Lectura de teatro

Lectura de teatro

 
Lectura de  L'Orphelin de la Chine  de Voltaire  (tragedia sobre la vida de Genghis Khan y sus hijos, publicada en 1755), de Anicet Charles Gabriel Lemonnier, 1812

Lectura de L'Orphelin de la Chine de Voltaire (tragedia sobre la vida de Genghis Khan y sus hijos, publicada en 1755), de Anicet Charles Gabriel Lemonnier, 1812

Más allá de los muros de los colegios y los liceos, el teatro se lee poco, quizá menos que la poesía (lo que es mucho decir). Quizá debido a su irrelevancia estadística no sea casual que el teatro publicado en Chile ni siquiera figure en las tablas de la Cámara Chilena del Libro.

¿Tiene este fenómeno alguna razón distinta de la mera indolencia? Hay quienes dicen que el teatro no ha sido hecho para ser leído, y no dejan de tener los hechos de su lado. En rigor, los textos dramáticos no están completos mientras no suben al altar de las tablas. Decirlo es un lugar común que, como todo lugar de este tipo, tiene mucho de acertado. Pero, ¿ha sido siempre así? ¿debería serlo?

El teatro de Shakespeare, por dar un ejemplo famoso, se puso por escrito y se hizo imprimir mucho después de que se representara en la época isabelina, lo cual, en parte, explica que haya distintas versiones de cada una de las obras de Shakespeare, y que, sin ir más lejos, la cervantina The history of Cardenio (de 1613) se haya perdido tal vez para siempre, como señala Martín de Riquer en su Aproximación al Quijote. Hay dramaturgos que fueron famosísimos en su tiempo, pero que hoy no podemos conocer, porque nadie se dio el trabajo de poner por escrito sus producciones o porque esos textos simplemente no han llegado hasta nosotros. O sea, en buena medida el teatro se ha abierto paso hasta encontrarse con nuestros ojos no solo por la producción escénica misma, sino por las piezas puestas por escrito, copiadas a mano—como las tragedias griegas y las comedias latinas—, impresas y, obviamente, leídas.

Pero lo anterior posiblemente no diga nada concluyente sobre el teatro mismo. ¿Qué ocurre con la poesía? Supuestamente se la lee en libros, pero, ¿alguien realmente sabe leerla por sí mismo? Si para experimentar el teatro en toda su intensidad hace falta ir a verlo y no solamente leerlo, ¿por qué no decir lo mismo sobre la poesía? ¿basta su sola escritura? Las famosas y ya casi extintas escuelas de declamación poética son una prueba de que la poesía, en algún momento, no era solo una cosa de llegar y leer. Al parecer, tal como una partitura musical, en la que la melodía, el ritmo, el tiempo, están señalados por una notación, desarrollada a lo largo de siglos, la poesía, para verse experimentada en toda su anchura, requiere de intérpretes—que algunas veces fueron los propios poetas (Neruda no). Sin embargo, los pocos que la leen no se dejan intimidar por esta carencia.

La lectura,  de Édouard Manet, 1865-1873

La lectura, de Édouard Manet, 1865-1873

Es más, viejas novelas clásicas, como la interminable Artamène ou le Grand Cyrus, de Madame de Scudéry, fueron escritas para ser leídas en voz alta a los participantes de un salón, los de la nobleza revoltosa. A nadie se le hubiera pasado por la mente leer este monumento solo en su casa o bajo el sol, recostado en una silla de playa, con la arena haciéndolas de marcador entre cada página.

Los estudios apuntan a que, hasta hace no poco, la única forma de leer era la lectura a viva voz, como si se declamara, como si se actuara para algunos o, en el peor de los casos, para uno mismo.

De algo, a estas alturas tan raro como la lectura de teatro, tenemos registros a nuestro alrededor. No hace falta ser arqueólogo para verificar, en cualquier librería de viejos, que el teatro se publicaba a granel, en ediciones de precios muy populares. No hace falta, tampoco, y por lo mismo, recurrir a los conceptos alemanes de Lesedrama o Buchdrama, o lo que sea. Teatro de lectura o de libro, que eran los nombres que se da a esa actividad lectora, y, con ello, a ese teatro escrito para ser leído sin pretensiones de otra índole, por naturales que se las crea.

Una experiencia: recuerdo que, en la década de los noventa, iba yo caminando con mi padre, no sé, tal vez por Quillota, la Ligua, o alguna de esas ciudades en que todo el mundo se conoce, ricos, pobres y taxistas. Vimos a alguien que vendía libros sobre el pavimento. Mi padre le compró un volumen que reunía dos piezas teatrales de George Bernard Shaw, Santa Juana y Pigmalión, en una edición económica de la editorial Andrés Bello, de la que he visto mil copias más tarde. Yo leí ambas piezas y quedé muy impresionado, especialmente con la primera, en la que Juana de Arco es una mujer menuda y morena, no el hada nórdica de otros escritores.

Conversation de dames en l'absence de leurs maris: le diner,  de Abraham Bosse, siglo XVII

Conversation de dames en l'absence de leurs maris: le diner, de Abraham Bosse, siglo XVII

Mucho después, me enteré de que Bernard Shaw, tal vez previendo que su fama iría en declive (poco se lo lee hoy), se aseguraba de imprimir todas sus comedias, antecedidas de prólogos y acompañadas de muchas descripciones para asistir la imaginación de sus simples lectores (atención: ¡lectores!).

De hecho, en el siglo pasado, la editorial Sudamericana publicó todo el teatro de Bernard Shaw en tiradas “niagarescas” y a bajo costo, las que todavía pueden hallarse un poco empolvadas, reconocibles por sus portadas de un estridente monocromo.

¿Por qué entonces el teatro no puede leerse? Parece que los lectores se han ido quedando cada vez más silenciosos, sus lecturas se han vuelto verdaderos soliloquios teledirigidos, y tal vez en el futuro no haya nada que lleguen a leer por sí solos, quizá únicamente puedan seguir series en sus notebooks, recostados sobre la cama y, cuando eso también se haga difícil, mirar gifs hasta conciliar el sueño.

En fin, la lectura del teatro es una de las experiencias lectoras más abarcadoras, en la que el lector debe complementar muchas ausencias con su propia imaginación. Y la edición del teatro, con sus tirajes populares, que ya expele olor a pasado remoto, quedará como un vestigio de una capacidad desarrollada por la humanidad consistente en recorrer la mente ajena sin olvidarse de llevar por delante la propia.

Pin Drop Studio Literary Salon,   Londres,  de  Literaryboy55 , septiembre de 2017

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La sabiduría del daimon

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Reseña: "Solidaridad", edición de Antonio Correa y Cristián Stewart

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