El dolor de cabeza en la historia y la cultura

El dolor de cabeza en la historia y la cultura

 
El dolor de cabeza,  de George Cruikshank, 1819

El dolor de cabeza, de George Cruikshank, 1819

En 1964, la escritora y crítica Susan Sontag publicó un poco conocido relato titulado Hombre con dolor. Es una elocuente reflexión no sólo sobre las dificultades que enfrentan los pacientes cuando intentan comunicar a otras personas formas "invisibles" de dolor, sino también sobre el esfuerzo de los testigos de su experiencia de sufrimiento por expresar empatía.

El problema para el "hombre con dolor" de Sontag es que nadie puede ver el intenso dolor que está sintiendo. Él se ha "puesto tieso y torpe por la aflicción" pero cuando llama por teléfono a una amiga y "le cuenta su desgracia", ella está distraída y se escabulle. Él "quiere gritar, pero teme ser arrastrado al hospital Bellevue". Cuando visita a otro amigo, primero pide permiso para hablar y luego "empuja el dolor fuera de su garganta. Sale en pedazos. Una pobre cosa marchita. No sale completo, porque no lo hace salir como un grito". La abrumadora experiencia del dolor crónico, cuya expresión auténtica es un grito que ahoga los mundos de la sociabilidad, es, por tanto, negada, tragada. Como el "hombre con dolor" descubre, el dolor crea grietas entre las personas. El "hombre con dolor" confiesa estar "fuertemente envuelto, enfundado y abrochado en su dolor. Él está embalsamado en él, como una momia". La sensación de herida lo abarca todo. Es un "abrazo" que envuelve su mundo.

A lo largo de este relato, el hombre sufre de un dolor de cabeza palpitante o de una neuralgia del trigémino—el diagnóstico clínico no le importa a Sontag o al "hombre con dolor". Lo que importa es que "él sufre un dolor", aunque nadie a su alrededor puede ver que algo está mal. Es una queja que aparece una y otra vez entre quienes sufren dolor de cabeza en el mundo real, como opuesto al ficticio. Como el distinguido médico Peter Latham escribió en una carta a la novelista Harriet Martineau el 16 de abril de 1855: "Presumo que el dolor que describe es neurálgico ", pero "eso es tanto como decir 'el dolor es el dolor'—y no suena muy sabio". Lo que importa es el dolor: un dolor que transforma los objetos y ambientes cotidianos en adversarios; un dolor que engendra una desconexión entre mi "yo" y "mi cuerpo con dolor".  El cuerpo del que sufre se convierte en la propia arma, destruyendo el lenguaje que podría ser utilizado para objetivarlo. La capacidad de actuar es descartada. El cuerpo está aplastantemente presente.

Homeopatía ante los horrores de la Alopatía,  de Alexander Beideman, 1857

Homeopatía ante los horrores de la Alopatía, de Alexander Beideman, 1857

Visto de manera histórica, sin embargo, los pacientes con dolores de cabeza no han sido totalmente silenciados. En los archivos y bibliotecas médicos, encontramos descripciones expresivas de su sufrimiento, ya sea directamente proporcionadas por los pacientes o reportadas por sus cuidadores. En 1809, por ejemplo, un dolor de cabeza neurálgico era descrito por una víctima sin nombre como algo que convertía cada nervio en una "víbora al rojo vivo, retorciéndose y bailando el reel". Para otro paciente, escribiendo en 1816, se sentía "como si un cuchillo caliente... estuviera perforando o atornillando en la carne" o era como "tenazas calientes... desgarrando o retorciendo desde el hueso". En una carta con fecha 29 de febrero de 1823, la novelista Fanny Burney se quejaba que su cabeza se sentía "como si cien molinos de viento estuvieran girando". En 1890, un paciente con dolor de cabeza frontal lo describió como poseedor de "un carácter explosivo, como si los ojos estuvieran siendo empujados afuer", mientras un marinero se lamentaba de que su dolor de cabeza amenazaba con "remover la parte superior de su cabeza". Más tarde en esa década, una paciente del Hospital de Londres simplemente describió su "espantoso efervescente dolor de cabeza" como "algo horrible". Una y otra vez, los que sufren, en cartas, diarios y textos médicos, evocaron imágenes de la neuralgia facial como un "archidemonio" que "viene a visitarnos" o una "poderosa descarga eléctrica... como si alguien me estuviera clavando con un cuchillo candente". El rango del sufrimiento fue captado de manera apropiada en un anuncio de una "cura" para la neuralgia del trigémino: describía el "carácter" del dolor como "apuñalar, rasgar, moler, roer, cortar, estremecer" o "todo combinado". ¿Era de extrañar que el Libro de consulta médica, escrito por George P Hachenberg, de 1893, enumerase 96 prescripciones sólo para el dolor de cabeza y otros 119 medicamentos que también fueran potencialmente beneficiosos para tales pacientes?

Históricamente, los pacientes y los médicos afirmaban de manera habitual que los dolores de cabeza tenían una función positiva. Para muchos, la religión confería valor al sufrimiento. Como el reverendo Thomas Brock a mediados del siglo XIX explicó, sus "extremadamente violentos" paroxismos de dolor facial eran enviados como una "prueba" de su "estado espiritual". Era mejor sufrir en esta vida y no en la próxima, creía él. Escribiendo en su diario alrededor de la misma época, el presbiteriano Thomas Smyth admitía que sus ataques espasmódicos de dolor de cabeza lo volvían "muy débil" y que había "incluso gritado", pero "le conté todo a Jesús. Lo volqué todo sobre él". Smyth suplicó a Dios que "me limpiara de faltas secretas... Le dije que era un pobre, desfalleciente e indefenso sufriente—quizá por mi propia imprudencia y culpa, aunque no podía explicar mi severo ataque presente". Por un lado, Smyth necesitaba mostrar sumisión a su destino predeterminado: después de todo, los premios del pecado eran el dolor y eventualmente la muerte. Por otro lado, él deseaba que Cristo supiera que cualesquiera que fueran las "faltas" que hubiera cometido, ellas eran "secretas" (es decir: desconocidas para él mismo) y eran, él creía, desproporcionadas respecto de la severidad de su ataque actual.

El Dr. Julius Axelrod, uno de los descubridores del Paracetamol.  Fotografía de  National Institutes of Health,  marzo de 1973

El Dr. Julius Axelrod, uno de los descubridores del Paracetamol. Fotografía de National Institutes of Health, marzo de 1973

Los sentidos religiosos dados al sufrimiento causado por dolores tales como el dolor de cabeza no pueden ser sobreestimados, pero no era necesario apelar a un ser superior. Comentaristas seculares, ya sean médicos o pacientes, también podían concebir la función protectora del dolor en términos metafóricamente teológicos. El dolor en el dolor de cabeza era la "súplica de un nervio por sangre sana"; era el "protector de los tejidos sin voz", como el popular médico John Milner Fothergill puso en un libro de texto para "jóvenes practicantes" en 1884. Una y otra vez, los médicos y otros comentaristas les recordaban a los pacientes que el dolor "es un centinela de nuestros vicios".

Pero, ¿y si el dolor de cabeza no fuera una señal?; ¿si no hubiera ningún comportamiento que mejorar ni ninguna lesión obvia que reparar? En su libro From Lesion to Metaphor. Chronic Pain in British, French, and German Medical Writings, 1800–1914, Andrew Hodgkiss explica que, a lo largo del siglo XIX, los médicos generalmente asumieron que no había dolor sin lesión. Como lo señaló el doctor T. Lauder Brunton en un artículo de 1883 titulado Sobre la patología y el tratamiento de algunas formas de dolor de cabeza, el dolor fue un "monitor útil, advirtiendo al individuo que detuviera el daño que está ocurriendo antes de que fuera demasiado tarde". En aquellos casos en que el médico no pudiera identificar qué era lo que causaba el dolor, Brunton insistía en que era "posible, y de hecho probable, que alguna condición mórbida pudiera estar presente y que ha escapado a nuestra atención". El truco era seguir buscando: la patología estaba allí, en alguna parte. No era posible tolerar la idea de que el dolor no significara nada.

Desde fines del siglo XIX, se desarrolló un animado debate acerca de lo que podría estar causando la creciente frecuencia del dolor de cabeza. Se pensaba que era la "modernidad" misma la culpable de esta aflicción, así como de muchas otras. Muchos comentaristas médicos insistieron en que el dolor de cabeza era el resultado de las sociedades modernas que hacían que los cerebros "se saturaran de sangre". Era una enfermedad de la civilización. En 1895, Arthur Symons Eccles, integrante de la Sociedad Real Médica y Quirúrgica y miembro prominente de la Asociación Médica de Londres, afirmó que las "condiciones de la vida cotidiana" han sido "propicias para el desarrollo del dolor de cabeza". Él creía que uno de los principales culpables eran "los rápidos medios de comunicación".

Papiro Edwin Smith,  1600 a. C.

Papiro Edwin Smith, 1600 a. C.

Tales creencias influyeron en los regímenes de tratamiento en el Reino Unido así como en los Estados Unidos. Los tratamientos incluían "reducir la cantidad de sangre que circula por el cerebro". Eccles explicaba que esto podría hacerse "sacando la sangre de la cabeza", mediante el uso de un "baño de pies caliente" o "por merma general" como sudar o purgar el cuerpo de "materias de desecho". Sin embargo, si la causa era efectivamente la "pobreza de la sangre", entonces la nutrición era esencial. Este fue el énfasis de la mayoría de los productos farmacéuticos de venta libre. Por ejemplo, un anuncio de 1906 de Bile Beans (píldoras para la bilis), señaló que los nervios de las personas que sufren de neuralgia "necesitan nutrirse". Las Bile Beans funcionan al "alimentar y fortalecer la sangre, y mantener los nervios sanos y activos". Una y otra vez, los comentaristas de la salud insistían en que la dieta era crucial para aliviar el dolor de cabeza. En palabras de un periodista médico, escribiendo en 1881, quienes sufrían dolores de cabeza necesitaban "abundancia de buenas sopas, ostras, filetes, y todo regado con buena cerveza fuerte o vino de Oporto, no destilados". Era una cura diseñada y comercializada para los ricos.

Culpar a la "modernidad" de los dolores de cabeza humanos comenzó a ocupar un segundo lugar detrás de la personalidad desde la década de 1930 en adelante. En el Informe preliminar sobre estudios de la personalidad en treinta pacientes de migraña (1935), por ejemplo, la doctora Olga Knopf del Hospital Bellevue (donde el hombre con dolor en la ficción de Sontag temía ser enviado) concluía que los enfermos de migraña poseían rasgos de personalidad distintivos: eran personalidades hostiles, resentidas y culpables. La caracterización psicológica de los que sufren dolor de cabeza fue patologizada aún más desde la década de los sesenta. Los dolores de cabeza se convirtieron en signos de "perturbación psicológica". Como Harold Merskey, un especialista en medicina psicológica del Hospital Nacional de Enfermedades Nerviosas en Queens Square, Londres, informó a sus colegas médicos en 1968, el enfermo típico de neuralgia era "una mujer casada de clase obrera o media baja, posiblemente alguna vez bonita y atractiva, pero nunca entusiasta de las relaciones sexuales, ahora apagada y quejumbrosa". Esta insistencia en el género del dolor crónico es característica en las discusiones de dolor facial en este período.

Incluso hoy en día, hay una tendencia entre algunos médicos de patologizar a personas con condiciones de dolor crónico que involucran dolor de cabeza. No es que carezcan de empatía: los dolores "invisibles" que resisten los intentos de aliviarlos son frustrantes para quienes los tratan. Como el hombre con dolor de Sontag reconocía, el dolor crea divisiones entre quien sufre y sus amigos, sus médicos e incluso los extraños. Pero el "hombre con dolor" también nos recuerda que presenciar el dolor crea exigencias  políticas sobre la distribución de la empatía. La manera en que respondemos a las personas con dolor se arraiga en el corazón de lo que significa ser humano.

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Artículo publicado originalmente en The Lancet (#389, 15 de abril, 2017).

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Traducción de Patricio Tapia. Agradecemos la gentileza de Patricio Tapia y de la autora Joanna Bourke para la publicación de este artículo.

 
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