La cabeza de la Gorgona

La cabeza de la Gorgona

 
Perseo y Andrómeda,  de Julius Troschel, c. 1840-1850 ( fuente )

Perseo y Andrómeda, de Julius Troschel, c. 1840-1850 (fuente)

Cuando tenía ocho años, mi padre nos llevó a mi hermana y a mí de viaje en tren desde Johannesburgo a Port Elizabeth. En el tren nos leyó la historia de Perseo y la muerte de la Gorgona Medusa en un libro de cuentos infantiles basados en mitos griegos.

El rey Acrisio de Argos había consultado al oráculo sobre cuánto tiempo viviría. El oráculo declinó darle un número exacto, pero le dijo que sería muerto a manos de su nieto. El rey Acrisio, aterrorizado, hizo encerrar a su hija Dánae en una cámara que no tenía ni puertas ni ventanas.

Pero Zeus, el rey de los dioses, logró verla a través de una grieta en las paredes. Entró a la pieza en la forma de una lluvia de oro, seduciendo a Dánae y dejándola embarazada. No recuerdo bien cómo mi padre se las arregló para contarle esta parte a un niño de ocho años. Pero la cosa es que Dánae tiene un hijo, y el rey Acrisio — furioso, aterrorizado — hace que Dánae y el pequeño Perseo sean encerrados en un cofre de madera y que ese cofre sea arrojado al mar.

Pero, en vez de hundirse, el cofre y sus dos tripulantes atracan en la costa de la isla de Serifos. Un pescador recoge a Dánae y su hijo, y Perseo con el tiempo llega a ser un joven ágil y fuerte.

El rey de Serifo, Polidectes, ha oído de la belleza de Dánae y la quiere como su concubina, pero temeroso de la ira protectora del hijo, envía a Perseo en una misión suicida.

Perseo es enviado a matar a la Gorgona Medusa. Las Gorgonas son tres hermanas demasiado horribles como para verlas. Su cabello está formado por serpientes vivas y, al mirarlas, uno se transforma en piedra.

Perseo comienza su viaje y es bendecido. Se le entregan unos zapatos alados para hacerse más ligero. Se le entrega una capa de invisibilidad. Y se le entrega un escudo reflectante, para que, en vez de mirar directamente a Medusa, pueda hacerlo a través del reflejo de ella en el escudo. Encuentra la cueva donde viven las Gorgonas, y ahí mata a Medusa.

Antefija de cabeza de Gorgona,  IV a. C., Grecia ( fuente )

Antefija de cabeza de Gorgona, IV a. C., Grecia (fuente)

Perseo, que ha oído sobre el oráculo que vaticinó la muerte de su abuelo, decide ahora regresar a su tierra ancestral, para mostrarle al rey Acrisio que no le guarda rancor, que no desea ni necesita matarlo. Que todo ha resultado bien al final.

En tanto, han llegado a Argos las noticias: que Perseo ha muerto a la Gorgona Medusa y que va camino a Argos. El rey Acrisio inmediatamente recuerda el oráculo y sabe que Perseo va camino a matarlo. Entonces el rey Acrisio abandona su reino y su isla, vestido con un sayo, como un mendigo. Perseo está llegando a la isla de Argos, pero decide parar en la isla vecina de Larisa, para participar en una competencia atlética que ahí se celebra.

Si obtiene la corona de laureles, se la ofrendará a su abuelo en señal de paz. Perseo participa en el lanzamiento del disco. Las tribunas están llenas; hay expectación en el aire. Perseo lleva el disco de piedra en su mano izquierda. Toma impulso, se balancea adelante y atrás, su cuerpo ondulante agarra fuerza.

Lleva el disco hacia su mano derecha, se inclina hacia atrás y arroja el disco. Vuela por sobre la cancha de pasto, supera las marcas de los otros competidores. El disco se eleva muy alto, por sobre el pasto y llega a las tribunas. En la última fila de asistentes, se detiene, golpeando a un viejo, un mendigo, vestido de sayo — y lo mata.

Para mí esto era insoportable. Si solo el viejo no se hubiese sentado ahí. ¿Por qué no se sentó a la izquierda o a la derecha? Habría estado a salvo. ¿Por qué Perseo participó en esa competencia? ¿Por qué tenía que andar mostrándose? ¿Por qué el viejo tenía que escapar de Argos?

¿Cómo podía ser que tantos eventos azarosos, que tantos elementos improbables — el disco, el disfraz de mendigo, la fecha de la competencia — conspiraran para realizar la predecible inevitabilidad? Puede ser que cada paso que doy, o que no doy, sea el equivocado. Puede ser que cada decisión que parece sin importancia lleve a consecuencias mucho más grandes. Que cada decisión sea la decisión equivocada.

Si Perseo o su abuelo simplemente hubiesen leído la última página del libro, todo esto podría haberse evitado. Pero una vez lanzado, el disco no puede retractarse.

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Texto publicado originalmente en Lapham’s Quarterly (volumen IX, número 3, verano 2016). Versión online aquí.

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Traducción de Domingo Martínez. Agradecemos a Anne McIlleron y al autor.

 
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