Mensaje en una botella: Celan, Tucholsky, Brecht

Mensaje en una botella: Celan, Tucholsky, Brecht

 
Botellas en un museo en Creta,  por Brazsil, 2019

Botellas en un museo en Creta, por Brazsil, 2019

I. Paul Celan

En 1958 Paul Celan es condecorado con el Premio de Literatura de Bremen. En su discurso de agradecimiento se refiere a la poesía con las siguientes palabras:

El poema, ya que es de hecho una manifestación del lenguaje y, por lo tanto, en esencia, de naturaleza dialógica, puede ser un mensaje en una botella, abandonado en la creencia—ciertamente no siempre llena de esperanza—de que podría ser arrastrado en algún momento y lugar a la costa, a Heartland [Herzland] quizá. Los poemas también están, del mismo modo, en tránsito: se dirigen hacia algo. ¿Hacia dónde?  Hacia lo abierto, hacia un espacio posible de ocupar, quizá hacia un tú capaz de reaccionar, hacia una realidad capaz de reaccionar. Tales son las realidades, creo, que ocupan al poema.

En resumidas cuentas, la naturaleza de un poema podría ser compendiada, siguiendo a Paul Celan, con las siguientes tres palabras: apertura, espera y (posible) encuentro. El poema es abierto, ya que no existe para alguien sino para cualquiera; se halla a la espera, pues solo se lo concibe en la esperanza—aunque a veces vaga—de que encuentre a alguien.

Ya que el poema es una manifestación del lenguaje, sugiere el laureado poeta, requiere un destinatario dentro de su horizonte. En este sentido, dirigir un poema a un otro no se trataría de una elección, sino más bien de una condición de necesidad: no se elige usar el lenguaje de un modo dialógico, el lenguaje es dialógico. Puesto que, parafraseando a Bakhtin, todo enunciado se nutre necesariamente de signos y formas ajenas que lo preceden, del mismo modo que toda palabra proyecta una réplica y espera una respuesta.

Detalle de  Los Embajadores,  de Hans Holbein, 1533

Detalle de Los Embajadores, de Hans Holbein, 1533

El poema no carece, entonces, en grado alguno de función apelativa. Esta función, en verdad, ni siquiera se hallaría debilitada, como alguna vez se ha señalado. Su apelación sería, no obstante, de carácter abierto. En los horizontes del poema no encontramos la urgencia por una respuesta prevista e inmediata, sino que es un mensaje que se deja estar y al cual se le confía a sí mismo (y a las vicisitudes del medio y el tiempo) su rumbo—sabiendo que con ello, por cierto, se arriesga su llegada y los márgenes de su sentido. Es en todo caso en esta apuesta que se potencian sus virtuales contornos.  

Para mantenernos en la metáfora: quien escribe un mensaje en una botella no lo hace, de costumbre, para divulgar una noticia, lo hace porque espera una reacción en un tiempo y lugar incalculable: el náufrago espera su rescate; el ocioso que lanza mensajes al mar desde su tierra, espera motivar una respuesta—otro mensaje en una botella. El ocioso, en todo caso, no cuenta con la idea de que la respuesta vuelva a él, sino con la esperanza de que vuelva al mar.

En la literatura cohabitan a menudo en un mismo texto, pienso, estos dos gestos: el del ocioso que desea participar de una broma global e infinita; y, por otro lado, el de aquel náufrago que se juega la prolongación de su existencia en los trazos que dibuja en su papel. Ambos juntos, el ocioso bromista y el naufrago en peligro, hacen así posible aquella dilatada conversación del lenguaje consigo mismo que llamamos literatura.

Una escalera: hablar - escribir - callar,  por Kurt Tucholsky, 1935

Una escalera: hablar - escribir - callar, por Kurt Tucholsky, 1935

II. Kurt Tucholsky

Hace un tiempo di por casualidad con un pequeño texto de Kurt Tucholsky llamado “Saludo hacia adelante”, publicado en 1929 en el libro La sonrisa de la Mona Lisa y, anteriormente, en 1926, en el periódico alemán Die Weltbühne, bajo el pseudónimo de Kaspar Hauser.

No se trata de un poema, pero precisamente este texto utiliza la forma de “mensaje en una botella” como recurso explícito para establecer un diálogo abierto y en constante actualización. En un nivel textual el texto se dirige a un lector cualquiera del futuro—más en concreto: a aquellos que vivan después de 1985. En un nivel para-textual, no obstante, reconocemos que el destinatario implícito no es solo uno del futuro, sino también el de su presente, puesto que el texto no aparece publicado en 1985, sino mucho antes.

El texto, más o menos de una plana, lo he traducido así:

Querido lector 1985 —!

Por medio de alguna casualidad hurgueteas en la biblioteca, encuentras La Mona Lisa, te apoyas y lees. Buen día.

Estoy muy inhibido: calzas un traje cuya moda contrasta mucho con la mía de aquel entonces, también tu cerebro lo llevas de un modo completamente distinto...

Comienzo tres veces: cada vez con un tema distinto, hay que entrar en contacto... ¿no es cierto? Cada vez me rindo de nuevo ­–no nos entendemos para nada. Probablemente yo soy demasiado pequeño; tengo mi tiempo hasta el cuello, apenas miro con mi cabeza un poco sobre el nivel del tiempo... mira, lo sabía: te burlas de mí.

Todo de mí te parece pasado de moda: mi modo de escribir y mi gramática y mi actitud... ah, no me des golpecitos en el hombro, no es algo que me agrade. En vano te voy a decir lo que nos ha tocado y cómo ha sucedido... nada. Sonríes, impotente resuena mi voz desde el pasado, y tú lo sabes todo mejor. ¿Debo contarte lo que mueve a la gente en mi aldea temporal? ¿Ginebra? ¿la premier de Shaw? ¿Thomas Mann? ¿La televisión? ¿Una isla de acero en el océano que sirve de estación para aviones? Soplas sobre todo, y el polvo se eleva por metros, no puedes reconocer nada frente a tanto polvo.

¿Debo alagarte? No puedo. Por supuesto que no han resuelto aquel problema de “¿Sociedad de las Naciones o Pan-europa?”, las preguntas no son resueltas por la humanidad, sino que se las deja estar. Por supuesto que ustedes poseen para la vida diaria trescientas máquinas insignificantes más que nosotros, y por lo demás son exactamente tan estúpidos, exactamente tan inteligentes, exactamente como nosotros. ¿Qué ha quedado de nosotros? No escarbes en tu memoria, en aquello que aprendiste en la escuela. Ha quedado lo que por azar quedó; aquello tan neutral que logró colarse; aquello que es realmente grande, de aquello queda aproximadamente la mitad, y sobre ello no se preocupa nadie –solamente un poco el domingo por la mañana, en el museo. Es como si yo hoy tuviese que hablar con un hombre de la Guerra de los Treinta Años. “¿Sí? ¿Todo bien? ¿Probablemente en el sitio de Magdeburgo ha habido una gran ventisca...?” y todas esas cosas que se dicen por el estilo.

Yo no soy capaz de levantar la cabeza por sobre mis contemporáneos y establecer un diálogo sublime contigo, en ese tono aquel de: “nosotros sí que nos entendemos, pues tú, al igual que yo, eres un adelantado”. Ah, querido mío: tú también eres un contemporáneo. A lo sumo, si digo Bismarck y tienes que recordar recién quién ha sido, puedo esbozar una sonrisa: ni siquiera te puedes imaginar cuán orgullosa está la gente a mi alrededor sobre su inmortalidad... Bueno, dejemos aquello. Además ya vas a querer ir a tomar el desayuno.

Buen día. El papel ya se ha puesto del todo amarillo, amarillo como los dientes de nuestro juez regional, se te deshace allí la página bajo tus dedos... bueno, ya es bastante viejo. Ve con Dios, o como sea que ustedes llamen a esa cosa. Probablemente no tengamos mucho que contarnos, nosotros, los del montón. Nuestra vida se halla gastada, nuestro contenido se ha perdido con ella. La forma lo ha sido todo.

Ah, sí, quiero darte en todo caso la mano. Asunto de decoro.

Y ahora te vas.

Pero algo te quiero decir todavía: ustedes tampoco son mejores que nosotros y los de antes. Pero no hay huella, absolutamente ninguna—.

Un Zeppelin sobrevuela un barrio de clase obrera en  The 1920s Berlin Project,  desarrollado en el mundo virtual de  Second Life, por Jo Yardley, 2016 ( fuente )

Un Zeppelin sobrevuela un barrio de clase obrera en The 1920s Berlin Project, desarrollado en el mundo virtual de Second Life, por Jo Yardley, 2016 (fuente)

Si queremos leer este texto bajo la clave de “mensaje en una botella”, tropezaremos con una particularidad poco usual, ya que este mensaje simula, en verdad, un diálogo cerrado y presencial. Al abrir la botella, para continuar con la metáfora, ya no nos encontramos con un mensaje sino que con una fantasmagoría del pasado, que si bien nos escribe desde una orilla lejana, se esfuerza por hacer sonar su voz mientras nos intenta observar. La eficacia de este efecto dependerá, en todo caso, del grado de coincida que haya entre nuestro contexto particular y aquel que es bosquejado en el texto.

El contexto de mi lectura coincidió casi absolutamente con aquel propuesto por el texto. La primera frase describe exactamente el modo y el lugar en que llegué a él: en una biblioteca y por absoluto azar (de hecho, estaba buscando otro libro). Además, el ejemplar que tenía en mis manos era, efectivamente, una edición relativamente antigua y de hojas amarillas. Digo relativamente, pues, en realidad, no era una edición de los años veinte, sino de 1974. No obstante, el libro poseía un detalle que lo hacía parecer muchísimo más antiguo: el hecho de ser un ejemplar editado por Volk und Welt, es decir, impreso en la República Democrática Alemana (RDA)—un estado que hace ya casi 30 años que dejó de existir. De modo que el libro en cuestión efectivamente se sentía antiguo a la vista, casi como un objeto arqueológico. Vale la pena recordar en este momento que, así como el ejemplar en mis manos fue editado en un Estado cuyos límites territoriales y cuerpo político ya no existen, el texto mismo fue también escrito en un país que ya no existe y, más aún, en una ciudad hoy inexistente: el Berlín de la República de Weimar, ciudad que, como se sabe, fue destruida casi por completo durante la segunda guerra mundial—guerra a la que Tucholsky tampoco sobrevive.

El texto, no obstante, persiste. Pero no hay que confundirse: que la vida de un texto literario pueda ser muchísimo más larga que la vida de las personas, e incluso ciudades, no quiere decir que sea inmortal. Ninguna obra literaria lo es: todas están susceptibles a perderse, desaparecer; nada nos puede asegurar siquiera que la literatura de Shakespeare sea inmortal.

Por otro lado, aun cuando algún corpus literario haya logrado resistir a los embates del tiempo y posea hoy una selecta corte de especialistas que se dediquen a su preservación, difusión y estudio, lo que efectivamente leemos en esas letras preservadas, se verá siempre infectado por las turbulencias de la historia. De modo que no podemos decir que solo tenemos un texto de Tucholsky en nuestras manos, sino también y al mismo tiempo, una lectura impropia de su tiempo. Resuena, acaso, la palabra Brexit, cuando Tuchoslky dice que “por supuesto que no han resuelto aquel problema de “¿Sociedad de las Naciones o Pan-europa?”. Las preguntas no son resueltas por la humanidad, sino que se las deja estar”.

Ningún autor puede prever el futuro y calcular los potenciales sentidos que sus textos puedan llegar ofrecer; toda tinta es, en efecto, movediza. Sin embargo, hay un hecho que Tucholsky sí parece prever y con el que parece contar a la hora de escribir este texto al lector del futuro. Me refiero al estallido de la segunda guerra mundial. De hecho, un año antes de publicado “Saludo hacia adelante” en la Weltbühne, Tucholsky escribe: “estamos en ese lugar en el que estábamos en 1900. Entre dos guerras”. Esa sensación de vivir entre un pasado y un futuro marcados por la destrucción parece caracterizar tanto el tono anímico de sus palabras como su mensaje. Tucholsky no era, en todo caso, un vidente, sino un observador y lector atento del presente. El advenimiento de una gran guerra era, en este sentido, una posibilidad legible para un autor que ha sido reconocido como uno de los más agudos cronistas de su tiempo. Pero precisamente sobre ese tiempo, materia constituyente de su experticia, dice en el texto, no nos puede decir nada a nosotros: “En vano te voy a decir lo que nos ha tocado y cómo ha sucedido... nada”.

Quizá no se equivocaba, ciertamente no hay modo de revivir con palabras lo que ya yace muerto. Solo Cristo es capaz de decir “levántate, Lázaro”, y que ante nosotros desfile el difunto con sus propias piernas. En todo caso, la palabra-nada no es lo mismo que la nada—la palabra exige respuesta.

Sin título (nadador),  por Paul Thek, acrílico y gesso sobre papel de diario, 1969-1970

Sin título (nadador), por Paul Thek, acrílico y gesso sobre papel de diario, 1969-1970

 III. Bertolt Brecht

Sobre mensajes en una botella Bertolt Brecht nos ha dejado un cuento algo enigmático, titulado, sin más, El mensaje en una botella. Antes de decir nada al respecto ofrezco la siguiente traducción:

Tengo 24 años. Se dice que es una edad propensa a la melancolía. No obstante, yo no creo que sean los años la causa mi melancolía. Mi historia es la siguiente:

A los 20 años conocí a un hombre joven, en cuya cercanía me sentía más liviana. Dado que él también parecía sentirse feliz en mi presencia,  nuestra unión dependía solamente de la aprobación de nuestros padres, quienes, sin pensarlo demasiado, nos dieron su venia.  En aquella tarde en que la decisión fue tomada, él me dijo que antes de nuestra unión definitiva, quería realizar un viaje de algunos años por los trópicos. Incapaz de imponerme en su contra, no lo detuve; es más, presa de un amargo orgullo, le prometí, en forzado temple, esperarlo. Otro día me comunicó que su viaje lo mantendría más tiempo del que había previsto, que mi paciencia no sería suficiente, que su honra le prohibía exigirme, en todo caso, tal cosa; de modo que  se retracto de su compromiso. Profundamente consternada, pero aún compuesta, recibí una carta de sus manos y me hizo jurarle, con las últimas fuerzas de mi voz, que no la abriría, sino hasta pasados tres años. Nos separamos con frialdad. Pocos días después él dejó la ciudad sin despedirse, no nos volvimos a ver. Sé muy bien que mi historia de amor es cotidiana, incluso banal, pero no por eso menos amarga. Tres años mantuve la carta alejada de mí, como su autor lo había establecido—no ha de tomarse lo que a uno no le pertenece. Abrí la carta luego de tres años y encontré un papel en blanco. Es un papel blanco y delgado y completamente inodoro, carece de mancha alguna. Esto me hizo muy infeliz.

Por supuesto que al comienzo tuve solo la sensación de un papel en blanco. Pero desde entonces he pensado mucho y, paulatinamente, he comenzado a sentirme muy intranquila. Todavía me avergüenza el pensamiento de que un ser humano pudiese burlarse de una mujer en duelo. No creo en una casualidad, ello me haría parecer ridícula.

Durante un tiempo me calmó el siguiente pensamiento: unos navegantes que naufragan en las costas de Chile dejan en el mar una botella con apuntes sobre sus últimas horas. Tal vez pescadores chilenos descorchan la botella luego de 20 años y, aun cuando no comprenden en modo alguno los signos, experimentan un hundimiento en mares extranjeros. El agua y la espuma han hecho sucumbir a los que escribieron el mensaje,  pero los signos, frescos como en el primer día, no revelan en modo alguno, cuánto tiempo ha pasado. ¡Qué ridículo sería el mensaje si fuera legible, pues, cuán imposible es encontrar una palabra que no perturbe el silencio que surge tras un naufragio, una palabra capaz de decir algo que no sea vulgar!

Pero ese pensamiento no me tranquilizó a la larga, ya que parecía demasiado rebuscado para poder ser cierto. Pronto se apoderó de mí la idea de que tal vez los signos pudiesen haberse borrado en un lapsus de 3 años: el tiempo cura las heridas. Espero se me perdone al referir un pensamiento que resulta un tanto novelesco,  pero que no me ha dejado desde que lo tengo: Como sabe, existen tintas simpáticas, que solo son legibles por un periodo de tiempo muy específico, luego desaparecen. Sin duda debiese ser escrito aquello que vale la pena con ese tipo de tinta. Solo añado que mi amado hace aproximadamente un año, es decir, tras dos años de haberme entregado la carta—la cual es solo un papel en blanco—, desapareció completamente de mi círculo de conocidos y, como supongo, desapareció para siempre.  Yo, que fui capaz de mantener la paciencia durante tres largos años en espera de un mensaje—el cual cada vez eran menos para mí—, solo puedo ampararme en que siempre he creído en que el amor es un destino que no está a disposición del amante,  y es una cuestión que solo a él le atañe.

¿Es posible, en verdad, entender lo que se nos narra en este cuento? ¿Por qué el hombre desaparece y deja esa carta para ser leída recién luego de tren años? ¿A qué viene realmente esa historia de naufragio que tranquiliza momentáneamente a la mujer? ¿Hay acaso algún mensaje?

El enigma parece, además, extenderse en un juego de espejos que abarca todos los niveles del texto, ya que no solo el cuento es difícil de cifrar con un significado, sino que también la protagonista experimenta esta misma dificultad ante la carta en blanco. Esto, a su vez, de un modo análogo a como los pescadores—que pertenecen ya a una narración dentro de la narración—son incapaces de entender del todo el mensaje encontrado en una botella.

Otro detalle: el título del texto no está sacado de algo que caracterice el relato global, sino de un objeto contenido en la narración dentro del relato, El mensaje en una botella encontrado en las costas de Chile. Por lo que parece ser que no se trata solamente de un juego de espejos, sino también de una superposición: ¿no se plantea acaso el cuento mismo como un mensaje en una botella que nosotros, del mismo modo como los pescadores, no podemos entender del todo? ¿No es acaso el relato, al igual que la carta, una texto que borra su significado al lector?

Sin título,  de la exposición  Copias en el acto,  por Rodrigo Araya, 2015

Sin título, de la exposición Copias en el acto, por Rodrigo Araya, 2015

Al final nos quedamos todos, pescadores, enamorada y lector, con un enigma que nos dice tanto como calla. Con un texto que no es del todo ilegible, pero que ilumina una falta: para los pescadores, una lengua que desconocen; para la mujer, la tinta que quizá se ha borrado; y, para nosotros, razones que expliquen las acciones.

Esto último ha de resultar muy llamativo para todo lector de la obra de Bertolt Brecht. Es precisamente este procedimiento, en el cual se borran referencias capaces de materializar las motivaciones, el que se opone a la poética declarada por el autor. En un gran número de sus obras encontramos un esfuerzo estético por hacer visible todo aquello que determina modos específicos de actuar (la relaciones materiales, sociales y coyunturales entre las personas). Como dice Brecht, en su teatro se intenta dar con una gestualidad no tanto del hombre, sino de aquello que se encuentra entre los hombres.

Ahora bien, es precisamente esto último lo que se nos niega en El mensaje en una botella: ¿Para qué viajaban los navegantes?, ¿eran quizá conquistadores o piratas que hubiesen saqueado a los pescadores?, ¿qué intereses tenía el hombre con la mujer?, ¿por qué necesitaba ir a los trópicos? De eso nada.

Bertolt Brecht podría estar sugiriendo con este cuento, y esto es ya una elucubración, que las palabras solo adquieren relevancia si se hallan arraigadas a las necesidades de un contexto. La literatura, si seguimos aquella premisa, debería ser escrita, entonces, no con el fin de consolidarle una vida inmortal a su autor, sino que tendría que volcarse con decisión a los problemas de su presente, sin temor a enmudecer en un futuro: “Sin duda debiese ser escrito aquello que vale la pena con ese tipo de tinta (que desaparece)”. En otras palabras, el náufrago no puede esperar.

Chile, Archipiélago Juan Fernández. Un pescador con dos langostas,  por Serpentus, 2005 ( fuente )

Chile, Archipiélago Juan Fernández. Un pescador con dos langostas, por Serpentus, 2005 (fuente)

 
El herbario de Chernóbil: Fragmentos de una conciencia explotada

El herbario de Chernóbil: Fragmentos de una conciencia explotada

La cabeza de la Gorgona

La cabeza de la Gorgona