Notas sobre lo americano

Notas sobre lo americano

 
Artesano,  cerámica de figura roja griega, 480 a. C.

Artesano, cerámica de figura roja griega, 480 a. C.

I

Cuesta encontrar en la cultura iberoamericana alguna expresión de pura espiritualidad, semejante, siquiera de lejos, a la música de Bach, a la pintura de un Fra Angélico o a la poesía mística española. Siempre se está en ella en plena pasión y subjetivismo, en una especie de querella del ser con los demás y con su propio ser. No es extraño que el arte hispanoamericano colonial culminara en el barroco y que en un barroquismo de buena o mala clase se haya vivido invariablemente hasta hoy. El alma nuestra se da en un continuo forcejeo. ¿En busca de qué? De una expresión personal auténtica, en busca de sinceridad, es decir, de relaciones humanas puras y sin mezcla, como si se quisiera ¿indebidamente?—eliminar esa mancha negra del hombre en donde, según Carossa, habitan los demonios necesarios a la vida. Pero es curioso también el que el hispanoamericano en general se niegue a conceder al trabajo una significación trascendente dentro de la existencia humana. Se quisiera instaurar desde luego una sociedad paradisíaca, en la que el hombre, sin mediatización de ninguna clase, valiera por sí mismo, por lo que es y no por lo que hace ni por lo que tiene. Se desconoce el rol auto-revelador del esfuerzo disciplinado y, por lo mismo que los obscuros ideales que se pretende alcanzar son absolutamente inaccesibles sin un cambio radical del mundo, se cae por lo común en una suerte de escepticismo vitalista que se manifiesta bajo la forma de un culto sombrío a la vida en cuanto vida, lo que naturalmente lleva a la desintegración de la conducta individual y social, a la admiración del borracho, del criminal, del bandido, del disipado y del hombre fuerte, admiración no exenta, paradójicamente, de desprecio. De ahí me parecen derivar gran parte de las peculiares dificultades con que el oficio político tropieza en la América Latina. El hispanoamericano suele ser el más intolerante de los críticos, con lo que resulta imposible complacerlo y, como no parece tomar en serio nada que no sea la vida misma con todas sus contradicciones, crueldades e intemperancias, no es fácil gobernarlo. Portales en Chile contribuyó a su propio éxito con esa combinación de humorismo, sensualidad y dureza que caracterizaba a su personalidad y merced a la cual pudo imponerse a sus contemporáneos, sin tomarse a sí propio demasiado en serio. Abrigamos el sentimiento de que lo único que merece ser respetado y hasta venerado es la corriente ciega de la vida que nos arrastra en el seno de un incomprensible universo. Somos significativos sólo en la medida en que este poder se manifiesta en nosotros como amor u odio, en todo caso como pasión y aventura. Somos seres poseídos por la vida, por su fuerza de desarrollos imprevisibles.

II

Creo advertir en la literatura hispanoamericana una tendencia a la humanización del paisaje radicalmente distinta a la que se comprueba en la literatura griega, en la cual la naturaleza no es por lo general sino un fondo decorativo frente al cual se mueven los hombres. Acá, al contrario, los hombres se mueven dentro de la naturaleza, entrelazados con ella, a la que se atribuyen, por otra parte, potencias humanas de odio y amor. Los personajes no alcanzan a recortarse en el marco natural. Todo el tiempo están en lucha pasional con el paisaje. Árboles, ríos, riscos, montañas son seres próximos, animados, a los que se dota de una actitud humana. Recuérdese la selva de La Vorágine o la pampa de Don Segundo Sombra.

Así también, mientras en la literatura europea los animales son pets, en la americana son personajes situados a la misma altura que el hombre mismo.

No es común que en nuestra literatura se reconozcan los límites de las cosas. Hay siempre más o menos presente un soplo pánico que lleva a la fusión de los elementos y desde luego de las personas. Acaso pueda servir para explicar la súbita violencia del hispanoamericano, su incapacidad para resignarse a reconocer la naturaleza solitaria, y en el fondo inasible, del individuo. Se quisiera abolir ese misterio tenebroso que oculta el fondo de las almas y entablar relaciones paradisíacas.

III

La aspiración a lo paradisíaco se expresa muy bien en las siguientes palabras de uno de los personajes de Canaan de Graça Aranha, que tomo de la obra de Schwartzmann: “Ha de llegar el día en que nuestro espíritu de hombre destructor logre, adaptándose al medio cósmico por una extraordinaria longevidad de la especie, recibir la fuerza orgánica de su propia y pacífica armonía con el ambiente, como sucede con los vegetables, y entonces abandonará, para subsistir, el sacrificio de los animales y de las cosas […] Siento dolorosamente que al atacar la tierra ofendo la fuente de nuestra vida misma, y hiero menos lo que hay de material en ella, que el prestigio religioso e inmortal que tiene en el alma humana”.

Comerciante de telas,  anónimo, 1434

Comerciante de telas, anónimo, 1434

IV

Mientras en el arte europeo el tema de lo irracional, tenebroso, demoníaco, siempre más o menos presente, jamás alcanza a cubrir todo el campo, pues nunca deja de haber alguna referencia a lo luminoso y espiritual, en el hispanoamericano es frecuente que lo oscuro se ofrezca en estado difuso, impregnando todas las realidades, sin la menor presencia de luz. El universo mancillado sufre sin esperanza.

V

Generalmente se olvida que la educación y la política operan sobre los deseos humanos. Toda la cultura americana me parece pobre en deseos, limitada, elemental, primitiva comparada con la europea. No es menos lamentable el cuadro de las multitudes que se entretienen tontamente en Norteamérica que el de las masas aburridas de Latinoamérica. El hombre americano suele ser un alma semicesante, vacante de sí misma. Basta mirar uno de estos miles de paseantes que vagan por Nueva York con un aparato de radio portátil colgado al cuello, como la piedra de su destino, escuchando un partido de baseball, para sentir piedad por la humana condición. A propósito de esta ceguera estimativa o insensibilidad frente a los propios deseos, se dan, creo, las anormalidades de nuestra política, hipertrofiada en el sur y prostituida en el norte, y el escepticismo del fondo de nuestro carácter. No hemos descubierto el valor de la vida como juego de auto-revelación y de prueba personal. Nos aburrimos. Nuestros viejos son por lo común espíritus muertos, resentidos y ociosos. ¿Se aburrían tanto los hombres en la Edad Media o en el Renacimiento? Es maravilloso ver cómo hombres espantosamente oprimidos, desde el punto de vista de nuestras normas presentes, eran más creadores y más libres que nosotros.

VI

Creo que nuestras escuelas deberían aplicarse con más énfasis a las artes decorativas y menores. Hay que fomentar otra vez las artesanías. Pienso en la iluminación o ilustración de libros, en los tableros de ajedrez, en los mascarones de proa, en esculturas de madera o de metal para adornar las esquinas de las casas, en todo ese mundo inagotablemente diverso de cosas que es uno de los legados de Europa. Creo que hay que atacar la masificación de la vida, aún más que en la esfera del trabajo principal, cuya standardización resulta ya inevitable a causa del aumento de la población y de las necesidades materiales, en las horas libres, a través de los entretenimientos y hobbies. Uno de los defectos de nuestros sistemas educacionales reside en su incapacidad para estimular en los jóvenes el libre apetito creador. Nuestras juventudes suelen ser eficientes, pero la eficiencia no se acompaña casi nunca en ellas de imaginación, de frescura mental y brío del alma.

Hay que estimular el lujo. No hay cultura sin lujo, sin esa superficialidad que da margen a la expansión de las vocaciones individuales. La Edad Media fue en su pleno desarrollo una época de lujo, de sano derroche de lo singular y de complacencia en lo único.

VII

Samuel Ramos observa que, para el indio mexicano, el valor de las cosas sólo existe “en cuanto están en relación mística con el todo”. De ser ello así, no resulta difícil comprender la sorprendente pasividad de esos indios frente a la conquista española ni su actitud negativa frente a la cultura científico-técnica moderna. Si atendemos sólo a la relación mística de la cosa con el todo, eliminamos casi la posibilidad de fabricar instrumentos y aún la de usarlos, pues tanto la creación como el uso técnicos requieren un proceso de abstracción racional, que necesariamente tiende a destruir el enlace místico con la totalidad. ¿Quién se atrevería a transformar un lingote de hierro en una pieza de máquina sin prescindir de su significación religiosa y sin descartar su alcance sobrenatural? Constancia o pasividad son lo primero que se exige de una máquina o de un instrumento cualquiera. Para usar prácticamente las cosas es, en efecto, preciso dejar de atribuirles una conexión directa con lo sobrenatural, desde que lo sobrenatural, como fuerza que se determina a sí misma, las haría eminentemente peligrosas con su intervención sobre ellas.

Una concepción mística de la realidad resulta asfixiante si no se deslindan los respectivos campos de la divinidad y del hombre. Parece inherente al espíritu europeo la idea de la libertad humana frente a Dios, es decir, la idea de un mandato que el hombre ha recibido del poder divino para gobernar a su amaño, aunque sin excluir una prudente colaboración de la Providencia, el pedazo de mundo que le está destinado. ¿No está en relación con esto mismo el sentimiento de angustia y de esclavitud que suelen producir en el ánimo europeo las creaciones de las culturas místicas, como esos dioses hindúes de miles de brazos entrelazados, demasiado unidos a la naturaleza, o las espesas figuraciones de los bajorrelieves mayas? Hay un elemento deportivo implícito en el espíritu occidental, un elemento de juego con las cosas que depende de la capacidad que el alma occidental posee en el sentido de cambiar el punto de vista y de substancializar los objetos, olvidando deliberadamente su gravedad mística. Por el milagro del humor, lo infinitamente pesado puede ser infinitamente liviano y suspenderse en el aire. Uno de esos juegos—el juego racional—ha originado a la ciencia y a la técnica. Pero estos indios místicos se niegan a jugar, sumidos en una sombría cavilación escatológica. Todo resulta para ellos enorme, infinito, y hasta un colibrí en vuelo sostiene sobre sus alas la masa del destino. Tal mundo me resulta irrespirable, tanto como el de la cultura nazi, que en su implacable intención sistematizadora revelaba un análogo afán místico de integración forzada de las cosas en totalidades sin ruptura.

¡Bendita sea la frivolidad!

El jardín de las delicias (panel central),  J. Bosch, 1490-1510

El jardín de las delicias (panel central), J. Bosch, 1490-1510

[Nota de Brazsil: De una entrada del Diario Íntimo de Luis Oyarzún, 26 de enero de 1951:

He pasado más de un mes sin escribir más que unas cuantas cartas. Me corrompo otra vez. América me devora. Ya estoy harto de esta poesía de cafés y borracheras. Muchas veces he pensado que en este continente no se concede valor formador al trabajo humano. No se considera que el trabajo sea vida. En el trabajo se teme a la soledad. La vida es el amor, la fiesta. el compadrazgo, la comilona. Nadie cree en la revelación del trabajo. Las reuniones de amigos suelen ser pesadas, fatigosas, lápidas mortuorias. Pero son indispensables y la gente se precipita a ellas, atiborrada de una angustia ciega y sorda. Siento en mí y percibo en los demás el placer rústico e infernal de la autodestrucción. Parece que R. H. estuviera empeñado en morirse. "Se nos va todo, se nos va todo...", E. L. lucha por organizar su vida de "escritor", de "novelista", de "homme de letres". Un pollo nuevo en el nido de águilas. Ya siento que me desintegro otra vez. Aquí hace uno demasiadas cosas y no hace nada. ¿Tienen espíritu los latinoamericanos? ¿Son hombres? Este país me parece lleno de ánimas que hacen experimentos morbosos con su cuerpo, con sus sentidos, con las simpatías y las antipatías. Se vive acá en un cuadro de J. Bosch.]

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Publicado originalmente en el semanario Pro Arte (n. 139, 9 de agosto de 1951). Versión digital disponible en el sitio Memoria Chilena de la Biblioteca Nacional de Chile.

 
Prólogo a “Escritos (1966-2016)”, de Joseph Kosuth

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Reseña: “Im Schatten des Ost-West-Konflikts”, de Tomás Villarroel Heinrich

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