Reseña: "La imaginación simbólica", de Gilbert Durand

Reseña: "La imaginación simbólica", de Gilbert Durand

 
Nieve durante la noche,  de   Marianne von Werefkin, 1918

Nieve durante la noche, de Marianne von Werefkin, 1918

La atención que, desde Sigmund Freud a nuestros días, se viene prestando a los problemas de lo imaginario, no sólo representa una justa rectificación a su brutal “condena” por la larga tradición conceptualista occidental, sino que, sobre todo, constituye el esbozo de un cambio radical en la comprensión de la vida humana. Este cambio se acusa en el dominio de los estudios literarios, en la aparición de un conjunto de investigaciones críticas tributarias del psicoanálisis de Freud, de la antropología estructural de Lévi-Strauss y de la fenomenología de la imaginación de Bachelard.

Este breve estudio de Gilbert Durand tiene, entre otros, el mérito no sólo de ilustrar esta, por así decirlo, reconquista de lo imaginario por la reflexión teórica, sino, además, de incluir los hitos principales de su historia. “Nuestra época—advierte Durand—volvió a tomar consciencia de la importancia de las imágenes simbólicas en la vida mental gracias al aporte de la patología psicológica y la etnología”. Estos dos aportes constituyen, sin embargo, dos hermenéuticas “reductivas” de lo imaginario, a las que Durand, opone, con razón, las hermenéuticas “instaurativas” de Cassirer, Jung,  Bachelard y Merleau-Ponty.

En efecto, tanto los seguidores de Freud como los etnólogos, luego de redescubrir la función de lo imaginario en los procesos de represión de la actividad libidinal como en los procesos colectivos de representación simbólica, terminan siempre reduciendo al símbolo a un simple signo del inconsciente individual o a un mero simbolizante de aquellas grandes unidades del relato mítico que Lévi-Strauss denomina los mitemas. Durand se remite, frente a estas dos orientaciones reductivas, a las hermenéuticas instaurativas de lo imaginario, particularmente a los trabajos de Gaston Bachelard, que constituyen el punto de partida no sólo de este breve estudio sino, asimismo, de su gran tesis sobre Las estructuras antropológicas de lo imaginario.

Géminis,  de Marianne von Werefkin, hacia 1938

Géminis, de Marianne von Werefkin, hacia 1938

La influencia de Bachelard en la crítica literaria de nuestros días es, desde luego, muchísimo más profunda de lo que usualmente se piensa. La esbozaba, en 1967, Michel Mansuy en las últimas páginas de Gaston Bachelard y los elementos, y la precisaba tres años después Vincent Therrien en La revolución de Gaston Bachelard en la crítica literaria. En estas dos obras se citan, de manera insistente los trabajos de Durand entre los más representativos de la crítica de inspiración bachelardiana. El propio Durand ha reconocido esta filiación en su ensayo “Ciencia objetiva y consciencia poética en la obra de Gaston Bachelard”, publicado en la entrega número 4 de los Cahiers Internationaux de Symbolisme. “El aporte de Bachelard—decía Durand—al pensamiento contemporáneo nos aparece como esencial.  Por la obra de Bachelard nada puede alienarse ya en nuestro universo del siglo XX”.

Las breves páginas que dedica al gran pensador en La imaginación simbólica más suponen que exponen la obra bachelardiana. Ellas le permiten, sin embargo, reiterar la orientación fundamental de sus propios trabajos sobre lo imaginario. “Después de Bachelard—precisa Durand—sólo quedaba generalizar la antropología restringida del autor de la Poétique de la rêverie, sabiendo bien que esta generalización no puede ser sino una integración mayor de las potencias imaginarias en el núcleo del acto de consciencia”. Esta generalización le permite, además, descubrir en la fenomenología de los símbolos poéticos de Bachelard el esbozo de una ontología simbólica, que reduce, en último trámite, mediante aproximaciones sucesivas, a  los tres grandes temas de la ontología tradicional: “Yo”, “Mundo”, “Dios”.

Desde este horizonte, Durand describe, en la última parte de este estudio, las cuatro funciones esenciales que cumple la imaginación simbólica, en cuanto “dinamismo dialéctico” de equilibrio que permite al hombre afrontar la realidad más deprimente negando éticamente lo negativo.

Dos mujeres,  de Marianne von Werefkin, 1908

Dos mujeres, de Marianne von Werefkin, 1908

La primera función descrita por Durand es aquella que, ante la certeza anonadante de la muerte, posibilita que el hombre prosiga “proyectando” su vida mediante un orden imaginario que no busca ocultar el “horrendo rostro de la muerte” en una máscara risueña, sino, más bien, mejorar su situación en el mundo. Esta función, que Durand había llamado de “eufemización” en Las estructuras antropológicas de lo imaginario, es la que permite, en otros términos, afrontar la cotidianeidad de una vida siempre perturbada por la consciencia de la muerte. Aun los suicidas deben, para llevar a cabo el acto fatal, trasfigurar imaginariamente la muerte en un “eterno reposo”.

La segunda función es la que permite realizar los complejos procesos de equilibrio psico-sociales, puesto que todo bloqueo de ellos se traduce, fatal e irremediablemente, en un desequilibrio mental que se acusa en manifiestas perturbaciones de conducta. La mayor parte de las enfermedades mentales de los pobladores de las grandes urbes se originan en el predominio que en ellas ejercen determinados regímenes estereotipados de imaginación, que, a la postre, alteran e impiden la actividad sintética de la imaginación. La hipótesis de una imaginación unidimensional es, posiblemente, una de las peores amenazas de la actual civilización tecnocrática.

Esta misma hipótesis está señalando la tercera función de lo imaginario, que Durand llama de equilibrio “humanista” o “antropológico”. En las sociedades “primitivas” o en las “tradicionales”, este equilibrio se efectuaba normalmente mediante las pautas o normas que ofrecía el pasado, pero en las sociedades tecnocráticas, por su mismo dinamismo interno, sólo una “pedagogía táctica de lo imaginario” puede, según Durand, vincular a los hombres entre sí, puesto que la razón solamente puede vincularlos con las cosas. La antropología de lo imaginario demuestra, sin embargo, el carácter constante de algunos de estos procesos de “humanización” como, asimismo, su universalidad o ecumenismo. En las más diferentes familias de símbolos—precia Durand—está siempre presente la misma Esperanza en la condición humana.

La fábrica,  de Marianne von Werefkin, 1910/11

La fábrica, de Marianne von Werefkin, 1910/11

Finalmente, esta triple relación negativa de la imaginación con la muerte, la locura, y la alienación, permite a Durand proponer una cuarta función de lo imaginario que, por su radicalismo, llama teofánica. En todos los regímenes de imágenes simbólicas siempre aparece en su punto extremo un sentido que acompaña y trasciende a cada uno de los símbolos. “El simbólogo debe evitar cuidadosamente las querellas de las teologías—advierte Durand—, no puede esquivar de ningún modo la universalidad de la teofanía”.

Resulta importante que, habiendo partido de Freud en última instancia, pueda Gilbert Durand rematar su antropología de lo imaginario con la afirmación de que “el símbolo, en su dinamismo instaurativo en busca del sentido, constituye el modelo mismo de la mediación de lo Eterno en lo temporal”. Esta afirmación, que sin duda sorprenderá a más de alguno, resulta coincidente, sin embargo con los análisis de la mediación interna llevados a cabo, en el plano de la creación novelesca, por René Girard, como asimismo, con los intentos de replantear el problema de la Esperanza allende el discurso teológico, como, por ejemplo, el marxista “herético” Ernst Bloch. Todo parecería estar indicando que en un mundo, como el nuestro, obsedido por la Nada, toda posibilidad de un humanismo abierto estaría condenada al fracaso de antemano de no mediar, como lo advierte Durand, una nueva Epifanía del Espíritu. “Ahora más que nunca—dice al cerrar este pequeño libro—sentimos que una ciencia sin conciencia, es decir, sin afirmación mítica de una Esperanza, señalaría la decadencia definitiva de nuestras civilizaciones”.

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Texto publicado originalmente en El Mercurio (22 de julio de 1973). Agradecemos a Juan Carlos Vergara la investigación realizada en los archivos de la Biblioteca Nacional de Chile para su republicación.

La imaginación simbólica
Gilbert Durand (traducción de Marta Rojzman)
Amorrortu Editores
1971

 
Comunicación indirecta

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El trance del mundo (extracto)

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