La literatura y la ley

La literatura y la ley

 
Arte moderno II,  de Werner Büttner, 1981

Arte moderno II, de Werner Büttner, 1981

Cuando Sir William Blackstone dejó Oxford en 1744 para ingresar a uno de los colegios de abogados (Inns of Court) en Londres, escribió “The Lawyer’s Farewell to his Muse”, creyendo que “la discusión en las cortes y la obstinada ley” prometían “no dejar lugar para la paz, no dejar lugar para ti— / Adiós, ninfa celestial, ¡adiós!”. Un siglo y medio después, al pronunciar un discurso de graduación en la Universidad de Brown en 1897, Oliver Wendell Holmes Jr. recordaba la triste reputación del Derecho cuando comenzó su estudio: “Uno veía que los artistas y los poetas se alejaban de él como de un mundo extraño. Uno dudaba de si podría ser digno del interés de una mente inteligente”.

Esos dos eminentes juristas se habrían quedado perplejos ante la conjunción de literatura y derecho en boga que en los últimos quince años ha cautivado a algunas de las más briosas mentes de los Estados Unidos, donde la teorización y la politización de ambos campos—junto con la tendencia hacia los estudios interdisciplinarios—han facilitado su unión. El acercamiento general de los estudios jurídicos hacia las humanidades está inspirado por el Instituto de Derecho y Humanidades (establecido en la Escuela de Derecho Cardozo, en Yeshiva University), que patrocina simposios anuales y publica un boletín llamado The Mediator, así como por la nueva Yale Journal of Law and the Humanities. La reunión anual de la Modern Language Association en diciembre de 1988 incluyó una sesión especial titulada “El nuevo diálogo del derecho y la interpretación literaria”, mientras que en el Humanities Research Institute de la Universidad de California, el grupo de investigación residente en la primavera de 1989 se dedicó a “La interpretación y la ley”. Varias revistas jurídicas —notablemente en Rutgers y Texas, pero también en Maryland, Stanford, Harvard y Georgia—, al igual que revistas literarias como Critical Inquiry, han dedicado páginas al tema. Cada vez más escuelas de Derecho y universidades ofrecen cursos sobre literatura y derecho; en la Universidad de Duke, el crítico literario Stanley Fish enseñó recientemente un curso sobre contratos junto con un colega abogado.

Tras la aparición en 1973 de la antología para estudiantes de Derecho hecha por James Boyd White, The Legal Imagination (edición abreviada, 1985), el flujo constante de publicaciones justificó la inclusión de “Literatura y Derecho” por Richard Weisberg y Jean-Pierre Barricelli en Interrelations of Literature (Modern Language Association, 1982). Los años ochenta han sido testigos de la aparición de volúmenes adicionales: las colecciones de ensayos de White sobre la retórica de los textos legales y literarios, When Words Lose Their Meaning (1984) y Heracles' Bow (1985); un estudio del resentimiento nietzscheano en la ficción moderna, The Failure of the Word (1984), de Richard H. Weisberg; el libro de Robert A. Ferguson Law and Letters in American Culture (1984) sobre la época revolucionaria y posrevolucionaria; y el de Brook Thomas, Cross examinations of Law and Literature (1987) sobre el Renacimiento Estadounidense.

Esto difícilmente ha de ser motivo de asombro. El Derecho ha proporcionado el fundamento para la cultura humana desde esos legendarios portadores de la ley con nombres sospechosamente similares reputados de haber recibido la ley de manos de las deidades: Manu, el ancestro hindú de la humanidad que formuló el código de la ley brahmánica; Minos, el rey-legislador de Creta, cuya justicia fue recompensada con el cargo de juez supremo del inframundo; y Moisés, que regresó de su encuentro con el Señor en el Monte Sinaí con las dos Tablas de la Ley en piedra, que han gobernado al pueblo de Israel desde entonces.

Mientras que los legisladores míticos se encuentran al comienzo de la cultura humana, los grandes códigos legales a menudo marcan las primeras etapas de la civilización registrada. Con la Sumeria y Acadia arcaicas tardías estamos familiarizados en gran medida a través del código que Hammurabi hizo que se inscribiera en un pilar de ocho pies de piedra negra en Babilonia. Los primeros cinco libros del Antiguo Testamento, el Pentateuco o Torá (que significa “ley”), constituyen un catálogo de las primeras ordenanzas civiles de los israelitas. Las Doce Tablas, promulgadas en los primeros años de la República (451-450 a. de C.), encarnan los fundamentos del derecho romano. Toda esta evidencia sugiere que, si en el principio era el verbo, los abogados no estaban muy atrás.

Retrato de un hombre,  por Quentin Massys, c. 1510

Retrato de un hombre, por Quentin Massys, c. 1510

Que un tema tan central en la cultura humana encuentre su reflejo en las obras literarias no es sorprendente. La preocupación griega por la ley, evidente en la República de Platón y en la Política de Aristóteles, domina la tragedia clásica desde el principio —de manera destacada en las Euménides y en Antígona. Conocemos el derecho medieval a partir de textos que van desde las sagas islandesas hasta los Cuentos de Canterbury, mientras que la “jurisfilia” que acompañó a la emergente sociedad burguesa del Renacimiento es igualmente evidente en las obras de Shakespeare y en Don Quijote. Balzac, Dickens, Melville y Dostoievski estaban obsesionados con sus respectivos sistemas legales decimonónicos. El proceso de Kafka y El extranjero de Camus ejemplifican la moderna infatuación literaria con la jurisprudencia.

No había necesidad de esperar a que los estudiosos jurídicos y literarios estadounidenses de los años setenta y ochenta señalaran esta venerable asociación. Entre los primeros estudiantes del tema se contaron los hermanos Grimm, quienes encontraron los textos literarios por los cuales son conocidos popularmente—los cuentos de hadas, los mitos, las sagas—en el curso de sus ocupaciones jurídicas. Jacob Grimm descubrió por primera vez los principales manuscritos literarios medievales en 1805 mientras trabajaba en París como asistente de investigación de Friedrich Karl von Savigny, quien estaba preparando su obra magna sobre el derecho romano en la Edad Media. El interés de Grimm se desplazó cada vez más hacia lo que él llamó en un ensayo temprano (de 1815) la poesía en el derecho, que postulaba la fuente común del derecho y la literatura en el asombro y la fe.

Desde Grimm, el estudio del derecho en la literatura ha ocupado a generaciones de eruditos en Alemania. El influyente ensayo de Rudolf Jhering sobre los derechos personales, La lucha por el derecho (1872), que fue traducido al inglés (1879) y a otros idiomas europeos, basó su evidencia en el relato de Kleist, Michael Kohlhaas, y en otros textos literarios. En 1912, un juez llamado Georg Müller publicó un enorme volumen que detallaba la centralidad de la ley en el Fausto de Goethe. Tan frecuente era la conjunción del estudio de las leyes y la producción literaria en Alemania que Eugen Wohlhaupter pudo compilar una obra de tres tomos sobre abogados literarios—Dichterjuristen (1953-1957). En 1986, la Sociedad Heinrich von Kleist dedicó su reunión anual a un coloquio sobre el papel del Derecho en la vida y obra de ese gran escritor prusiano.

Estas dimensiones históricas y comparativas están ausentes en la mayoría de los estudios estadounidenses recientes. En su colección de ensayos, Interpreting Law and Literature: A Hermeneutic Reader, Levinson y Mailloux, reúnen a todos los sospechosos de siempre. James Boyd White está representado con un análisis retórico de las dos opiniones principales en el caso Olmstead v. Estados Unidos, que ilustra las diferencias y similitudes ambivalentes entre la opinión mayoritaria “literalista” del presidente del Tribunal Supremo juez Taft y la disidencia “expositiva” del juez Brandeis en ese clásico examen de la Cuarta Enmienda. Richard Weisberg examina el segundo ensayo de Genealogía de la moral de Nietzsche para argumentar que el favorito de los deconstructivistas ha sido conminado recientemente por los abogados debido a su vinculación de una precisión textual filológica con un poderoso impulso por la justicia. Encontramos el caso de Fish v. Fiss, originalmente disputado en las páginas de Stanford Law Review, en el que Stanley Fish se opone a la noción de “objetividad limitada” del estudioso jurídico Owen M. Fiss, según la cual cualquier actividad interpretativa debe ser gobernada por las reglas de autoridad conferidas por una comunidad. (Mientras Fiss defiende la necesidad de reglas para oponerse a lo que él considera como el “nihilismo” del movimiento deconstructivo, Fish objeta que las reglas son en sí mismas textos y, por lo tanto, también necesitan interpretación).

Leptotyphlops carlae  sobre un  quarter  estadounidense,  por Blair Hedges (Penn State University), 2003 ( fuente )

Leptotyphlops carlae sobre un quarter estadounidense, por Blair Hedges (Penn State University), 2003 (fuente)

Como su título lo indica, este conjunto de textos no se ocupa principalmente de la ley y la literatura, sino de la hermenéutica o teoría de la interpretación. El enfoque principal en los textos jurídicos más que en los literarios se sugiere por el énfasis del título, que da prioridad a la ley, y lo confirman los propios ensayos. De las 24 piezas reimpresas, 20 aparecieron originalmente en revistas de derecho o en volúmenes sobre la Constitución, y 14 de los 23 autores son abogados. El índice cita sólo 10 escritores literarios, y los ensayos citan no más de 5 breves textos poéticos.

El foco central para casi todos los autores es la Constitución de los Estados Unidos. Como observa Philip Bobbitt, “el tema central en el debate constitucional de los últimos veinticinco años ha sido la legitimidad de la revisión judicial de las cuestiones constitucionales por parte de la Corte Suprema de los Estados Unidos”. En consecuencia, el volumen se abre con declaraciones representativas de las dos posiciones básicas. La postura conservadora identificada con figuras como el juez Robert Bork y el juez William Rehnquist se resume en la teoría de la “jurisprudencia de la intención original” del entonces Fiscal General Edwin Meese (ejemplificada aquí no por su conocido discurso en 1985 ante la American Bar Association sino por su “Discurso ante el Capítulo del Distrito de Columbia de la División de Abogados de la Federalist Society” en 1986). La visión liberal del activismo judicial se expresa en la contribución del juez William J. Brennan Jr. a un simposio de 1986 sobre “Texto y enseñanza”, en el que argumenta que la ambigüedad de las “generalidades majestuosas” de la Constitución exige la interacción del lector y el texto en la “búsqueda incesante del ideal constitucional de la dignidad humana”.

Una vez que se han presentado las polaridades, los ensayos siguientes repasan las principales posibilidades hermenéuticas en el derecho y en la literatura por igual: el intencionalismo, el formalismo y la objetividad. Charles Fried, ex fiscal general, cree que uno puede usar el soneto 65 para probar por analogía: “Así como podemos entender el significado de Shakespeare, también podemos entender el significado de los autores en la Constitución”. Michael Hancher sugiere de manera juguetona pero persuasiva que el género jurídico de las últimas voluntades y testamentos implica precisamente las mismas exasperantes cuestiones sobre las intenciones de los autores que desconciertan a los críticos literarios. Kenneth S. Abraham sensiblemente decide que “las diferencias entre la interpretación legal y la literaria, por tanto, son diferencias en las comunidades de interpretación”. El mundo literario simplemente carece de una autoridad central análoga, por ejemplo, a la Corte Suprema o, en religión, al papa. Como observó una vez el juez Robert Jackson acerca de la Corte Suprema: “No somos la respuesta última porque seamos infalibles, sino que somos infalibles sólo porque somos los últimos”. La teoría literaria reciente, por el contrario, en sus esfuerzos frenéticos para evitar cualquier tipo de cierre, también ha eliminado la posibilidad de cualquier autoridad crítica vinculante.

Mientras los intencionalistas miran al contexto histórico, los formalistas—como los Nuevos críticos a quienes a menudo se los compara—, se preocupan principalmente del lenguaje de la Constitución. Frederick Schauer sostiene que las “búsquedas quijotescas de la certeza” en realidad interfieren con nuestra comprensión de la Constitución, que él propone como una metáfora que limita sin determinar el sentido en la medida en que muchas de sus frases—por ejemplo, “libertad de expresión”— están cargadas de teoría y requieren para su comprensión conocimientos desde el dominio de la moral o la política. Según Sanford Levinson, es la pérdida de certeza—de la creencia en alguna instancia de autoridad—lo que ha generado la “ansiedad generalizada” que vincula la teoría legal y la literaria contemporáneas y que crea el paralelismo entre los desarrollos en los dos campos. Citando a Harold Bloom para establecer una analogía entre jueces “fuertes” y poetas “fuertes” quienes lograron plenas malas lecturas del pasado, Levinson argumenta que “hay tantas lecturas plausibles de la Constitución de los Estados Unidos como versiones de Hamlet”. Mark V. Tushnet rechaza las dos principales teorías constitucionales sobre la base de que tanto el interpretativismo como los principios de neutralidad requieren continuidades estables derivadas de la historia o los principios legales. Como su crítica niega tales continuidades, él arguye que los jueces deben estar al tanto de las “comunidades de comprensión” que proporcionan sentido. Walter Benn Michaels nos recuerda sobriamente que los jueces tienen una responsabilidad diferente al enfrentarse a sus textos—por ejemplo, los contratos—que los críticos literarios: “no porque el lenguaje jurídico sea menos tolerante a la ambigüedad que el lenguaje poético; es porque la institución del derecho menos tolerante a la ambigüedad que la institución de la crítica literaria".

La sección Objetividad, que comienza con la controversia Fish-Fiss, ejemplifica hasta qué punto las categorías no legales han invadido recientemente los estudios jurídicos. En una aguda reseña de Una cuestión de principios, de Ronald Dworkin, notablemente su ensayo central, En qué se parece el derecho a la literatura, Jessica Lane cuestiona la idoneidad de la “incursión en la teoría literaria” de Dworkin sobre la base de que el derecho y la literatura responden a las diferentes necesidades y circunscripciones humanas y usan “interpretación” para propósitos completamente distintos. En su Ensayo sobre la deconstrucción de la doctrina del contrato, Clare Dalton aplica las técnicas de Derrida en un esfuerzo por demostrar que los contratos, como mucha literatura, son relatos humanos explotados por la clase dominante para crear orden, poder y, finalmente, una realidad mal representada. Y David Couzens sostiene que el movimiento de los estudios legales críticos se asemeja a la deconstrucción en su común negación nihilista de que sea posible una única lectura apropiada y que la justificación sea posible.

Mientras que los ensayos de la segunda sección exponen las insuficiencias y ambigüedades de los argumentos convencionales sobre la intencionalidad, el formalismo y la objetividad, la conclusión propone un enfoque “retórico” a la hermenéutica. Steven Mailloux sugiere que la mejor manera de responder a la pregunta sobre si el significado es creado por el texto o por el lector o por ambos, es simplemente dejar de preguntarla—dejar de seguir la teoría y, en cambio, seguir una hermenéutica retórica que explore la “tradición de prácticas discursivas en las cuales los actos de persuasión interpretativa se incrustan”. En uno de los capítulos más útiles, Philip Bobbitt esboza cinco modos arquetípicos de argumento constitucional—histórico, textual, estructural, prudencial y doctrinal—que determinan el estilo de cualquier juez (o crítico) en particular. Bobbitt propone un sexto modo: un argumento ético basado en el carácter del pueblo estadounidense expresado a través de sus instituciones. La crítica de Walter Benn Michaels se centra en dos problemas inherentes al argumento ético de Bobbitt: ¿cómo se determina el ethos estadounidense contemporáneo?; y, habiendo determinado cuál es, ¿cómo debería ayudarnos a interpretar un documento escrito por personas cuyas creencias pueden haber sido bastante diferentes?

Estatua de F. Schleiermacher en el palacio universitario de Estrasburgo  ( fuente )

Estatua de F. Schleiermacher en el palacio universitario de Estrasburgo (fuente)

Interpreting Law and Literature, tan útil como es para retratar algunas cuestiones básicas que conciernen por igual a los teóricos jurídicos y literarios, proporciona una visión notablemente blanda—monocultural, ahistórica y casi totalmente teórica—, de las potencialidades de la literatura y el derecho. Aparentemente desprevenido de lo escrito en otros países y otras décadas, los colaboradores aquí han reducido el rico y antiguo campo de estudio al único asunto de la interpretación constitucional y su ocasional analogía con la interpretación de los textos literarios. De acuerdo, la Constitución es el documento canónico de la tradición estadounidense: es importante de una manera que los textos literarios no parecen serlo. A pesar de Salman Rushdie, la lectura de textos literarios raramente tiene las graves implicaciones para la libertad e incluso para la vida o la muerte que residen en la Constitución. Algunos teóricos literarios pueden sentir que aplicando sus técnicas a la Constitución le otorgan un drama a sus enseñanzas y a sus vidas que la exposición de Wordsworth o incluso Shakespeare puede carecer, mientras que los juristas buscan en las analogías literarias una respuesta a la acusación de que el estudio jurídico ha llegado a ser cada vez más deshumanizado

Dado el énfasis unilateral del volumen en la teoría de la interpretación como el denominador común entre los dos campos, no es tranquilizador observar que el nombre del padre de la hermenéutica, Friedrich Schleiermacher, está constantemente mal escrito—en el prefacio, las notas y el índice. Esto no es simplemente una queja pedante. El error es sintomático no solo de una indiferencia ante los hechos históricos, sino también, más reveladoramente, de un malentendido de la historia del proyecto hermenéutico. Steven Mailloux, uno de los editores, comienza su recuento sobre la institucionalización de las humanidades con la situación de las décadas de 1870 y 1880, cuando "la universidad estadounidense expandió su plan de estudios para incluir disciplinas científicas y humanísticas previamente ignoradas, y utilizó el modelo de investigación científica alemana para su concepción de la producción de conocimiento". Esto es bastante cierto hasta donde alcanza, pero no va lo suficientemente lejos y, por lo tanto, crea una impresión engañosa. En Alemania, como lo ha señalado Laurence R. Veysey en The Emergence of the American University (1965), el sistema de investigación que impresionó a los académicos estadounidenses no fue únicamente ni siquiera especialmente el practicado por las ciencias naturales, que llegaron tarde a la escena universitaria, sino los seminarios históricos de Ranke en Berlín, basados a su vez en los seminarios de filología clásica de finales de siglo XVIII en Göttingen y Halle, que estaban en deuda con los métodos desarrollados por los teólogos para la interpretación de los textos bíblicos. Como sabemos por The Eclipse of Biblical Narrative: A Study in Eighteenth and Nineteenth Century Hermeneutics (1974), de Hans W. Frei, los sofisticados modos de interpretación perfeccionados por Schleiermacher a principios del siglo XIX en Berlín se estaban desarrollando y empleando ampliamente para los sermones, no solo en Alemania, sino también en Inglaterra y los Estados Unidos, durante los mismos años en que la Constitución Americana era debatida y escrita por los autores de ella que a menudo poseían una cierta formación teológica y considerable sofisticación hermenéutica (por ejemplo, James Madison). El punto de partida apropiado para un enfoque hermenéutico sistemático sobre la literatura y el derecho podría ser la hermenéutica bíblica contemporánea a la redacción de nuestra Constitución. (Sólo Weisberg se refiere brevemente a los intereses hermenéuticos de los redactores de la Constitución). Ignorar esa congruencia revela no sólo inocencia histórica sino también falta de rigor metodológico. El giro hacia la teoría como el común denominador en los estudios de literatura y derecho sugiere un cierto seguimiento fácil de las tendencias—una forma de hablar de grandes temas sin el conocimiento requerido por un enfoque histórico riguroso.

Que Richard Posner no figure en Interpreting Law and Literature se justifica en la medida que sus primeros escritos sobre derecho y literatura datan solo de 1986. En cualquier caso, Posner, que es descartado como “simple profesor de derecho conservador”, difícilmente habría sido bienvenido entre estos sacerdotes de la alta teoría y los estudios legales críticos. Juez del Tribunal Federal de Apelaciones en el Séptimo Circuito, Posner también ha escrito una teoría económica del derecho basada en el principio de la maximización de la riqueza que se expone en The Economics of Justice (1981). Un autodenominado “intencionalista” en la interpretación de la Constitución e integrante del New Criticism en la literatura, Posner se enfrenta a muchos de los colaboradores de Interpreting Law and Literature en su ambición de proporcionar “un recuento general y una evaluación del ámbito del derecho y la literatura”.

Partiendo del supuesto de que tanto los críticos literarios como los abogados son lectores prolijos y escrupulosos, él nos recuerda que ellos se ocupan de materiales completamente diferentes. A diferencia de las obras literarias, que generalmente se leen mediando la suposición de que fueron compuestas deliberadamente por un solo autor, las leyes y las constituciones se escriben con apuro por comités de legisladores con objetivos a menudo divergentes. Siendo este el caso, los trabajos del crítico y del juez son totalmente diferentes. Mientras el juez tiene la responsabilidad social a través de su interpretación de avanzar en la empresa común del gobierno desde su posición de autoridad, el crítico tiene la libertad de la mala lectura juguetona de la obra literaria. El juez tiene el poder de coerción; el crítico, la necesidad de la persuasión. Concediendo a Levinson que la Constitución plantea tantos genuinos enigmas como Hamlet, él concluye que “los dos conjuntos de enigmas son tan diferentes unos de otros que es poco probable que un erudito de Hamlet tenga algo útil que decir acerca de la Constitución o que un estudioso constitucional algo útil que decir sobre Hamlet”. Dada la diferencia en la naturaleza de los textos, Posner arguye también que el análisis de Fried sobre el soneto 65 es irrelevante para la interpretación de la Constitución. Y acusa a la “comunidad interpretativa” de Fish de ser un mal nombre porque no interpreta en ningún sentido aceptado sino que simplemente impone su propio sentido sobre el texto. Sobre la aplicabilidad de la teoría literaria tanto por la Derecha jurídica como por la Izquierda jurídica, Posner dictamina que “uno no puede sostener la interpretabilidad de la Constitución a partir del Soneto 65 más que sostener la inescrutabilidad de la Constitución a partir de Hamlet”.

Si bien Posner es escéptico en relación al valor de la empresa hermenéutica, declara un limitado entusiasmo en relación al análisis literario de las opiniones legales—esto es, los esfuerzos por revisar y refinar los conceptos extraídos del derecho consuetudinario o las leyes. En un brillante capítulo que se mueve desde un análisis de El segundo advenimiento de Yeats, la súplica de Crises en la Ilíada y el discurso de Marco Antonio en Julio César hasta la lectura de las opiniones de los jueces Holmes, Marshall, Brandeis y Cardozo, Posner señala el punto de que además de persuadir por el poder de la lógica, tanto la ley como la literatura están familiarizadas con la persuasión mediante la simple fuerza de la retórica. Pero, si Posner parece acercarse a los “hermenéuticos retóricos” de The Hermeneutic Reader al reconocer la dimensión retórica, rechaza lo que considera el alto nivel de generalidad del enfoque retórico de White. Entre la lógica (o la teoría) y la retórica, Posner señala un “dominio de la razón práctica” común tanto a la ley como a la literatura. Es aquí, jamás de la teoría literaria, donde los jueces pueden aprender de la literatura los “valores artesanales” de la imparcialidad, la pulcritud y la concreción que constituyen la integridad de la obra de arte y afectan la valoración moral y estética de la obra.

Muerte y entierro del confesor,  reproducción de un fragmento del tapiz de Bayeux en  The Book of Days,  1863 ( fuente )

Muerte y entierro del confesor, reproducción de un fragmento del tapiz de Bayeux en The Book of Days, 1863 (fuente)

Mientras que los dos capítulos recién discutidos constituyen una crítica bien informada y de sentido común de dos de las principales aproximaciones al derecho y la literatura—el enfoque teórico de los hermeneutas y el enfoque retórico de White y sus seguidores, otros dos capítulos parecen desproporcionados en la reacción del autor hacia posiciones estrafalarias. Posner nos dice que su interés en el movimiento Derecho y literatura fue provocado por un ataque en 1985 a sus escritos por Robin West, un defensor de los estudios legales críticos. West, leyendo la ficción de Kafka como una crítica del capitalismo, intentó refutar la teoría económica del Derecho de Posner con el argumento de que los personajes de Kafka consienten en las transacciones no para maximizar su bienestar sino por el deseo de someterse a la autoridad (Harvard Law Review, 1985). Dos perspectivas legales sobre Kafka es la respuesta de Posner a ese ataque. Posner entiende perfectamente que el gobierno y la ley constituyen para Kafka una metáfora, no una realidad. Sin embargo, él engrandece la ingenuidad literaria de West y su agenda política al aceptar contrafácticamente, para los propósitos del argumento, la premisa de que las obras de Kafka deben leerse literalmente y sus personajes deben ser aceptados como reales. Aunque la ética de la libre elección es un tema urgente que trasciende la teoría económica, el foro apropiado para discutir un tema de una importancia tan abrumadora no es el extraño dominio judicial del mundo ficticio de Kafka.

Tal exageración es evidente en El tratamiento literario de la injusticia legal, que equivale a una reseña detallada de The Failure of the Word, de Weisberg. La tesis de Weisberg es que “el protagonista como abogado en la ficción moderna”—principalmente en Crimen y castigo, Los hermanos Karamazov, El extranjero y, sobre todo, Billy Budd—delata actitudes y métodos que anticipan el antisemitismo, el nazismo e incluso el Holocausto. Weisberg cree que el hombre, esencialmente bueno por naturaleza, ha sido corrompido por el cristianismo y por la ley en los peores excesos del siglo XX. Posner expone con facilidad las debilidades de la interpretación de Weisberg, que ve en Billy Budd, por ejemplo, un noble salvaje corrompido por un Claggart parecido a Cristo y condenado por el distorsionado legalismo del Capitán Vere. Si bien Posner aplaude el esfuerzo de Weisberg por identificar en la literatura asuntos fundamentales de la jurisprudencia—entre la ley y la justicia, el legalismo y la civilización, el derecho y otras formas de moralidad institucionalizada—condena la tendenciosidad que lleva a Weisberg a su énfasis fuera de lugar y sus conclusiones impulsadas por la política.

Cuatro de los capítulos de Posner alcanzan, entonces, a ser revisiones críticas del ámbito del Derecho y la literatura. Sólo en los dos primeros capítulos, Posner presenta sus pensamientos no mediados sobre el tema. Refiriéndose a la teoría ampliamente aceptada de que el Derecho se origina en la venganza y que muchas doctrinas legales equivalen a poco más que un cauce para la revancha, Posner dedica su capítulo inicial a demostrar la forma en que el Derecho y la literatura pueden interactuar de manera productiva. Desde las leyendas clásicas de los Atridas hasta los dramas renacentistas como La tragedia española y Hamlet, desde Michael Kohlhaas, de Kleist hasta la reelaboración de esa obra maestra en Ragtime, de E. L. Doctorow, la venganza ha proporcionado uno de los grandes temas de la literatura. Después de una revisión de la venganza como prototipo legal y género literario, Posner analiza la Ilíada y Hamlet para demostrar cómo cualquier comprensión adecuada de la venganza en la literatura debe ir más allá de la vinculación del abogado con la justicia y el orden hasta las visiones obtenidas de la biología, la antropología, la crítica literaria, la historia, la psicología y la economía. Según Posner, los temas “legales” más interesantes en la literatura trascienden el interés y el conocimiento especializados de los abogados en la medida en que tiene que ver con la justicia en el más amplio sentido.

Esta perspectiva lleva a Posner a argumentar que, a pesar de la frecuencia de los temas jurídicos en la literatura, la ley figura más a menudo como una metáfora que como un objeto de interés en sí mismo. Posner razonablemente concluye que los aspectos del derecho que les interesan a los escritores más importantes tienden a ser los más generales y que, a la inversa, cuanto mayor es la generalidad de las referencias jurídicas, menos probabilidades tienen de abordar los conocimientos del abogado. A este fin, Posner discute tres novelas aparentemente “jurídicas”—Lo justo y lo injusto, de James Gould Cozzens; Wilson Cabezahueca, de Mark Twain, y El extranjero, de Albert Camus—argumentando que tienen menos que ver con el derecho que con, respectivamente, los ritos de pasaje, el triunfo de la racionalidad y la visión del mundo burguesa cristiana. Una discusión sobre El mercader de Venecia, Doctor Faustus y Antígona le da la oportunidad de analizar concepciones opuestas del derecho (por ejemplo: formalismo versus realismo, ley versus equidad, derecho positivo versus derecho natural) en Shakespeare, Marlowe y Sófocles. Finalmente Posner observa que las obras de Kafka y Dickens, a pesar del legalismo manifiesto que colorea tantas de ellas, no son alegorías de la ley sino, respectivamente, metáforas para la búsqueda del sentido humano en un universo engañoso y una crítica de la equidad en el Tribunal de la Cancillería.

Aunque sus críticas lo llevan a concluir que el estudio interdisciplinario del derecho y la literatura no transformará radicalmente ninguna de las dos disciplinas, Posner reconoce algunas conexiones promisorias entre ambos campos—de manera especial en el estudio de la ficción con temas jurídicos, el análisis de la retórica jurídica y literaria, la comprensión de los juicios como teatro y la regulación legal de la literatura. Debido a que la ley en la literatura es generalmente metafórica, el abogado no tiene ninguna ventaja particular en la interpretación de la literatura que trata de la ley. Pero el jurista en derecho comparado puede ayudar al lector estadounidense a comprender las características del sistema de justicia europeo que figura en muchas obras de la literatura mundial y el abogado puede ayudar a identificar características recurrentes en el tratamiento literario de la ley (por ejemplo, el juicio como enfrentamiento dramático) . Por el contrario, Posner cree que el derecho, tal como se enseña actualmente, ha de devenir mucho más teórico antes de que sea capaz de incorporar productivamente los conocimientos de una teoría literaria más sofisticada. A medida que los abogados conozcan cada vez más la teoría literaria contemporánea, apreciarán las diferencias entre los textos legales y los literarios y las limitaciones de sus propias técnicas de construcción legislativa.

Posner está justificadamente afligido por la actual exageración del derecho y la literatura como campo interdisciplinario, especialmente cuando promete exponer las raíces del fascismo (Weisberg), desenmascarar los defectos más profundos del capitalismo (West), humanizar la ley o resolver los antiguos enigmas de la objetividad. Por el contrario, únicamente dañamos la literatura si abusamos de ella para fines políticos. Sin embargo, Posner concede al movimiento un lugar en el plan de estudios de las escuelas de derecho—no sólo como una introducción para los a menudo pobremente educados estudiantes de derecho a la historia y la filosofía jurídicas, sino para la enseñanza de la escritura jurídica a través del estudio de la retórica. Él concluye con una saludable advertencia contra el diletantismo que constituye el peligro más grave en cualquier campo interdisciplinario—una advertencia que muchos autores de los artículos de Interpreting Law and Literature bien podrían tomar en serio.

Ilustración en el libro  The Laws of Harmonious Colouring, de David Ramsay Hay, 1838 ( fuente )

Ilustración en el libro The Laws of Harmonious Colouring, de David Ramsay Hay, 1838 (fuente)

Sin embargo, a pesar de todas las diferencias entre los dos volúmenes, de la validez de las reservas críticas de Posner con respecto a la hermenéutica y la amplitud de sus propios puntos de vista, notamos similitudes. En primer lugar, ambos títulos indican la perspectiva de los autores: se trata principalmente de abogados que estudian la literatura y la teoría literaria—un campo interdisciplinario en el que los estudiosos literarios aún desempeñan un papel menor. Esto explica no solo las debilidades mencionadas antes—la aplicación literalista hecha por Fried de Shakespeare a la interpretación constitucional o la comprensión simplista de West de los personajes de Kafka como si fueran reales—, sino también, aunque en otro plano de sofisticación, la aparente falta de familiaridad de Posner con la extensa literatura secundaria sobre el motivo de la venganza en la literatura mundial (véase, Blutrache en el léxico temático de Elisabeth Frenzel, Motive der Weltliteratur [3ª ed., 1988]). En segundo término, el hecho de ser primordialmente abogados estadounidenses los representados aquí explica el enfoque en la Constitución, el common law anglosajón y los procedimientos legales de Estados Unidos, aunque el tema tiene un alcance potencialmente internacional. Esto está relacionado con el hecho, en tercer lugar, de que ambas obras se muestran—a pesar de la distracción que producen las largas notas al pie, que en el libro de Posner a menudo ocupan la mitad de la página—una perspectiva estrechamente monolingüe en un campo que es por definición comparativo.

La especial agenda de los estudios más recientes de Derecho y literatura impide la comprensión de esos dos ámbitos como expresiones distintas de factores históricos y sociales idénticos. ¿Qué produjo, por ejemplo, el conspicuo interés en los contratos en la literatura europea del Renacimiento o la literatura alemana del período romántico (por ejemplo, el Fausto de Goethe, el Der Freischütz (“El cazador furtivo”) de Weber, el Peter Schlemihl de Chamisso y otros textos?). ¿Cuál es el efecto de su formación jurídica en el estilo de la prosa de Kleist o Kafka o Stendhal (a quien le gustaba disponerse a escribir todos los días leyendo algunos párrafos del Código de Napoleón)? ¿Cómo se reflejan las grandes codificaciones de Prusia (1794), Francia (1804) y Austria (1811), y el trauma social que produjeron, en la literatura contemporánea? Casos como estos no serán oídos hasta que los abogados patrocinantes de la hermenéutica estén equilibrados en el tribunal de la literatura y el derecho por el abogado defensor de la historia.

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Interpreting Law and Literature: A Hermeneutic Reader
Sanford Levinson y Steven Mailloux (eds.)
Northwestern University Press
1988

Ley y literatura
Richard Posner
Traducción de Pilar Salamanca y Marina Muresán
Editorial Cuatro y el gato
2004

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Traducción de Patricio Tapia. Publicado originalmente en The Sewanee Review, 99-1 (1991). Se publica con la gentil autorización del autor y The Sewanee Review.

 
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