El herbario de Chernóbil: Fragmentos de una conciencia explotada

El herbario de Chernóbil: Fragmentos de una conciencia explotada

 

Fragmento 5: Exceso de significado

Antes de consumir, quemar, decorar y pagar tributos con ellas, o contemplarlas, las plantas irradian un significado propio. Cada rama, brote y hoja ubicada en una particular porción de un geranio, o de cualquier otra planta, es el resultado de una vívida interpretación del medio ambiente vegetal: la dirección e intensidad de la luz del sol, la carga de humedad del aire, entre otros. Las formas de vida de las plantas son sus estructuras semánticas. La producción humana de significado es inevitablemente tardía, suplementaria, sobreañadida a lo que sea que interpretemos, pensemos, desde nuestra perspectiva; sobresale como la (de hecho, única) construcción semántica esencial.

El geranio, entonces, resplandece, se da a la vista y a los otros sentidos, desplegando sus hojas y flores en un modo de exposición únicamente vegetal, con el propósito de maximizar las cantidades de luz solar que recibe. En el herbario de Tondeur, el geranio no se ilumina explosiva, asombrosa, insosteniblemente como el Linum usitatissumum, sino que emana un brillo estable, similar a los continuos actos de hacer-significado de las plantas vivientes, actos co-extensivos con su vivir. Para una planta, el continuo monitoreo de las condiciones medio ambientales en sus lugares de crecimiento es una operación habitual; para nosotros que estamos acostumbrados a pensar en las plantas como seres pasivos desprovistos de conciencia, o como persistiendo en un estado de letargo en el mejor de los casos, esto es extraordinario.

En las plantas de Tondeur hay también un exceso de significado, desvinculado de construcciones culturales, científicas, entre otras, y relacionado en cambio a la historia de su crecimiento en un suelo radioactivo. Este es el centelleo adicional detrás de la resplandeciente–visual y semántica– huella vegetal. Junto con la radioactividad, la planta cuyo trazo contemplamos, asimiló lo imperceptible y lo inconcebible que al borde del sentido salta a nosotros desde el fotograma. Su exceso de significado es denso, impenetrable. En la densidad de la infinita apertura y exposición.

Geranium chinum,  fotograma en papel de algodón, 2011-2016 Zona de exclusión de Chernóbil, Ucrania Nivel de radiación: 1.7 microsieverts/h (por Anaïs Tondeur)

Geranium chinum, fotograma en papel de algodón, 2011-2016
Zona de exclusión de Chernóbil, Ucrania
Nivel de radiación: 1.7 microsieverts/h
(por Anaïs Tondeur)

Fragmento 9: Árboles caídos

Visitantes del “bosque rojo” cercano a la zona cero de Chernóbil observan la siguiente escena: Aquí, pinos tornados rojizos y muertos en breve luego del accidente, troncos caídos acumulándose en el suelo durante los últimos 30 años. No se están descomponiendo como tendrían,[1] no están siendo digeridos por la tierra ni transformados en compost. La escala de tiempo de la vida finita ha sido perturbada y hasta el mismo destino, es decir, la vida material después de la muerte de pudrición y descomposición, ha llegado muerto.

Los árboles caídos de la zona de exclusión continúan realizando el trabajo de testimonio iniciado por las plantas vivas. Ellos atestiguan, entre otras cosas, por el impacto de las dosis exorbitantes de radiación y por la tecnología que hizo posible su liberación en la vida, cuya verdadera pérdida es monumentalizada en las apariencias exteriores, como las de los troncos de árboles y hojas secas, preservadas como si solo hubiesen caído ayer. Con el proceso de descomposición estancado o ralentizado como resultado de un daño hecho a los microbios, hongos e insectos responsables del reciclaje orgánico, es como si la vida misma estuviera detenida por siempre, congelada y irreparablemente perdida, sin perjuicio de los recientes reportes de regeneración de flora y fauna en la región.

Animales y plantas están retornando a la zona de exclusión de Chernóbil porque que los seres humanos se han ido, no porque el suelo sea más fértil. Podríamos celebrar este giro en los acontecimientos, encontrando en él una especie de laboratorio para un planeta vibrante que sobreviviría la larga arremetida humana luego de que nuestra especie se extinga. O también podríamos luchar contra la nihilista indiferencia con la que arboles muertos han sido conservados (casi fosilizado), por medio de un esfuerzo concertado de selección, organización, y exposición de marcas de la catástrofe, por el pasado y hacia el futuro, como una conmemoración y una advertencia.

Ahora bien, seleccionar, organizar y exponer es crear un herbario. Además de las plantas que han crecido en suelo radioactivo, las esquirlas de nuestra propia conciencia explotada son reensambladas en él, aunque no aglutinadas todas juntas –no reparadas ni sanadas. En las hojas y árboles caídos de Chernóbil podemos distinguir fragmentos de nosotros mismos, de nuestros cuerpos y pensamientos. Habiendo crecido inicialmente como las plantas hacen, ellas han devenido algo distinto a la vegetación, a saber las ruinas de nuestra civilización, como el sarcófago revistiendo el reactor destrozado por el accidente y como nuestro sistema de pensamientos pre-Chernóbil, hecho añicos por lo que ocurrió ahí.

Un herbario de plantas heridas, cuerpos dañados, y mentes traumatizadas germina, en toda su desecada gloria, desde la misma fuente maligna del desastre, el cual no tiene poder sobre él, sin embargo. Recogiendo y cuidando los restos, sean ellos productos de una actividad vegetal o humana, tratamos de darles lo debido, para rescatarlos de las oleadas del olvido, para transfigurar la mortífera exposición radioactiva que padecieron en una estética exposición a una audiencia, de modo que ellos pudieran encontrar una mirada empática, preocupada, comprometida, no indiferente. Levantando a quien sea o lo que sea que haya caído, este sublime herbario selecciona, alza y eleva a pesar de que tal elevación no es equivalente a una resurrección. Las vidas que estuvieron demasiado cercanas al encuentro con las fuerzas mortíferas e invisibles de la radiación se han perdido para siempre. Pero ellas necesitan no morir una segunda vez, sino comenzar. Esto es, finalmente, lo que el trabajo de duelo asegura: contrarrestar el impulso equivalente para monumentalizar el objeto perdido, o consignarlo al olvido absoluto. Un duelo “exitoso”  permite a la lamentada representación descomponerse como tendría que hacerlo, haciendo espacio para una futura existencia.

Baeckea linifolia , fotograma en papel de algodón, 2011-2016 Zona de exclusión de Chernóbil, Ucrania Nivel de radiación: 1.7 microsieverts/h (por Anaïs Tondeur)

Baeckea linifolia, fotograma en papel de algodón, 2011-2016
Zona de exclusión de Chernóbil, Ucrania
Nivel de radiación: 1.7 microsieverts/h
(por Anaïs Tondeur)

Fragmento 11: Desde sombras en una muralla a inscripciones una página

A finales de octubre de 2015, Inês Cardoso, quien ejerce como curadora de arte contemporáneo en Londres, atrajo mi atención hacia los trabajos de Anaïs Tondeur, reunidos bajo el título “At the Edge of the Visible” (Al borde de lo visible). Inês pensó –¡con acierto!– que yo estaría profundamente interesado en las plantas comprendidas en el programático estudio de Tondeur de especímenes crecidos en la zona de exclusión de Chernóbil.

Por mera fortuna, esta sugerencia vino en un momento en que estaba leyendo Voces de Chernóbil, de Alexievich, recordando y reflexionando respecto a mi propia inquietante proximidad al abismo denotado por ese nombre. El encuentro con el trabajo artístico de Tondeur encajó como la pieza de un puzle que cae en su propio sitio, extendiendo un puente entre mis intereses teóricos en la vida de las plantas, la filosofía detrás de la producción de energía, y ciertas preocupaciones autobiográficas. En pocos días, Anaïs y yo comenzamos a planificar el libro que usted está leyendo en este preciso momento, como una colaboración artístico-filosófica.

En nuestro subsecuente intercambio, Anaïs dio a entender que, a un nivel simbólico, ella acudió a la técnica de los fotogramas con la intención de dirigir nuestra imaginación de regreso a las sombras proyectadas por personas u objetos en las paredes de Hiroshima y Nagasaki, luego del bombardeo atómico de estas ciudades japonesas en agosto de 1945. Esto, para mi, resonó como una evocativa y poderosa manera de establecer interconexiones entre humanos y plantas, consolidando la solidaridad trans-especies y trans-reinos de las víctimas, y descubriendo la co-imbricación de los usos “pacíficos” y “militares” de las tecnologías nucleares. La radiación liberada por las dos bombas atómicas que se habían arrojado sobre Hiroshima y Nagasaki transformó las apariencia de las ciudades, si no del mundo entero, en tantas pantallas, en las que fueron estampados fotogramas vivos.

El papel fotosensible que tomó contacto con plantas de la zona de exclusión recuerda estas huellas urbanas y el colapso del Reactor cuatro de Chernóbil, cuarenta y un años luego del bombardeo americano de Japón. Sin embargo, no podemos pasar por alto una diferencia clave entre las sombras en la muralla y el Herbario de Chernóbil. No hay estéticas de la guerra, del sufrimiento y la muerte –solo su estetización post factum. La existencia que ha sido fragmentada y recortada puede aparecer y aparece en textos literarios y trabajos de arte: por decir, en el Guernica de Pablo Picasso, o en “El instante de mi muerte” de Maurice Blanchot, discutido por Jacques Derrida.[2] A pesar de ello, las más horrorosas y emotivas producciones estéticas no son ellas misma guerra, sufrimiento y muerte, sino reminiscencias que, como anteriormente he escrito, significan “liberación y preservación; preservación y liberación: por gracia del arte”.

Las huellas vegetales en superficies fotosensibles no repiten la violencia de Hiroshima, Nagasaki, y Chernóbil. Ellas resuenan con mudo sufrimiento y dan una posibilidad de hablar, sin recurrir a palabras y voces (susurros o gritos), sin añadir o sustraer imágenes y representaciones, sin mucho más que representar la violencia qua violencia, que al comienzo no fue percibida como un objeto de la experiencia por nadie que no estuviera en la inmediata vecindad del explotado reactor nuclear. Sorprendentemente, cualquiera sean sus múltiples asociaciones con la amenaza nuclear realizada, los fotogramas de Tondeur no comunican sino belleza. Análogo a las practicas de meditación budista de Tonglen (“Dando y recibiendo”), ellas inspiran sufrimiento en el medio estético y exhalan consuelo, compasión y paz.

¿Y que hay con el incansable paso del tiempo? Seríamos afortunados si permaneciéramos como sombras en una muralla o huellas en unas páginas luego de que este haya terminado con su trabajo.

Malpighia spicata , fotograma en papel de algodón, 2011-2016 Zona de exclusión de Chernóbil, Ucrania Nivel de radiación: 1.7 microsieverts/h (por Anaïs Tondeur)

Malpighia spicata, fotograma en papel de algodón, 2011-2016
Zona de exclusión de Chernóbil, Ucrania
Nivel de radiación: 1.7 microsieverts/h
(por Anaïs Tondeur)

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[1] Rachel Nuwer, Forests Around Chernobyl Aren’t Decaying Properly, Smithsonian Magazine, March 14, 2014.

[2] Cf. Jacques Derrida, Demeure. Paris: Galilée, 1998

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Extracto del libro The Chernobyl Herbarium: Fragments of an Exploded Consciousness (Open Humanities Press, 2016), de Michael Marder y Anaïs Tondeur.

Traducción de Amanda Olivares y Camilo González.

 

 
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