la complejidad botánica de un ecosistema que sustenta la metamorfosis son un asunto que merece la más cuidadosa atención.

Imagen del árbol de cacao en  Metamorphosis Insectorum Surinamensium,  de Maria Sibylla Merian, 1705

Imagen del árbol de cacao en Metamorphosis Insectorum Surinamensium, de Maria Sibylla Merian, 1705

Las vainas de cacao de Merian poseen una variegación muy similar a la textura que le da al limón de Surinam, comparando ambas plantas en la descripción verbal que acompaña la imagen. Mostrando el fruto emergiendo del tallo, más abajo de las ramas y las hojas, en una representación más fiel al verdadero hábito de crecimiento de la plata, también su peso y su tamaño son más fáciles de estimar en la ilustración, con una oruga festinándose una hoja—sin ser demasiado grande o pesada como para inclinarla—y unos pequeños capullos de flor colgando de las ramas. El fruto es bastante más grande de lo que las delicadas ramas y hojas podrían sugerir. Aunque las vainas de cacao destacan por su longitud (hasta 20 centímetros) y pueden pesar hasta medio kilo, las primeras representaciones europeas no las exponían con tanta franqueza. Vale destacar también que los intereses de Merian en las cuatro fases de la metamorfosis de los insectos parecen haber influido su descripción del fruto. Cuatro variantes de la vaina se muestran: primero un par de pequeñas vainas, luego cuando sus grumosas semillas interiores toman cuerpo, y después cuando se encuentra en su madurez para luego exhibir con sus capas interiores. La masa de pulpa carnosa en su interior acoge docenas de semillas—normalmente alrededor de cuarenta. Se nos recuerda que, a diferencia de otras frutas, la carne no es el tesoro sino la mera envoltura donde se incuba su verdadera riqueza nutricia: sus semillas.

Si fueron los insectos los que permitieron hacer del cacao una planta ecológicamente concreta, el cacao también se ganó a su insecto característico una vez que Merian los vinculara en su ilustración. La exquisita imagen del cacao compuesta para la edición de 1705 (placa 26) muestra una oruga de rayas rojas y negras acompañada de su correspondiente polilla, harto menos espectacular. Este insecto, la Oruga Militar del Sur, Spodoptera eridania, pertenece a la familia de las Noctuidae, voladores nocturnos del orden Lepidoptera. Su pariente asiática, la Tiracola plagiata, es conocida como Oruga Militar del Cacao, pues su dieta incluye a esta nueva fruta, que en los albores del colonialismo fue trasplantada desde América del Sur a Asia. La oruga de Merian aparece sobre la planta de cacao también en los cuatros estadios de su existencia, recordándole a los lectores europeos del siglo XVII que ellos no son los únicos que disfrutan del chocolate y sus saludables beneficios. Representando el cacao en sus colores vibrantes como alimento para la oruga y un refugio para sus metamorfosis, la planta se despliega en el medio de la naturaleza de Surinam. Esto era lo más cerca que un “viajero de escritorio” europeo podía estar de experimentar el chocolate en la naturaleza.

Los dibujos de Merian inauguran una edad dorada de la ilustración botánica naturalista en los comienzos de una edad también dorada de expediciones botánicas, de las que la más conocida sea quizás la emprendida por Hans Sloane a Jamaica. Sloane fue el sucesor de Isaac Newton como Presidente de la Royal Society y legó a la corona una importante colección de artefactos y especímenes, los cimientos de lo que será después el Museo Británico. Su magistral relato en dos volúmenes de sus viajes por las islas del Caribe en la década de 1690 (A Voyage to the Islands Madera, Barbados, Nieves, S. Christophers and Jamaica) contiene cerca de 350 placas que fueron publicadas a lo largo del primer cuarto del siglo XVIII. Su viaje por Jamaica y sus alrededores duró quince meses, resultando en el “descubrimiento” y colección de varios cientos de especies vegetales, figurando entre ellas el cacao en el segundo volumen. De acuerdo al título de la obra, estas ilustraciones exponen “la forma de las cosas descritas que hasta este momento no habían sido llevadas a la prensa de grabado”. Si bien existían imágenes del cacao circulando antes de 1725, el árbol que figura en el estudio de Sloane, dibujado por el artista holandés Everhardus Kickius, puede reclamar ser la primera reproducción de los más pequeños detalles físicos de la planta, las vetas de sus hojas y sus pecíolos, haciéndolos visibles de un modo que no habían hecho las ilustraciones anteriores.

Imagen del árbol de cacao en  A voyage to the islands Madera, Barbados, Nieves, S. Christophers and Jamaic a (Vol. 2, 1725, placa 160), de Sir Hans Sloane

Imagen del árbol de cacao en A voyage to the islands Madera, Barbados, Nieves, S. Christophers and Jamaica (Vol. 2, 1725, placa 160), de Sir Hans Sloane

La imagen muestra un tallo de cacao, tal como podríamos esperar verlo en un inventario botánico destinado a pruebas de laboratorio o en una demostración de materia medica (el Museo de Historia Natural de Londres todavía conserva el espécimen de cacao original de Sloane). El ojo del artista ha diseccionado la planta como un científico, agrupando a un lado tres brotes, el detalle de una muestra de la carne de la fruta y una semilla del interior de la vaina. Si bien la imagen es en blanco y negro, las marcas físicas en las hojas y los frutos exponen sus peculiares estriaciones: las crestas interiores de la vaina, que compartimentan las semillas, y las densas venas de la hoja que recogen la luz solar. Otra cualidad que explica la habilidad de la planta para producir sus pesados frutos lo notamos en el grueso núcleo que se hace visibles en el corte del tallo, a la izquierda. El dibujo establece un diálogo también con una Antigua autoridad de las ciencias naturales, John Ray, cuya Historia planetarum Sloane llevó consigo durante sus investigaciones del paisaje jamaiquino. Las palabras “Ray.hist. 1670”, impresas al pie de la imagen, remiten al lector a la primera página que Ray dedica en su libro al cacao.

Si bien la ilustración del cacao es solo una entre las muchas de su libro, Sloane desarolló una relación especial con ella, una que le ha dado tanta fama hoy en día como su labor en la fundación del Museo Británico. Como muchos de los que viajaban a las colonias, Sloane probó la bebida de chocolate en Jamaica, pero al parecer no le gustaba lo que le parecía un sabor demasiado amargo. De ahí la leyenda que agregó leche a la bebida para cortar su amargor, creando la primera leche con chocolate. La anécdota de Sloane ayudó a inaugurar toda una tradición de europeos que reclamaban haber mejorado la amarga bebida mesoamericana adaptándola a su gusto supuestamente mucho más refinado. Los estudiosos actualmente consideran estas historias parte integrante de la pretensión colonialista de civilización de los Trópicos (véanse Collecting the World: Hans Sloane and the Origins of the British Museum, Belknap Press, 2017, de John Delbourgo, y Sacred Gifts, Profane Pleasures: A History of Tobacco and Chocolate in the Atlantic World, Cornell University Press, 2008, de Marcy Norton). De hecho, los aztecas sí endulzaban su chocolate con miel y suavizaban su textura con harina de maíz, además de agregarle otras especies medicinales, de cuyos beneficios gozaron colonos españoles e ingleses por varias generaciones. Lógicamente, los importadores de cacao para su preparación en Europa buscaron alternativas a estos ingredientes que difícilmente se podían encontrar en el continente, como el maíz, y recurrieron a lo que tenían a mano. Ya en la década de 1660, en un tratado de Henry Stubbe y en un ingenioso diálogo de Bollicosgo Armuthaz, se recomendaba agregar leche o huevo, para ligar una mezcla más uniforme y mejorar el sabor. Si bien no fue Sloane, entonces, el que llegó a la idea de agregar algún lácteo, como la leche, al chocolate, su nombre sirvió para que la receta tuviera una buena recepción del público. Algunos hábiles comerciantes vincularon en el siglo XVIII sus productos de leche con chocolate a la fama de Sloane, y a mediados del XIX, Cadbury imprimió la receta “de Sloane” en su etiqueta, formalizando la conexión. Como vimos en las antiguas ilustraciones del árbol, las historias del chocolate dicen tanto sobre el que las cuenta como sobre los detalles de lo contado.

Etiqueta de una bebida de leche con chocolate de Cadbury refiriendo la receta atribuida a Sloane, c. 1850

Etiqueta de una bebida de leche con chocolate de Cadbury refiriendo la receta atribuida a Sloane, c. 1850

[1] Fue Antonio Colmenero de Ledesma el que despejó el problema en 1630, identificando formalmente la manteca del grano como la propiedad “cálida” que complementaba la propiedad “fría” del grano descortezado (lo que hoy se llama nib), iniciando así la edad dorada de la medicina en base a cacao en Europa.

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Traducción de Domingo Martínez

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